El Odiseo de la Plaza Porticada
||por JAVIER MÍNGUEZ HERRERO||
Antonio Valverde Mancilla, ni más ni menos. Y Benji a su lado; unidos no solo por el destino, sino por la resistencia, por ese silencioso arte de florecer allí donde casi nada más lo hace.
Uno, un hombre al que el mundo ha aprendido a olvidar. Otro, un gato que consigue que los desconocidos se detengan, sonrían y se agachen para acariciarlo.
Podríamos hablar de afinidad, de malentendidos que se extienden desde Algeciras hasta Santander, de un papeleo capaz de viajar más lejos que las personas, de registros que se niegan a reconocer la vida digna que un hombre ha soñado construir.
Pero eso sería incierto e injusto. Antonio existe en el margen más literal de la sociedad, aunque nunca del todo fuera de ella. La sociedad pasa junto a él cada día bajo los soportales de la Plaza Porticada. Algunos saludan, dejan una moneda, otros se detienen para acariciar a Benji. Muy pocos permanecen el tiempo suficiente para escuchar.
Su historia en Santander comienza en un tren. A las cinco y media de la mañana. Cuando cayó la noche, llegó por fin a la ciudad con la que llevaba décadas soñando. La había conocido años antes y, desde aquella primera visita, supo que algún día la llamaría hogar. Regresó con poco más de lo que podía cargar y un gato que se negó a abandonarlo. Venía a cumplir una promesa que se había hecho mucho tiempo atrás.
Ahora pertenece a estos soportales. Conoce el color de las piedras, la forma en que cambia la luz sobre la plaza, las sombras, la lluvia y los rostros familiares de quienes la cruzan cada mañana, así como las voces de la noche que envían a Antonio y a Benji al bulevar de las pesadillas y la inquietud. La ciudad aprendió antes el nombre de Benji que el suyo. Y él, bajo una manta, suda y tiembla.
Hay otra arquitectura que Antonio conoce con la misma intimidad: la de la burocracia. Pasillos en lugar de calles. Formularios en lugar de conversaciones. Citas previas, ventanillas y oficinas iluminadas por una luz fría donde el tiempo parece avanzar más despacio.
Cuando su empadronamiento en Algeciras siguió entrando en conflicto con el que ya había realizado en Santander, solo quedaba una solución: Alguien les consiguió una bicicleta y un remolque para Benji. Juntos recorrieron casi mil kilómetros, no en busca de aventuras, sino de coherencia administrativa. Esperaban que las oficinas acabaran poniéndose de acuerdo sobre el lugar al que un hombre pertenece.
Odiseo vagó porque los dioses retrasaban su regreso.
Antonio, porque lo hacían las bases de datos.
Mucho antes de Santander hubo un puente en Algeciras. Hormigón sobre la cabeza, frío bajo los pies, cimientos vibrando con ese sonido de muerte, tristeza e incertidumbre que tan a menudo acompaña a la vida en la calle.
Fue allí donde apareció Benji, apenas un cachorro. Harapiento, desgastado ,hambriento. Un esqueleto andante que buscaba, quizá guiado por ese inexplicable sexto sentido felino, a la única persona capaz de reconocerse en otra criatura abandonada.
Antonio salvó la vida de Benji.
«Mi familia me dejó de lado», me dice. «Él nunca lo hizo.»
Desde entonces son inseparables. Benji acepta con la misma confianza que su correa la sostenga Antonio, un desconocido o un simple poste. Después se acurruca sobre mi mochila de cuero con una serenidad casi imposible, como quien jamás ha aprendido a desconfiar. Los niños se agachan para conocerlo. Los mayores preguntan por él. Benji se ha convertido en una de las discretas instituciones de la Plaza Porticada mientras el hombre permanece, para muchos, invisible.
Antonio nació el 12 de octubre de 1964. Creció durante los últimos años de la dictadura, sirvió en la Legión Española y trabajó como albañil y en labores de mantenimiento. Siempre trabajando, siempre moviéndose. Su vida ha atravesado varias Españas: el autoritarismo, la Transición, los años de prosperidad y de crisis y, ahora, un Estado del bienestar cuyas puertas parecen exigir más fuerzas para abrirse de las que conservan muchos que llaman a ellas.
Hoy, con sesenta y dos años, nadie quiere contratarle. El Ingreso Mínimo Vital le ha sido denegado. La jubilación todavía queda lejos. Recién salido del hospital tras una grave infección urinaria, sonríe.
Antonio me enseña sus memorias con un orgullo sereno. Las sostiene entre las manos como quien todavía conserva algo que nadie ha conseguido arrebatarle. En esas páginas, escritas a mano con la obstinación de quien aún cree que toda vida merece ser contada, no hay grandes gestas. Hay lluvia golpeando un tejado ajeno y la lenta coreografía de la supervivencia. Sus escritos hablan de dignidad, de amor y de oscuridad. A sus sesenta y dos años, escribe con la determinación de un niño frente a su primera redacción. Como si escribir fuera otra forma de convencerse de que sigue aquí.
Y todo eso ocurre en este bulevar de soportales, ferias del libro y conciertos al aire libre, donde la cultura convive con la intemperie y donde un hombre sin techo escribe las memorias de una vida que demasiados prefieren no mirar.
«No eres lo suficientemente vulnerable.» le dicen desde la Administración.
Y, sin embargo, sonríe. No porque la vida en la calle tenga nada de romántico, sino porque Antonio se ha negado a renunciar a lo único que la burocracia no puede sellar, rechazar ni extraviar: su capacidad para seguir reconociendo la belleza.
La encontró en un gatito moribundo bajo un puente. Benji.
Y volvió a encontrarla en una plaza, a cientos de kilómetros de allí, donde una ciudad fue adoptando, tanto al gato como al hombre.
«Tengo tres objetivos: trabajo, paz y tranquilidad.»
Al despedirme de Antonio solo pienso en una cosa.
Ojalá la próxima vez que lo vea en la Plaza Porticada sea porque ha decidido volver, y no porque nunca pudo marcharse.
Quizá ese sea el verdadero final de esta odisea.
No Ítaca.
La Plaza Porticada.
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