El anhelo
Hay una reflexión que empezó a rondarme la cabeza el pasado mes de agosto. Fue en el Festival Folk de Cabuérniga, donde pude ver y escuchar intervenciones que me emocionaron hasta el punto de hacerme sacar el cuaderno y tomar algunas notas.
Cuando hace unos días vi lo que pasó en el concierto de Tanxugueiras en Palencia y escuché eses insultos a unha lingua, volví a aquellas notas y empecé a escribir este texto.
“¡Puxa Cantabria!”. Así irrumpió Ambás en el escenario de La Castañera de Terán y una oleada de aplausos orgullosos ondeó por to’l prau. Lo siguiente que dijo fue que hay que reivindicar el Cántabru, empezando por pedir que la señalización toponímica de nuestras carreteras se escriba en nuestra lengua y así conservar un patrimonio milenario, tras lo cual surgió una nueva oleada de aplausos aún más orgullosos. Esos aplausos eran mucho más que la mera exaltación alegre y colectiva que se genera en una noche de música en un prau en agosto. Esos aplausos eran, también, un anhelo.
En ese mismo escenario, esa misma noche, el músico Raúl Molleda había compartido ya ese anhelo, ese deseo de que el Cántabru esté presente en nuestras calles pero, sobre todo, en nuestras casas. Molleda nos animaba a reflexionar sobre por qué nuestra lengua materna ha desaparecido de nuestras casas. Parte de la respuesta está en ese “Muerte a las paletas” que se escuchó en el concierto de Tanxugueiras. Muerte a las paletas que mantienen viva su lengua materna y su folclore.
Solemos referirnos al galego, al asturianu, al cántabru y a todas las demás lenguas del Estado, a excepción del castellano, como lenguas minoritarias. Porque las habla poca gente, decimos, sea verdad o no. Lo cual nos devuelve a la pregunta de Molleda: ¿por qué las habla poca gente? Y la respuesta es sencilla: porque no son lenguas minoritarias, sino lenguas minorizadas. Vivimos en un país en el que las abuelas no hablaron a sus nietos en su propia lengua, para que éstos tuvieran un futuro mejor. Porque fueron engañadas: les hicieron creer que eso que ellas hablaban era erróneo e inculto, y les cargaron de culpa y vergüenza. Por activa y por pasiva nos han repetido que hablar Cántabru es de paletos, así que le hemos puesto las maletas en la puerta y lo hemos expulsado de nuestra casa. Y ahí está el Cántabru, en el Atlas de las Lenguas en peligro de desaparición de la UNESCO.
¿Y qué pasa cuando una lengua desaparece? Que el rico tapiz de la diversidad cultural del mundo se deshilacha. Perdemos tradiciones, modalidades únicas de pensamiento y expresión, oportunidades y recursos valiosos para garantizar un futuro mejor. El Cántabru pende de un hilo, pero aún no ha desaparecido. Por eso, en la primera noche de agosto de este verano a punto de terminar, el anhelo de una lengua materna que nutre a nuestra cultura, nombra nuestros lugares, narra nuestras historias y cuida nuestra memoria se hizo sentir en el escenario del Festival Folk de Cabuérniga.