FIS 2M26 – 3 ¡Vaya racha de pianistas geniales! Trifonov – Leonskaja – Sokolov, tres estilos diferentes para tres conciertos grandiosos (dos con orquestas expertas)

Mahler Chamber Orchestra – Daniil Trifonov – Sala Argenta – 7 de agosto – 20:00 horas
Daniil Trifonov (Nizhni Nóvgorod, 1991) ya tenía a los 20 años el Primer Premio del Concurso Internacional Chaikovski de Moscú antes de recorrer mundo y asentarse en los Estados Unidos donde tenía que deletrear su nombre y apellido: dan-EEL TREE-fon-ov. Ya no le hace falta: Trifonov es uno de los grandes pianistas actuales a sus 35 años, reconocido por su técnica y expresivas formas de afrontar cada pieza. “Tiene un toque demoniaco”, dijo de él Marta Argerich.
Y un poco diablo fue en su actuación de Santander. El Concierto para piano y orquesta n.º 1 en re menor, op. 15 de Johannes Brahms (1833-1897) mostró un pianista que hace fácil cada frase, que las muestra con extrema lentitud y suavidad, deleitándose en momentos que parecen flotar para después continuar. Pensativo en los silencios, miraba al público y a la orquesta como asombrándose de que estuvieran allí. Su mundo era el piano y en ningún momento interactuó con el director de la orquesta: Harding estaba a lo suyo -dirigir 60 instrumentistas- y Daniil a lo suyo, dos suyos maravillosamente complementarios.
Tras un magistral y muy personal concierto con Brahms como excusa creativa llegaron las propinas, muy unidas a su situación personal de amor por lo latino. La primera el Vals de Santo Domingo de Rafael Bullumba Landestoy, dominicano y rítmico. La segunda, anunciada con un grito (¡Tan-go!) fue esa demoniaca forma de entender lo que un día fue patrimonio argentino: un tango creación propia desmelenado (sí, su pelo se movía acompasado más o menos) y enérgico. Descansamos todos de tanta intensidad.
La segunda parte de la noche fue la Octava sinfonía en sol mayor, op. 88, de Dvořák (1889). Daniel Harding se la sabía de memoria dirigiéndola sin partitura lo que le permite movimientos amplios, escuchas con indicaciones cercanas a la primera línea de cuerdas, aleteos desde la tarima y pasos danzarines. Los violines vibraban dentro de un manejo de las cuerdas preciso y precioso. La orquesta terminó feliz y eso es un gran punto a favor de una noche memorable. Queremos más Trifonov.

English Chamber Orchestra – Elisabeth Leonskaja – Sala Argenta – 9 de agosto – 20:00 horas
La tarde estaba pensada para disfrutar con el piano de la Sacerdotisa del Arte 2016 (el mayor honor artístico dado en Georgia): Elisabeth Leonskaja (Tbilisi, 1945). Su arte fue sensible y espiritual con una directora de orquesta que comprende como pocos lo ocurrido musicalmente en la Viena del siglo XIX.
Previamente se vieron espectadores con ramos de flores, gentes que quieren continuar la costumbre de premiar con ellos a los artistas. Un aviso introducía una chocante demanda: poner los móviles en “modo avión” (¿los móviles vuelan? ¿Habrá que dibujarles alas?).
La English Chamber Orchestra tiene un bello anagrama que presidia cada atril. Detalles cuidadosos para recibir a sus artistas invitados; en el caso de Santander Leonskaya al piano y Marzena Diakun a la dirección. Primero fue la Sinfonía número 44 en mi menor, «Fúnebre» (Hob. I:44) de Joseph Haydn (1772), una sinfonía compuesta en tiempos tormentosos y que se ejecutó con precisión por los 22 músicos del ensemble. Se esperaba lo siguiente: el Concierto para piano número 12 en la mayor, K. 414 de Mozart (1782).
Momento de salida al escenario del piano y su acomodación. Visto bueno y Leonskaja aparece risueña y dispuesta para rodear el “concierto pequeño en la mayor” de elegancia y alegría. Con la mirada fija en el piano esperó el momento para desgranar su arte con acordes al aire, miradas cómplices con la directora, embelesos con lo que escuchaba de la orquesta, acompasamientos rítmicos con la cabeza en los tres movimientos que Mozart creó para serenidades que Leonskaja mostraba. 26 minutos de atrevimiento tranquilo. Gran abrazo entre artistas, bravos, aplausos y la propina: el primer movimiento de los Drei Klavierstücke, D. 946 (Allegro assai) de Franz Schubert (1828). Majestuosa interpretación, juguetona, limpia y expresiva. La sacerdotisa georgiana sigue creando belleza a sus 80 años.
La segunda parte fue para la Sinfonía n.º 5 en Si bemol mayor, D 485 de Franz Schubert (1816) donde un joven compositor de 19 años mostraba su formación clásica y una alegría juvenil en cuatro movimientos. 23 músicos y una directora polaca que imprimía sin partitura más alegría en 30 minutos que se hicieron cortos. Hubo bis: empezó el concierto con Haydn y con el Finale de su sinfonía 44 acabó. Noche clásica con pianista clásica.

