“No existe una alta cultura y una baja cultura: todos tenemos derecho a participar”
Cuando paseas por los pasillos del IES Foramontanos —en realidad, a poco que recorras Cabezón de la Sal— te das cuenta de que es algo diferente y de que ahí están pasando cosas. No solo por los mensajes de denuncia del genocidio de Gaza, ni siquiera por esa aula llena de referencias a los clásicos griegos y romanos, o tras ver el cuadernillo con poemas que es fruto del trabajo que llevan meses haciendo con el Proyecto Camberas, una reflexión en torno al concepto de camino que les ha permitido recorrer muchos significados: del apego al territorio a las vidas de las personas refugiadas.
Este instituto de Cabezón y, bien cerquita, el colegio Manuel Llano, en Terán (Cabuérniga), han sido escenarios de las ‘salidas’ educativas del Museo del Prado, en torno a las que EL FARADIO mantuvo una conversación con sus responsables.
Porque hace ya tiempo que la pinacoteca que alberga algunas de las obras de referencia de la historia de la pintura española se dio cuenta de que, si quería acercar la cultura a la infancia y la adolescencia, debía hacer algo más que recibir visitas escolares en el Museo. E, importante también, que eso trascendiera la ciudad en la que se encuentra el Prado, Madrid.
De ahí surge el proyecto Deslizar, una iniciativa del área de Educación de la pinacoteca que permite que las obras del Museo se conozcan en centros educativos de todo el país —una iniciativa que nos remite mucho al inabarcable legado de la Institución Libre de Enseñanza— y con la que se busca además que sea el propio alumnado el que no solo las mire, sino que dialogue con ellas, las lea y ofrezca nuevas lecturas. Porque ese es otro de los caminos que ha emprendido el Prado en los últimos años: aprender que la misma obra puede producir reflexiones distintas que miren a temas actuales, del género al medio ambiente, del refugio a la diversidad.
En Cantabria, la experiencia se ha ‘fusionado’ con el Proyecto Camberas que mencionábamos al principio, y que ha implicado a todas las disciplinas que se enseñan. El resultado es un proceso en el que la cultura deja de entenderse como algo que se consume pasivamente y pasa a funcionar como una práctica compartida.
“No existe una alta cultura y una baja cultura”, resume Sofía de Juan, técnica de desarrollo educativo del Museo del Prado: “Existe una cultura en la que todos y todas tenemos derecho a participar, no solo como consumidores, sino también como productores de cultura”.
EL ARTE COMO PUNTO DE PARTIDA
Así, Ana Moreno, coordinadora general de Educación y Acción Cultural del Museo Nacional del Prado, explica que el proyecto aborda las obras desde tres ejes conceptuales: ecología y sostenibilidad; cuerpo, espacio y acción; y escucha y comunicación. Esos tres ámbitos permiten que el trabajo con los centros escolares se convierta en una propuesta transversal, capaz de implicar a distintas materias y a distintos docentes dentro del proceso de enseñanza-aprendizaje.
Para Moreno, trabajar con centros escolares, mujeres del entorno rural u otros colectivos permite incorporar saberes que habitualmente no están representados en el discurso institucional, pero que resultan “tan valiosos” como los enfoques académicos tradicionales.
Sofía de Juan, técnica de desarrollo educativo del Museo del Prado, subraya que la relación entre el museo y la comunidad educativa viene de lejos. Las colecciones del Prado forman parte de los currículos escolares y están vinculadas a materias como Historia, Filosofía, Literatura o Historia del Arte. Sin embargo, Deslizar modifica la lógica tradicional: no se trata solo de que el museo ofrezca contenidos a los docentes, sino de construir una relación más horizontal. “Nos sentamos con los y las docentes y vemos de qué manera podemos trabajar juntas”, resume.
Esa relación horizontal permite que las colecciones del Prado funcionen como punto de partida para trabajar contenidos curriculares, pero también cuestiones que no se limitan al temario: convivencia, pensamiento crítico, mirada ecosocial, escucha, comunicación o relación con el territorio. “Se trata de abordar el arte y las prácticas artísticas no solo como un contenido, aunque también, sino como una metodología, como una manera de aprender”, explica De Juan.
En el caso del IES Foramontanos, el Proyecto Camberas recoge además el trabajo previo realizado por el CEIP Manuel Llano de Terán, en Cabuérniga (con el proyecto Raíces), junto a la antropóloga y divulgadora ecofeminista Yayo Herrero (Garúa Cooperativa), con un enfoque ecosocial.
“Nos parecía de justicia darle continuidad a ese proyecto y ayudar a que nuestros alumnos tengan una formación más integral”, explica María Fernández del Viso, profesora de Lengua y Literatura y una de las docentes implicadas en Camberas, quien insiste en que el objetivo era que los estudiantes dejaran de ver las asignaturas como compartimentos estancos y entendieran que Lengua, Matemáticas, Historia o Plástica pueden aportar miradas complementarias sobre el mundo que les rodea.
CAMINOS PROPIOS, DESEADOS Y FORZOSOS
En Camberas, a partir de esa idea, el alumnado ha trabajado sobre los caminos propios, los caminos deseados y los caminos forzosos. Los primeros conectan con la experiencia personal y el territorio cercano. Los segundos permiten pensar qué futuros se imaginan y qué consecuencias tienen los deseos individuales y colectivos. Los terceros abren la puerta a reflexionar sobre quienes se ven obligados a desplazarse por guerras, crisis ambientales o situaciones de vulnerabilidad. En ese proceso, las obras del Museo del Prado han funcionado como estímulo visual y como eje vertebrador.

Proyecto Camberas
“El Museo del Prado nos ha dado la clave inicial, que es el estímulo visual, que es lo que llega antes a nuestros alumnos”, señala Fernández del Viso. A partir de una selección previa de obras trabajada con el asesoramiento del museo, el profesorado adaptó las piezas a las actividades que quería desarrollar con el alumnado. Las obras pasaron a formar parte de la vida diaria del proyecto en distintas materias y terminaron integrándose en una antología poética elaborada por los estudiantes.
Esa antología poética fue una de las derivadas principales del proceso. Las obras del Prado sirvieron como primera presentación a distintas vertientes de la creación poética del alumnado y desembocaron también en una exposición en la Casa de Cultura Conde San Diego, en Cabezón de la Sal. La muestra recogía los cuadros trabajados, las vías de reflexión abiertas por el profesorado y la conexión poética que los estudiantes establecieron con ellos.
HISTORIA DE UN CUADRO: EL PAPEL DEL CHOCOLATE
Uno de los ejemplos más claros surgió con un bodegón de Luis Egidio Meléndez, Bodegón con servicio de chocolate y bollos. María Fernández del Viso reconoce que inicialmente la obra le pasó desapercibida. Ella buscaba caminos más literales: caminantes, recorridos, paisajes o desplazamientos visibles. Sin embargo, otros docentes incorporaron el bodegón como una representación de los caminos deseados, y la obra abrió una reflexión inesperada sobre el chocolate.
A partir de ese cuadro, el alumnado pudo pensar en el chocolate como objeto cotidiano, pero también como producto con un recorrido histórico, geográfico, colonial y ecosocial.
El bodegón permitió hablar del deseo, del consumo, de la cultura de las dietas, de los límites del modelo actual y de la necesidad de revisar nuestros deseos desde una mirada contemporánea. Lo que inicialmente podía parecer una naturaleza muerta menor se convirtió en una puerta de entrada a debates sobre América, colonialidad, desigualdad, consumo responsable y crisis ecosocial: “El chocolate te lleva a hablar de un montón de cosas”, apunta Ana Moreno.