“Si un adulto funcional puede creerse que la Tierra es plana, puede creerse que una persona negra no puede ser francesa”: Clara Grima alerta de cómo las redes convierten ideas marginales en aparentes mayorías
Este jueves se celebra la festividad del Carmen y, por eso, Santander vive tardes de ensayo en las que un castizo sonido de trompetas se cuela por las calles. Ese ambiente acompañó de fondo una conversación sobre ciencia que salió, literalmente, a la calle, hasta las conocidas escaleras junto al Dougall’s, en San Celedonio.
El escenario tenía algo de territorio de frontera: a pocos metros del centro-centro, muy cerca del Paraninfo de la Universidad de Cantabria, al que acuden a estudiar muchos universitarios, y en plena calle África, en ese Santander de los tendales donde la ciudad se complica y comienza una de esas zonas empinadas que tantas veces han funcionado —y siguen funcionando— como factor de segregación social.
Era un lugar apropiado para quienes llevan años traspasando fronteras y acercando la divulgación científica a públicos más amplios mediante las redes sociales y otros formatos, hasta conseguir precisamente eso: llevar la ciencia, de forma literal, a la calle.
Era ‘Ciencia en el bar’, un encuentro celebrado este miércoles, que reunió por primera vez en Santander a cuatro referentes de la divulgación científica: Clara Grima, Fernando Valladares, Ignacio López-Goñi y Lluís Montoliu.
La iniciativa fue organizada por el Área de Comunicación y Divulgación Científica del Instituto de Física de Cantabria —centro mixto del CSIC y la Universidad de Cantabria—, en colaboración con el CSIC, la Universidad de Cantabria y The Conversation. Los cuatro participantes se encuentran en Cantabria como ponentes del curso de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo ‘La aventura de divulgar la ciencia en español con éxito’, que se desarrolla entre los días 15 y 17 de julio.
CLARA GRIMA: DE REDES SOCIALES, ENLACES Y BURBUJAS
Clara Grima, profesora titular de Matemática Aplicada en la Universidad de Sevilla, investigadora en geometría computacional y teoría de grafos y presidenta de la Comisión de Divulgación de la Real Sociedad Matemática Española, presentó la charla ‘¿Por qué no sois gente normal como yo?’.
“¿Qué significa ser normal?”, planteó al inicio de una intervención surgida, según explicó, de conversaciones con sus hermanas en las que comentaban determinados comportamientos y se preguntaban por qué otras personas no actuaban o pensaban como ellas.
La matemática recurrió al concepto de la “ilusión de la mayoría”, estudiado en el análisis de las redes sociales –virtuales o reales–. “Nos quedamos con esa sensación de que la mayoría es como tú y como tus amigos”, señaló.
Esa percepción se explica, en parte, porque no todas las personas tienen la misma posición ni la misma capacidad de influencia dentro de una red. Algunos usuarios funcionan como nodos especialmente relevantes, con muchas más conexiones y una capacidad superior para difundir mensajes. “Eso explica los contenidos virales”, resumió.
El problema aparece cuando la visibilidad de una opinión se confunde con su representatividad. La repetición de un mensaje y la capacidad de amplificación de quien lo publica pueden llevar a pensar que una posición minoritaria está ampliamente extendida o que ha pasado a ser socialmente aceptable.
“Antes había cosas que la gente no decía porque éramos normales, sensatos”, afirmó Grima. Ahora, añadió, basta con que una persona con una audiencia amplia difunda una determinada idea para que parezca que “consigue hacer normal” una posición que hasta entonces permanecía en los márgenes.
La divulgadora puso como ejemplos el terraplanismo, las teorías sobre supuestas fumigaciones, los mensajes homófobos o determinadas recomendaciones pseudocientíficas, como llevar gafas amarillas o exponerse al sol sin protección.
“Por eso es tan peligroso que gente con cierta influencia diga que nos fumigan, que hay que llevar gafas amarillas o que no hay que tomar protección para coger el sol”, advirtió.
