Pereda, un clásico contemporáneo: la Cantabria que conquistó la literatura

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Hay escritores que necesitan alejarse de su tierra para descubrir el mundo. José María de Pereda recorrió el camino inverso, pues encontró en ella su principal fuente de inspiración. En los pueblos de Cantabria, en las calles de Santander y en las aguas de su bahía halló los escenarios, los personajes y las historias que darían forma a su universo literario.

«Hazte cada día más local para ser universal», escribió Marcelino Menéndez Pelayo en una reflexión que resume bien la obra de Pereda. El escritor encontró en los paisajes, las gentes y las costumbres de Cantabria la materia de una literatura que ocuparía un lugar destacado en las letras españolas del siglo XIX.

Esa mirada es el eje de la exposición José María de Pereda, un clásico contemporáneo, organizada por la Real Sociedad Menéndez Pelayo y el Parlamento de Cantabria. Inaugurada el 14 de octubre con motivo del 120º aniversario de la muerte del escritor, podrá visitarse gratuitamente hasta el 31 de enero de 2027 en el patio central del Parlamento, de lunes a viernes, de 9.00 a 20.00 horas, y los sábados, de 10.00 a 14.00 horas.

La muestra reúne primeras ediciones, correspondencia, fotografías, cuadros, caricaturas y objetos personales que permiten acercarse tanto al escritor como al hombre. Está comisariada por Raquel Gutiérrez Sebastián, catedrática de Filología de la Universidad de Cantabria.

Más allá del homenaje, la exposición plantea una pregunta sobre la vigencia de su legado: cómo una obra arraigada en un territorio concreto puede trascender su tiempo y sus fronteras.

El mar como forma de vida

En las novelas de Pereda, el mar es mucho más que un paisaje. Es un medio de vida que determina las relaciones sociales y la existencia de quienes dependen de él. Sus personajes habitan una comunidad marcada por las mareas, el trabajo y los ritmos de la bahía.

Con Sotileza (1885), su novela más emblemática, retrata el Santander marinero a través de Silda, la muchacha que da título a la obra. Sus páginas reconstruyen la vida de los pescadores, sus vínculos familiares y sus aspiraciones, y muestran una comunidad cuyo sustento depende de las aguas de la bahía.

En La puchera (1889) y El sabor de la tierruca (1882), la mirada se desplaza hacia el mundo rural, sus costumbres, sus jerarquías y su habla popular. A través de escenas cotidianas y personajes reconocibles, Pereda retrata la Cantabria interior y convierte sus particularidades en materia literaria.

La riqueza de estos retratos reside en los detalles, desde las expresiones populares hasta los gestos cotidianos y las relaciones entre personajes. Así, sus novelas conservan el testimonio de una sociedad en transformación.

El costumbrismo y sus límites

Figura destacada del realismo español, Pereda encontró en la observación de su entorno el material para sus novelas. El habla popular, las costumbres y las diferencias sociales le permitieron retratar la sociedad cántabra de su tiempo con una atención especial a sus personajes y sus formas de vida.

Su prosa está llena de voces locales y escenas que ofrecen un valioso retrato de la época. Sin embargo, reducirlo a un simple cronista de costumbres sería quedarse corto. Sus paisajes y personajes forman parte de historias atravesadas por el deseo, la ambición, la pérdida y el conflicto social.

Sus novelas ofrecen así una mirada a las formas de vida de la Cantabria decimonónica y a las tensiones que acompañaron su transformación. El valor de estos retratos reside tanto en su riqueza literaria como en la posibilidad de comprender, a través de ellos, una sociedad y sus contradicciones.

El novelista y el político

Las convicciones políticas de Pereda también dejaron huella en su literatura. Vinculado al tradicionalismo conservador y al carlismo, contempló con desconfianza las transformaciones de la España liberal, que retrató a menudo desde una perspectiva crítica.

En Don Gonzalo González de la Gonzalera (1879), satiriza las tensiones políticas surgidas tras la Revolución de 1868 y el oportunismo de quienes buscan beneficiarse del cambio. En De tal palo, tal astilla (1880), aborda el conflicto entre la fe religiosa y las nuevas corrientes de pensamiento. Más adelante, en Peñas arriba (1895), contrapone las costumbres de la montaña cántabra a las transformaciones del mundo moderno.

Estas posiciones ideológicas forman parte de su legado y permiten entender mejor las contradicciones de su obra. También abren interrogantes que siguen vigentes: ¿Cómo preservar una identidad sin convertirla en una imagen inmóvil del pasado?

Volver a Pereda

La exposición del Parlamento de Cantabria ofrece la oportunidad de acercarse a un autor cuyo nombre pervive en institutos y calles de la región, pero cuya obra merece una lectura más allá de los homenajes y las referencias habituales.

Sus novelas evocan una Cantabria que ya no existe del mismo modo, aunque sus personajes y conflictos siguen planteando preguntas reconocibles. El paisaje nunca es un mero fondo, sino el escenario donde se enfrentan las aspiraciones individuales, las jerarquías sociales y el temor a lo desconocido.

Ahí reside la vigencia de Pereda. En haber demostrado que mirar de cerca la propia tierra puede ser también una forma de comprender el mundo.

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