Casa, trabajo y derechos: lo que trae la regularización para muchas familias que ya viven aquí
Yassine tiene 43 años, es de Tánger y lleva en Santander “acercándose a nueve meses… nueve meses ahora”. Vive junto a su mujer y sus tres hijos —“yo y la mujer, somos cinco”— y construye su relato sobre una idea que repite de forma insistente: “el problema de Marruecos es que no hay derechos”.
No describe un hecho concreto que provocara su salida, sino una sensación acumulada. “Marruecos es muy bueno, pero… hay muchas cosas que no me gustan… no me gusta revivirme en Marruecos”, explica. Esa incomodidad se concreta en la desigualdad: “si tienes, vale; si no tienes, no vale… no hay derechos”. Insiste en que esa percepción no ha cambiado con el tiempo: “yo pensaba que Marruecos ha mejorado… Marruecos sigue como es”.
En este sentido, distintos informes de organizaciones como Human Rights Watch o Amnistía Internacional han señalado limitaciones en derechos civiles y sociales en Marruecos, especialmente en ámbitos como la libertad de expresión o las condiciones laborales, un contexto que coincide con la percepción que describe Yassine desde su experiencia personal.
Su decisión de volver a Europa también se apoya en su trayectoria previa en España. “Yo estuve aquí en España… en 2000, en 2001, en 2002, en 2003… he estado hasta 2012”. Tras regresar a Marruecos, decidió volver: “estaba pensando… digo: ‘no, no, no, aquí no sigo más, voy a volverme otra vez a Europa’”.
Es decir, que Yassine tuvo una primera experiencia de años residiendo en España y decidió volver a su país, regresar a sus raíces y volver a tener a toda la familia cerca. Sin embargo, la realidad que se encontró se parecía demasiado a la que había cuando decidió marcharse, y por eso tomó de nuevo la misma decisión. Se trata de intentar tener una vida mejor, más aún cuando se forma una familia.
A lo largo de su vida laboral, ha desempeñado distintos oficios. “He trabajado en muchas cosas”, afirma. Enumera trabajos como carpintero, guardián de aparcamientos o albañil, además de una etapa más prolongada como controlador de autobuses: “he estado nueve años… control de autobús en ALSA, en Tánger”.
En la actualidad, su situación laboral está condicionada por la falta de documentación. “Ahora estoy en paro… quiero conseguir mis papeles… para tener mis derechos”, señala. No obstante, sí realiza trabajos puntuales: “a veces me llaman mis amigos… trabajo con ellos… en una obra en casa”. Se trata de empleos esporádicos, sin estabilidad ni cobertura legal. Por ejemplo, si un dúa sufriera un accidente laboral, no podría reclamar nada.
Para Yassine, la regularización administrativa es el elemento central para poder reconstruir su vida. “Si tiene los papeles… puede buscar trabajo… encuentra trabajo”, explica sobre su percepción del mercado laboral en Santander. En su caso, insiste en que la ausencia de permisos limita cualquier posibilidad de acceder a un empleo estable y a condiciones dignas. Eso es como ser considerado de segunda categoría, sin posibilidad de que una institución pública le ayude.
“Quiero vivir como antes… trabajar normalmente… tener tranquilidad”, resume. Vincula directamente los “papeles” con el acceso a derechos básicos: empleo, vivienda y estabilidad familiar. “Quiero mis derechos”, repite, retomando la idea que ya planteaba en relación con su salida de Marruecos. Se siente mejor viviendo en Santander, pero ve lo que tienen las personas con las que se cruza cada día y le gustaría alcanzar el mismo estatus. Sin querer ser más que nadie, pero tampoco menos.
Su llegada a Cantabria se produjo tras un recorrido por distintos puntos del país. “Embarqué desde Tarifa… de Tarifa a Algeciras, de Algeciras a Madrid, de Madrid a Burgos… y a Santander”. En varias de estas ciudades ha residido por periodos breves.
Sobre Santander, destaca la convivencia y el entorno. “Es muy tranquilo… no tengo ningún problema con nadie… saludo… hablo… vivo bien con la gente”, explica. También subraya la adaptación de sus hijos, de tres, diez y dieciséis años: “están en el colegio… muy contentos”.
Yassine tiene unos valores muy claros en cuanto a la integración, inclusión y adaptación de las personas que llegan a otro lugar. Él ha ido aprendiendo cómo funcionan las cosas, cuales son las formas de funcionar y comportarse de una sociedad como la española. Para él, la clave es ser buena persona y es lo que también inculca a su familia. Es una manera mejor de recibir un trato digno, aunque eso no siempre se traduzca en derechos, que es lo que busca ahora con esta regularización de migrantes.
Mientras tanto, su economía depende de apoyos informales y ayudas puntuales. “A veces me dan ayuda… leche… cosas para los niños… un vale para comprar”, relata. Esta situación refleja una realidad que distintas entidades sociales vienen señalando: la dificultad de las personas en situación irregular para acceder a ingresos estables. Muy lejos de lo que se extiende como creencia en parte de la ciudadanía, que es que los migrantes reciben ayudas (‘paguitas’) nada más llegar.
Según datos del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, la regularización administrativa es un requisito imprescindible para acceder al mercado laboral formal. Organizaciones como CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado) o Cáritas han advertido de que la falta de documentación sitúa a muchas personas en contextos de precariedad, obligándolas a depender de empleos informales o redes de apoyo.
En este contexto, Yassine sitúa su objetivo de forma clara: “quiero tranquilidad… alquilar un piso como los demás… trabajar normalmente”. Su relato insiste en la conexión entre derechos, regularización y estabilidad, tanto para él como para su familia.
Actualmente, además, se encuentra pendiente de un proceso judicial relacionado con su vivienda, una situación que añade incertidumbre a su día a día, aunque insiste en que su prioridad sigue siendo poder regularizar su situación y acceder a una vida “muy sana… muy tranquila”.
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