EN PRIMERA PERSONA

El sonido de la esperanza

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Una de mis mayores aficiones es ir a conciertos. Voy a cientos al año. De todo tipo. Me relajan, me hacen sonreír y me dan vida. Incluso diría que me adelgazan, no digo más.

El confinamiento ha sido terrible para todos, y cada uno lo hemos vivido como hemos podido. Para mí, no tener conciertos durante meses ha sido fatal, me faltaba una parte muy grande de mi vida y los directos en Instagram no han sido sustitutivo de nada.

Cuando vi el anuncio del Gobierno de Cantabria sobre su iniciativa “La cultura contraataca” ni lo pensé y me “uní a su fuerza” con entradas para Vicky Gastelo el viernes y Repion el sábado. He disfrutado ambos como un niño pequeño: me han relajado, han hecho que la sonrisa se afianzara tras la mascarilla y he sentido como si tuviese un poquito más de vida. Incluso diría que he quedado un poco más fino, no digo más.

Ha sido raro, claro, todo el mundo lo ha repetido. Raro, pero aún con mascarilla, separados y sentados, lo he disfrutado.

La música en directo es música en directo en cualquiera de sus formas y está visto que nos quedan aún muchas que descubrir.

Puestos a valorarlos hay muchos modos de evaluarlos, dependiendo del punto de vista que se tome.

Como espectador han sido geniales. Más allá de la “simple” música, pude descubrir a Vicky Gastelo y las historias que nos contó entre canción y canción. Tiene muchas por su largo recorrido ya que, aunque su nombre no suene muchísimo, todos hemos de saber que ha creado canciones que han interpretado voces tan populares como Marta Sánchez o Malú y que ha podido cantar con otros iconos como Ismael Serrano o Extremoduro. También, pude recordar otra época viviendo en (la ahora tan machacada) Madrid, cuando un amigo del pueblo me dijo “tienes que ir a ver a Repion, yo presenté al bajista y las hermanas, te van a molar” y vaya si me molaron cuando les descubrí prendiendo fuego a una popular sala del centro de la capital… el sábado me devolvieron por un momento a aquel entonces en el que no nos preocupaba apretarnos unos contra otros.

Como cántabro he de reconocer que el gobierno ha bordado la campaña de publicidad enarbolando la bandera de “somos los primeros en hacer un concierto” ya sea de España, o del mundo como se dijo en alguna ocasión. No es cierto que seamos los primeros en tener un concierto, pero el mensaje ha calado y confío en que ayudará a que los potenciales turistas vean Cantabria como un destino seguro, en el que se hacen las cosas tan bien, que nos podemos permitir hasta tener conciertos. Han dado en el blanco, ojalá fuesen tan creativos con otras cosas, pero con esta han acertado.

Como sufridor de la pandemia el sabor de boca es agridulce. No hace falta saber mucho para ver que han sido 5 conciertos (también tocó Rulo, Deva y para los niños la Billy Boom Band), los 5 deficitarios, un negocio que no se podrá mantener.

Además, como pasa en muchas otras áreas, los músicos que vemos son sólo la puntita del iceberg. Si ellos no tocan hay otra gente que no cobra: productores, promotores, técnicos… Hay quien monta los escenarios, controla el sonido, las luces, conduce las furgonetas, gestiona la publicidad, diseña los carteles, etc. que también se paran cuando la música deja de sonar.

Ahora bien, es un pasito adelante que nos da esperanza y nos hace creer que pronto podremos volver a disfrutar de conciertos como les conocíamos y quién sabe, lo mismo en la fase 3 nos dejen disfrutar de música en las abarrotadas mesas que han proliferado en nuestras aceras.

No quiero cerrar sin hacer un poco de Tarantino, contando una historia paralela que no tiene nada que ver pero puede que cambie toda la trama. El sábado, de camino a Repion me crucé con el gerente de una sala de conciertos que con sus cosas buenas y sus cosas malas es un escaparate para los artistas locales y nos trae frecuentemente grupos internacionales. A pesar de que las cosas no le pinten bien me contó que estaba haciendo reformas y pretendía innovar en su negocio para abrirse a más y nuevas actuaciones. Eso fue un cargamento de esperanza, porque aquí nadie se rinde.

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