Grigory Sokolov – Sala Argenta – 11 de agosto – 20:00 horas
Sokolov tenía dieciséis años cuando ganó el Primer Premio del Concurso Internacional Chaikovski. Llevaba desde los cinco años tocando el piano en su San Petersburgo natal (quinta de 1950) y su maestría técnica fue conquistando el mundo poco a poco con Salzburgo como primer paso, Ámsterdam, Montreal, Londres o Leipzig como lugares de triunfos con orquestas y España como destino final; es ciudadano español desde 2022.
Su preferencia actual son los recitales en solitario y el tenido en Santander fue una muestra de sus compositores preferidos: Brahms, Beethoven, Schubert y Chopin. Sokolov, con su impecable frac habitual, cruzó el escenario, saludó con leve inclinación de cabeza al respetable que llenaba la sala, se acomodó brevemente sobre su banqueta y empezó un derroche de descubrimientos, prodigios técnicos y desbordamientos de sensibilidad con un piano que ya había tocado el mismo día; había que estar al tanto del espíritu encerrado en el gran cola Stenway&Sons de la sala.
Beethoven para él es alguien muy conocido y al que se le pueden hacer segundas y terceras lecturas; por eso unió la Sonata nº 4 en mi bemol mayor, op. 7 -obra juvenil, 1796- con las Seis bagatelas, op. 126 (1824) en un ejercicio que juntó juventud con madurez, contrastando estilos de composición con las vivencias y dramas que vive Sokolov en esa forma de sentir cada nota, cada frase, cada movimiento. Dicen los británicos que es “The greatest pianist alive today”, si no es el más grande pianista mundial vivo lo parece con su lucidez y maestría.
La segunda parte fue la Sonata en si bemol mayor, D. 960 de Schubert (1828), una sonata que se alargó en 45 intensos minutos con los que Sokolov expuso la serenidad del maestro germano próximo a la muerte y la suya propia. Original interpretación, original, intérprete, original noche.
Y quedaba lo mejor: las propinas, seis, en las que “solo toco la música que amo, esas obras que me impulsan en este momento la necesidad de tocar. Un amor que nace de forma automática y que desconozco de dónde procede. Sí que debe existir una relación interna entre las obras, pero también es posible encontrar conexiones dentro de los contrastes”. La noche del martes 18 Sokolov amaba -por orden de aparición- a Johannes Brahms (“Cuatro baladas para piano”, op. 10, n.º 1 en re menor” – “Cuatro baladas para piano”, op. 10, n.º 3 en si menor” – “Rapsodia en sol menor”, op. 79, n. º 2), Fréderic Chopin (“Mazurka en la menor”, op. 68, n.º 2 – “Preludio n.º 20 en do menor”, op. 28) y Aleksander Scriabin (“Preludio n.º 4 en mi menor”, op. 11). Pura magia, pura poesía, puro deleite… aunque se oyeran ronquidos cercanos en la sala. En sueños también se goza con Sokolov.