De los escenarios de La Barraca al campo de concentración: la cultura y la memoria se cruzan en las caballerizas de La Magdalena

En la foto, recreación de las actuaciones de La Barraca con motivo del 90 aniversario de la UIMP
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Antes de convertirse en un campo de concentración franquista, las Caballerizas de La Magdalena habían sido escenario de uno de los proyectos culturales más emblemáticos de la Segunda República: La Barraca, la compañía de teatro universitario dirigida por Federico García Lorca y Eduardo Ugarte, que recorrió España acercando las grandes obras del teatro clásico a la población. La compañía actuó en Santander durante los veranos de 1933, 1934 y 1935, coincidiendo con los cursos de la Universidad Internacional de Verano. En el patio de las Caballerizas, junto a la torre del reloj, se instalaba un escenario en el que se representaron obras como Fuenteovejuna, de Lope de Vega; La vida es sueño, de Calderón de la Barca; los Entremeses, de Cervantes, o El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina.

Entre los integrantes de aquella compañía se encontraba Rafael Rodríguez Rapún, estudiante de Ingeniería de Minas, militante socialista y secretario administrador de La Barraca, encargado de buena parte de su organización y funcionamiento. («se movía más que nadie», escribió carlos Morla Lynch, diplomático chileno que vivió estrechamente esos años , al hablar de un problema durante una de las representaciones).

Rapún mantuvo también una estrecha relación personal con Federico García Lorca. Su biografía quedó especialmente vinculada a Cantabria: después del asesinato del poeta en 1936, se incorporó al Ejército Popular de la República, alcanzó el grado de teniente y murió en Santander el 18 de agosto de 1937, a consecuencia de las heridas sufridas en el frente, pocos días antes de la caída de la ciudad. De este modo, uno de los responsables de aquella experiencia teatral republicana terminó sus días en la misma ciudad en la que había contribuido a llevarla a los escenarios.

El contraste histórico es especialmente significativo. Apenas dos años después de las últimas representaciones de La Barraca, las mismas Caballerizas que habían acogido el teatro de Lorca fueron utilizadas para encerrar a prisioneros republicanos. El espacio que durante la República había servido para la difusión de la cultura pasó a formar parte del sistema de represión franquista. Hoy, una placa recuerda las actuaciones de La Barraca, mientras que la declaración como Lugar de Memoria Democrática reconoce también el pasado del edificio como campo de concentración.

La historia de La Magdalena ha dejado, además, un rastro cultural ligado a las propias personas que sufrieron el cautiverio. Entre los testimonios conservados figura A tot vent, un libro de poemas escrito en 1939 por Jaume Anglada, maestro y poeta que estuvo recluido en el campo. Uno de sus poemas fue recuperado en la exposición documental preparada por el filósofo y escritor Alberto Santamaría, como testimonio de la experiencia de los internos y de la capacidad de la escritura para conservar su memoria.

También han sobrevivido objetos elaborados por los propios prisioneros, como el cuadro realizado durante su cautiverio por Andrés Díez de los Bueys, antiguo secretario de la Casa del Pueblo de Becerril de Campos, en Palencia. La pieza incorporaba una fotografía familiar en la que aparecía junto a su esposa y su hijo, entonces de cuatro años. Décadas después, su nieta, María Lourdes Díez Pesquera, mostró aquel recuerdo durante una Ruta de la Memoria celebrada en marzo de 2024, guiada por Alberto Santamaría. Un objeto íntimo, confeccionado en condiciones de privación de libertad, que ha permitido conservar y transmitir la historia de uno de los hombres encerrados en La Magdalena.

Ese vínculo entre cultura y memoria ha continuado también a través de iniciativas colectivas. En septiembre de 2019, La Surada Poética, organizada por La Vorágine, reunió a varios centenares de personas en las antiguas Caballerizas para recrear una fotografía histórica de los prisioneros. La acción combinó fotografía, poesía y música, devolviendo simbólicamente la presencia de los internos al mismo espacio donde habían estado recluidos. Una intervención que, junto con las investigaciones, exposiciones documentales y actividades memorialistas desarrolladas durante los últimos años, ha contribuido a recuperar una parte de la historia de Santander que durante décadas permaneció poco visible.

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