CAPÍTULO 3

Después de La Magdalena: los trabajos forzados, una canción de los prisioneros y la vida que Faustino consiguió reconstruir

Tras su paso por el campo de concentración de Santander, Faustino fue enviado a Miranda de Ebro y a distintos batallones de trabajadores de Navarra.
Tiempo de lectura: 7 min

VIENE DE: CAPÍTULO 2

El 24 de noviembre de 1939, Faustino Sánchez Robledo abandonó el campo de concentración franquista de La Magdalena, en Santander, después de permanecer varias semanas recluido en las antiguas Caballerizas del Palacio.

Había regresado voluntariamente desde Francia confiando en que podría reunirse con su novia en Barcelona, pero fue retenido en Irún y enviado a Santander junto a centenares de antiguos soldados republicanos.

Su salida de La Magdalena no significó la libertad. El siguiente destino fue el campo de concentración de Miranda de Ebro, en Burgos, donde sus memorias describen el hambre, el frío y los castigos que sufrían los prisioneros.

Miranda de Ebro: hambre, frío y castigos

En sus memorias, Faustino recuerda las condiciones del campo, donde los internos tuvieron que afrontar «las inclemencias del tiempo de un invierno duro y húmedo», a las que se sumaban «la miseria y hambre que sufríamos todos los recluidos».

Su testimonio recoge también los malos tratos y las humillaciones, así como la actuación de algunos prisioneros que colaboraban con los responsables del recinto para mejorar sus propias condiciones.

Los describe como «ciertos hombres sin escrúpulos ni moral» que «vendían su honor a cambio de mejorar sus vidas». Según su relato, algunos utilizaban instrumentos de cuero para castigar a sus compañeros, entre ellos unas «vergas de toro disecadas».

Entre los recuerdos que dejó por escrito aparece también la imagen de hombres que habían perdido ambas piernas durante la guerra y tenían que desplazarse arrastrándose. Faustino se refiere a ellos como «unos pobres seres que mutilados de ambas piernas, arrastraban sus medios cuerpos».

Los batallones de trabajadores en Navarra

El 12 de diciembre de 1939, Faustino fue trasladado a Navarra e incorporado al Batallón de Trabajadores número 114, quinta compañía. Pasó por Elizondo y Azpilicueta, donde los prisioneros fueron destinados a trabajos de construcción y mejora de carreteras.

Uno de los alojamientos era, según sus recuerdos, «un viejo caserío de dos plantas, situado en lo más alto del pueblo», que los propios internos tuvieron que acondicionar.

Las jornadas estaban marcadas por el trabajo físico, los desplazamientos y una alimentación insuficiente. Sin embargo, en sus memorias también aparecen momentos de compañerismo y cierta esperanza.

«Allí empezamos una vida que aunque de reclusión y trabajos forzados, empezaba a darnos nuevas esperanzas y alegría de poder respirar los aires puros de sus montañas», escribió.

El hambre seguía presente. Faustino recuerda que, después de repartir la comida, en ocasiones apenas les quedaba «el placer de rebañar con las cucharas las perolas».

Una canción para regresar del trabajo

Entre los testimonios conservados en las memorias de Faustino figura una canción que los propios prisioneros cantaban cuando regresaban al campamento después de las jornadas de trabajo en Navarra.

«Llegamos a sacar una canción que nos servía de marcha militar para caminar con alegría cuando volvíamos cansados de nuestros trabajos», recuerda Faustino.

La composición, titulada ‘Canción de unidad y de esperanza’, hace referencia al campamento de Azpilicueta, al hambre, a los cocineros y a los carceleros, pero también a las madres y novias de los prisioneros, que permanecían lejos de ellos. Faustino conservó la letra en sus memorias:

‘Canción de unidad y de esperanza’

Aquí la quinta ya hemos llegado
Cantando al coro esta canción
Que nos distingue por todos los lados
Porque cantamos siempre con buen humor.

