Capítulo 3: Creciendo hacia el gran despliegue propagandístico de los” 25 años de paz”

El repaso cronólogo a la imposición de calles con nombres de homenaje a las figuras franquistas evidencia que no fue un repaso a hechos históricos, sino que se trató ni más ni menos que de propaganda: una dictadura echándose flores a sí misma en tiempo real
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El crecimiento urbano de Santander en los años cincuenta permitió incluir nuevas denominaciones en calles de reciente apertura.

En este periodo se dedicó una avenida, la que es ya por fin Pepe Hierro, a Camilo Alonso Vega, ministro de Gobernación durante el franquismo, con responsabilidades directas en la represión política de la posguerra y en el diseño de los campos de concentración, del que el de La Magdalena fue la primera experiencia  y modelo para los demás. Es más, según recoge el libro de  Simón Cabarga sobre la historia de las calles de la ciudad –fuente principal de esta serie–, inicialmente se propuso llamarla 18 de julio, en referencia al golpe de Estado de 1936, aunque finalmente se optó por su nombre, en vida del susodicho.

Después de todo, Camilo Alonso Vega se ha quedado en nada

Los «25 años de paz», el mayor despliegue de simbología

La segunda mitad de los años sesenta fue la etapa con mayor producción de nombres simbólicos.

En 1964, el Ayuntamiento de Santander rotuló una larga serie de calles en barrios de nueva construcción, todas con nombres de escenarios de batallas importantes para el franquismo u otras referencias: Falange Española, División AzulBelchiteBruneteMontejurraAlto de los Leones, Santa María de la Cabeza Río Ebro (pese a la relación del río con Cantabria y a su existencia histórica inmemorial, la dictadura no cayó en ese nombre hasta ese momento en que se puso a conmemorar sus batallas, como la cruenta Batalla del Ebro, que ganaron y marcó el comienzo del fin de la contienda).

Y se sumaron otras como calle Canarias, en alusión al crucero Canarias, uno de los principales buques del bando franquista; la calle Héroes del Baleares, dedicada a los marinos del crucero Baleares, hundido durante la guerra; o la calle Almirante Cervera: un militar de la guerra de Cuba en cuya vida no se reparó en el callejero hasta ese 1964 lleno de batallas, y que en realidad interesó al franquismo por que había servido para llamar así a un crucero de guerra que estuvo ante las costas cantábricas durante la guerra civil.

Estos tres nombres son especialmente sangranste porque son los barcos que bombardearon a la población civil desarmada que huía de Málaga a Almería, conocida como ‘La Desbandá’, una masacre que dio la vuelta al mundo gracias a los testigos internacionales que dieron fe.

Se sumaron otros las mismas fechas como la calle Héroes de la Armada, como homenaje al sacrificio de marinos franquistas. Se da otra circunstancia: en 2016, el Ayuntamiento de Santander optó por dejar de interpretar estos nombres como calles franquistas (pese a que su origen histórico documentado es de loa a referentes para el bando nacional) a verlos como emplazamientos geográficos: Baleares, Canarias… O, en el caso de la Armada, dejandola en Armada Española a secas, cuando su origen, insistimos, documentado, fue homenajer a los sublevados de la Armada.

Esos calles de nombres afectaron a otras como Simancas –un cuartel asturiano convertido también en mito del franquismo-, que pasó a interpretarse como, en un súbito ataque de erudición, conmemorativa del Archivo de Simancas –no parece haber más calles con nombres de archivos en la ciudad, ni siquiera el emblemático de Indias–.

O la Plaza del Alzamiento, interpretado por la Guerra de la Independencia frente a Francia (de hecho, rodeada de nombres de la misma época). Lo cierto es que la ciudad de Santander no tuvo tiempo en dos siglos para ponerle el nombre hasta los años de la dictadura en los que Alzamiento se entendía como lo que fue, un eufemismo que intentaba presentar como positivo un golpe de estado de militares contra un gobierno democrático: es decir, propaganda.

De esa año también es  la calle Tía Ma –directamente, la tía de José Antonio Primo de Rivera,   sustituyendo al nombre histórico y popular en la zona de la Iglesia (zona Sardinero, cerca de la parroquia de San Roque), cuyo rastro posterior se nos pierde.

O la calle Reguero Sevilla, en honor al gobernador civil de Santander durante la dictadura, con papel destacado en la reconstrucción tras el incendio de 1941.  Otro gobernador civil, Jacobo Roldán, también tuvo calle, al igual que  Carlos Ruiz García, jefe de la Falange en los primeros años de la dictadura, ligado también a la fallida reconstrucción tras el incendio, que ordenó redadas contra homosexuales.

¿Por qué ese despliegue –casi una veintena de calles– en ese año? El año 1964 coincide con la celebración oficial de los “25 años de paz”, lema propagandístico impulsado por el régimen para conmemorar el final de la Guerra Civil. Esta campaña nacional, organizada por el Ministerio de Información y Turismo, promovió actos institucionales, desfiles y homenajes para reforzar la legitimidad de la dictadura y vincularla con la estabilidad y el desarrollo.

De hecho, en Santander, este despliegue simbólico también incluyó la instalación de una estatua de Francisco Franco en la plaza del Ayuntamiento, el principal punto de encuentro de la ciudad, convertida en espacio de exaltación pública de su figura, en presencia del propio dictador, que, de este modo, resultó que se puso a sí mismo una estatua en vida que el PP se resistió a quitar durante décadas.

La onda expansiva continuó cuando ya empezaba a quedar más lejos la guerra: en 1965, se incorporaron Alféreces ProvisionalesCapitán Cortés —oficial franquista en el asedio al Santuario de la Cabeza—, Marineros Voluntarios –dificil pensar que en el lote bélico en el que iban no tuvieran que ver con un reconocimiento a los marinos del régimen– y General Moscardó, jefe militar del  simbólico y propagandístico Alcázar de Toledo.

También en esta etapa se añadieron calles dedicadas al General Díez de Villegas, líder de la División Azul que combatió junto a Hitler.

Por poner, hasta se puso un nombre a Alhucemas, escenario de un episodio bélico en África previo a la Guerra Civil, pero en el que se forjaron futuros golpistas como el General Sanjurjo -intentó un fallido golpe durante la República– o el propio Franco, a quien a esas alturas de su vida el recuerdo de la Guerra Civil no le parecía ya suficiente.

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