El mundo de la vida

Tiempo de lectura: 5 min

Esta parábola de la Ambulancia en el Acantilado (adaptada originalmente de un poema clásico de Joseph Malins en 1895) se utiliza habitualmente en la filosofía política y la economía pública para debatir sobre el rol del Estado, la prevención y la asignación de recursos.
Nota importante: En el poema original, la «valla» representa la prevención y la protección de la vida. No hay que confundirla conceptualmente con la valla física de concertinas de Ceuta:

“Imagina una comunidad que vive cerca de un acantilado hermoso pero muy peligroso. Como no hay ninguna protección, la gente camina por el borde, se resbala y cae continuamente al vacío, sufriendo heridas graves o la muerte.
Al ver esta realidad, la comunidad se divide en dos bandos para resolver el problema:
• El primer bando propone recaudar fondos de los ciudadanos para comprar una ambulancia de última generación y estacionarla de forma permanente abajo, en el valle. De este modo, cada vez que alguien caiga, los médicos podrán atenderlo de inmediato, realizarle cirugías de emergencia y salvarle la vida de camino al hospital. Es una solución visible, heroica y con resultados médicos medibles al instante.
• El segundo bando propone usar ese mismo dinero para construir una valla fuerte y alta arriba, justo en el borde del acantilado. Si construyen la valla, la ambulancia abajo ya no será necesaria porque la gente simplemente dejará de caerse. Sin embargo, construir la valla no cura a nadie que ya esté herido, no genera imágenes heroicas de rescate y, si funciona a la perfección, parecerá que la valla «no hace nada» porque el peligro habrá desaparecido de la vista.”

Cuando determinados discursos de odio encuentran un espacio donde desarrollarse dentro del espacio público de una sociedad, algo está fallando. Es hora de mirar cómo se ha construido esa cultura cívico democrática, cuáles son o han sido sus cimientos. De qué manera se articula ese espacio de lo común, que debe ser la democracia, a la vez que dicho espacio es capaz de articular las diferentes narrativas y proyectos que lo comparten.

En el caso de la sociedad española y sus diferentes proyectos, identidades y culturas políticas, ese espacio de lo común y de la diferencia, que debe ser la democracia, corre peligro en el momento que determinados discursos empiezan a colonizar dicho espacio. Discursos que a su vez necesitan de narrativas lo suficientemente consolidadas para que su influencia sea real y no se quede en meros desahogos irracionales ante determinados acontecimientos, como puede ser lo que está ocurriendo en Ceuta.

Habermas utilizó el término “El mundo de la vida” como ese marco compartido de valores, conocimientos y certezas que nos permite a los seres humanos entendernos entre nosotros. El concepto de democracia se sustenta precisamente en esa acción comunicativa de una comunidad que dice compartir los mismos valores y significados. Donde las personas nos relacionamos cada día a través del lenguaje, cooperamos, educamos y creamos lazos sociales. De esta manera vamos construyendo esa arquitectura de lo común llamada democracia.

Hacerlo tiene como primer paso el reconocimiento del otro -de quien piensa diferente a nosotros- como un igual. Este paso es el primero que nos servirá como filtro a la hora de establecer los marcadores democráticos. Quien niega a alguien por lo que es -raza, sexo, origen, orientación- dinamita la base de la misma democracia. Y quien convierte su ideología en coartada para negar a otros -”es una invasión”, “es un traidor” “es un fascista”- etc. dinamita el procedimiento, porque etiqueta al otro en base a sus propios prejuicios y proyectando su propio imaginario. Es decir, empezando la casa por el tejado, negando ese espacio de escucha y acción.

De esta manera, a través del lenguaje, abrimos la puerta para que esas narrativas que amparan la violencia, el pensamiento único y la exclusión del diferente, colonicen ese espacio público y se apropien de principios que deberían de ser universales y que deben articular toda cultura cívico democrática. Y que son el fundamento de toda democracia que quiera denominarse como tal.

Cuando el sistema coloniza “el mundo de la vida”, las relaciones humanas se mercantilizan o se burocratizan, destruyendo la solidaridad y provocando crisis de sentido o patologías sociales en forma de racismo, xenofobia, intolerancia. Cuando anteponemos una bandera a un ser humano o sacralizamos una ideología como si poseerla nos convirtiera por arte de magia en profetas y portadores de la verdad o, aún peor, no diera una superioridad moral para hablar y pontificar desde nuestra atalaya, ese mundo de la vida del que nos hablaba Habermas se resquebraja.

Porque ese mundo de la vida sólo puede construirse a partir de la defensa y reivindicación de los más vulnerables, sea en el contexto que sea. Más allá de fronteras y de vallas, estas sí, que nos impiden vernos y reconocernos en el otro. Sólo desde ahí la democracia tendrá sentido. Viendo cuál es la verdadera valla de Ceuta: La desigualdad. Esa es la primera palabra de toda acción comunicativa en democracia: el vulnerable. De lo contrario, ese mundo de la vida se seguirá construyendo sobre el mundo de la muerte: nuestro bienestar sobre su miseria.

Mostrar comentarios [0]

Comentar

  • Este espacio es para opinar sobre las noticias y artículos de El Faradio, para comentar, enriquecer y aportar claves para su análisis.
  • No es un espacio para el insulto y la confrontación.
  • El espacio y el tiempo de nuestros lectores son limitados. Respetáis a todos si tratáis de ser concisos y directos.
  • No es el lugar desde donde difundir publicidad ni noticias. Si tienes una historia o rumor que quieras que contrastemos, contacta con el autor de las informaciones por Twitter o envíanos un correo a info@emmedios.com, y nosotros lo verificaremos para poder publicarlo.