Nuestro cuartel se encuentra en Aspilcueta
Y como mando tenemos lo mejor.
Sin olvidar a nuestros cocineros
Que se han ganado el más grande galardón.

Cuando una sombra oscurece el destino
Cuando soñamos con la libertad
Y en nuestras madres que lloran la ausencia
Y en nuestras novias que muy tristes están
Y en nuestras novias que muy tristes están.

Tenemos un pelotón de triperos
Y de mascota tenemos a un cojo
Con más cemento que la línea Maginot.

Dedicada en protesta del hambre
Y en cierto a nuestros carceleros

Una familia repartida entre los campos franceses

El cautiverio de Faustino formaba parte de una historia familiar marcada también por el exilio. Al finalizar la Guerra Civil, los Sánchez Robledo habían quedado dispersos en distintos campos de internamiento franceses.

Su madre, Ignacia, y su hermana Simona habían pasado por Argelès-sur-Mer –el campo sobre la playa donde, entre muchos españoles, estuvo el cántabro Eulalio Ferrer, que inició allí su pasión por El Quijote–, mientras que su padre, Policarpo, y su tío Alejandro fueron internados en Le Vernet, en Ariège. El propio Faustino había permanecido en Saint-Cyprien hasta abril de 1939.  Aunque Faustino consiguió reunirse con su madre y su hermana en Bayona después de abandonar Saint-Cyprien, su decisión de regresar a España volvió a separarlos.

La libertad bajo vigilancia

El diez de noviembre de 1940, después de más de un año privado de libertad, Faustino obtuvo su puesta en libertad, aunque nunca total.

El resumen biográfico familiar sitúa su regreso a Cebreros en abril de 1941. Allí encontró la vivienda de sus padres saqueada y en malas condiciones, por lo que se alojó con familiares antes de conseguir trabajo en el Hotel Nacional de Ávila, donde conoció a su mujer, Pilar Blázquez González, que también trabajaba en el establecimiento.

Nuevas obligaciones militares y una vida en Ávila

Su relación con las autoridades militares todavía no había terminado. En diciembre de 1941 volvió a ser movilizado y, en enero de 1942, fue destinado al Batallón Disciplinario de Soldados Trabajadores Penados número 93, en Peñaranda de Bracamonte, Salamanca, donde participó en la reconstrucción de la localidad tras la explosión de un polvorín en 1939.

Posteriormente pasó por Toledo, Madrid y distintos destinos militares en Cataluña, donde también participó en trabajos de construcción. En junio de 1945 obtuvo finalmente un permiso ilimitado para regresar a Ávila, casi seis años después de haber cruzado la frontera por Irún.

El cinco de diciembre de 1946 se casó con Pilar Blázquez González. Tuvieron tres hijos, Jesús, María del Carmen y María Pilar, y Faustino continuó trabajando en la hostelería hasta llegar a ser cocinero mayor.

Los problemas de columna vertebral acabaron dificultando su actividad laboral. En 1956 fue intervenido quirúrgicamente en Madrid y posteriormente recibió una pensión por enfermedad. Buscó entonces otra salida profesional y obtuvo la habilitación como guía intérprete provincial de turismo en Ávila.

Su esposa, Pilar, falleció el 13 de octubre de 2012. Faustino Sánchez Robledo murió el 29 de agosto de 2016, en Alba de Tormes, Salamanca, a los 96 años.

Faustino siempre retuvo sus recuerdos de la Magdalena cada vez que visitó a la familia de su hija Pilar, que con su marido y su nieta Marta, enlace de este relato con El Faradio y que residen en Camargo.

Su epitafio, elegido por el, dice :»Amar es ley de vida , dejar de amar, es noche eterna»

Su familia lo tiene claro: «Nuestro padre y abuelo estaría orgulloso de que sus trágicos recuerdos sirvan para no perder la memoria de un episodio tan dramático de la historia de nuestra España, y que no se pueden olvidar, en homenaje a todos los que lo sufrieron y recordarlos con amor y agradecimiento por defender la legalidad».

 

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