Grima vinculó la facilidad con la que se extienden las teorías conspirativas con la posibilidad de normalizar también prejuicios racistas o identitarios. “Si un adulto funcional puede creerse que la Tierra es plana, a partir de ahí puede creerse que una persona negra no puede ser francesa”, sostuvo.
La intervención incidió así en la responsabilidad de quienes concentran una elevada capacidad de difusión. Su influencia puede contribuir a convertir una falsedad, un prejuicio o una posición marginal en algo aparentemente común, razonable o mayoritario.
Pero esa misma capacidad de amplificación también puede ponerse al servicio de la denuncia social y de los derechos humanos. “También es importante que gente con influencia diga que hay un genocidio en Gaza”, señaló Grima, quien cerró su intervención aludiendo al Mundial de Fútbol y recordando que, en este momento, lo que tenemos seguro son campeonas del mundo, por el éxito de la selección femenina,
VALLADARES: ¿PUEDE HABER HUMOR AL HABLAR DE LA CRISIS CLIMÁTICA?
Por su parte, Fernando Valladares celebró el ambiente del encuentro y la presencia de tanta gente en la calle antes de plantear una pregunta: “¿Qué margen de humor le queda a un científico que habla de sequías, catástrofes y fenómenos climáticos extremos?”.
El investigador defendió el humor como una herramienta que permite recuperar cierto control sobre situaciones difíciles. “El humor alivia el estrés, tiene un punto de esperanza y, cuando te ríes, sale tu mejor versión”, señaló.
Valladares recordó una investigación sobre el uso del humor en los congresos científicos, especialmente en esas sesiones del mediodía en las que el público empieza a perder interés ante la proximidad de la comida. El estudio mostraba que el efecto no dependía únicamente del contenido del chiste, sino también de su puesta en escena. “Esa parte de poner algo en escena, más que limitarse a hablar, tiene un gran efecto”, explicó.
Pese a ello, indicó que el humor todavía puede percibirse como algo poco profesional en el ámbito académico y que no se utiliza tanto como podría en los momentos en los que decae la atención. “A la ciencia sólo le falta hacerse en latín”, ironizó sobre la solemnidad con la que a menudo se comunica.
También señaló algunas desigualdades en el uso público de las bromas. Las mujeres, apuntó, tienden a atreverse menos, mientras que expresarse en una lengua que no se domina limita también la espontaneidad. La edad, añadió, ayuda a perder algunos frenos: “Con 60 años yo no me corto. La gente joven se corta más; los mayores vamos sin filtro”.
Para Valladares, el humor no supone restar importancia a los problemas. Al contrario, puede abrir una vía para abordar cuestiones graves como el cambio climático desde la esperanza, la creatividad y la confianza. Además, es compartido, genera complicidad y contribuye a construir comunidad.
El investigador advirtió, no obstante, de que también puede utilizarse para despreciar o para acostumbrar a la sociedad a situaciones intolerables. Su valor reside en la perspectiva que aporta y en su capacidad para abrir una salida colectiva ante asuntos que, de otro modo, pueden provocar bloqueo o desesperanza.
GERANIOS, GENES Y CERVEZAS
Hubo de todo en las intervenciones: Lluís Montoliu desmontó la relación automática entre número de genes y complejidad. “¿Por qué el geranio de tu balcón tiene más genes que tú?”, preguntó antes de recordar que las plantas pueden tener más genes que los seres humanos y de reivindicar la investigación básica, también sobre organismos de los que proceden sustancias medicinales como la aspirina.
E Ignacio López-Goñi dedicó su intervención a las levaduras, acompañando su explicación con distintas cervezas y vino. El microbiólogo mostró cómo el tipo de levadura y su metabolismo determinan los aromas, sabores y texturas que surgen durante la fermentación: una explicación científica que, en coherencia con el formato del encuentro, pasó directamente de la teoría al vaso.