¿Le cantaba a Enrique Granados su madre montañesas?

Su bisnieta, directora del FIS; y su madre, cántabra: la presentación de ‘Última escala’ recupera la conexión santanderina de Enrique Granados
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“¿Serán algo? Es como mucha casualidad el apellido”. A alguno de los múltiples asistentes a la presentación, la semana pasada, en Gil, es decir, en casa, de ‘Última escala’, la segunda novela de Marta San Miguel, le llamó la atención que precisamente en un trabajo que toma como base la vida –más bien, la muerte– del compositor Enrique Granados estuviera presentándola Valentina Granados, que fue directora del Festival Internacional de Santander.

La respuesta, que ahora parece obvia, es un sí. Pero es que fue un asunto en el que incurrió en su día la propia autora, durante años periodista en la sección de Cultura de EL DIARIO MONTAÑÉS, lo que inevitablemente le llevó a coincidir con quien fuera responsable del FIS, uno de los referentes de la cultura en Cantabria.

Según relataron en la presentación, cuando tras el éxito de ‘Antes del salto’, su primera novela, considerada la revelación literaria de la temporada, Marta San Miguel encontró en la figura del compositor argumento para su siguiente trabajo, fue a contárselo a Valentina Granados, para entonces ya, más que un contacto habitual entre periodista y gestora cultural, amigas.

El objeto del encuentro era, además de contárselo, pedirle ayuda para localizar familiares o personas cercanas, ya que, como veremos más adelante, el trabajo de documentación ha sido “brutal”, tal vez una de las partes en las que prima la Marta periodista sobre la Marta escritora (“hay biografías menos documentadas que tu libro”, elogiaba).

Fue en ese momento cuando Valentina Granados se mostró sorprendida. “¿Vienes a vacilarme?”, se preguntó, tras acabar señalando lo que ahora nos parece una obviedad, pero en lo que nadie había caído: “Es mi bisabuelo”.

El ‘problema’ es que, como admitieron en la presentación, Granados “nunca ha ido de bisnieta”, pese a haber estado vinculada durante toda su vida profesional al mundo de la música.

“Mi trabajo es hacer que la gente escuche música. Mi gran batalla es contra esa idea de que hay gente que no va a conciertos porque no entiende de música. Pero tú vas al cine y no sabes lo que es un plano americano”, explicaba Granados, quien insistía en que “mi gran batalla es que todo el mundo pueda disfrutar de la música y tenga la capacidad de distinguir qué es buena música”, ya que “para un público habituado a conciertos, un mal concierto es un incidente; mientras que para alguien que va por primera vez, le has perdido para siempre”.

ENTRE LA MÚSICA Y LA NATACIÓN

No tiene Valentina Granados una visión precisamente mitificada ni de su familia –ironiza con que es una familia “de cobardes”– ni de su propio bisabuelo, de quien al leer el libro le asomaba el pensamiento de “madre mía, lo insoportable que debió ser”, porque, como seguramente haya comprobado en una trayectoria ligada a la música y la cultura, “los artistas son complicados” y, en ese caso, ‘Última escala’ realiza un acercamiento a su “sensibilidad”, casi “enfermiza”.

Más en detalle, el abuelo de Valentina Granados era su hijo mayor, Eduardo, aunque tampoco pudo tener mucho contacto con él –con su abuelo– ya que murió joven, a los 30 años. Con quien sí tuvo más relación es con otro de los hijos del patriarca, Enrique, “que se casó con una nadadora y tuvieron nadadorcitos”.

La deriva acuática de esa rama de la familia tiene su aquel porque el libro de Marta San Miguel toma como base la muerte del compositor y su mujer, ahogados. Para la escritora, esa deriva hacia la natación, pensada para salvar vidas ante otro episodio de ahogamiento, es un reflejo de la forma de ser de la familia y del abuelo.

Por cierto, esa nadadora era María Aumacellas Salayet, que fue campeona de España de natación en los años 30 y, sobre todo, pionera de la natación sincronizada en nuestro país. Los “nadadorcitos” fueron Jordi y Enric Granados Aumacellas. “A mí me hicieron entrenar baile acuático”, relataba Granados (la evolución posterior de su carrera nos dice en sí misma que su carrera no fue por ahí), quien sitúa su mayor relación familiar con Natalia, hija del compositor, que le permitió acercarse más a la figura de su bisabuelo y abuelo.

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LA MADRE CÁNTABRA

No es esta la única conexión cántabra, ligada al FIS. Hay una todavía más directa, que también afloró en la presentación: la madre de Granados era de Santander y toda la familia de ella era de Astillero. Se trataba de Enriqueta Elvira Campiña, descrita como una recia madre norteña.

A Valentina Granados le sorprende que sea una figura que no se reivindique en Cantabria, por contraste con el entusiasmo con que le acogió Cataluña, donde nació y desarrolló gran parte de su carrera profesional, aunque convivió en sus afectos vitales con Canarias, donde pasó una parte muy querida de su infancia.

Ese lazo permite ir más allá, teniendo en cuenta que Enrique Granados utilizó en sus composiciones músicas populares, como el zortziko vasco, la añoranza o la miel de la Alcarria, las tonadillas madrileñas de la época de Goya o evocaciones andaluzas.

Valentina Granados recuerda que a ella su padre, que era madrileño, le cantaba canciones montañesas. Así que la pregunta, en el aire en la presentación, era muy pertinente: ¿le cantaría esa madre cántabra montañesas a Granados? ¿Le influirían en su música?

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