DESMEMORIADOS

Vidas paralelas: historia de dos abuelos

De soldados en Marruecos a guardias de asalto
Tiempo de lectura: 9 min

Desde el inicio de Desmemoriados, siempre hemos perseguido la recuperación de la memoria colectiva. Para ello, recurrimos a documentos escritos, fotografías y objetos varios que nos acercan al tema elegido y, por supuesto, no puede faltar la historia oral. Haciendo uso de ella, en el documento de este mes, recogemos el testimonio de dos personas, no relacionadas entre sí, que nos hablan de la historia de sus abuelos y las vidas tan próximas que tuvieron en un amplio periodo histórico, concretamente, desde los inicios del siglo XX hasta su segunda mitad.

Nuestros protagonistas, Vidal y Agustín, nacieron en el mundo campesino. Vidal era castellano nacido en Perales (Palencia) en 1901,  en el seno de una familia de labradores, y Agustín era montañés, nacido en San Martín de Villafufre en 1892 también de familia humilde. El entorno familiar de Vidal gozaba de cierto prestigio social, de hecho, era sobrino de un célebre sacerdote en la comarca y bien es sabido por la literatura y la historia la influencia que un eclesiástico en la zona tenía en el ámbito familiar. La familia de Agustín aparentemente, tuvo la desgracia de venir a menos económicamente por las malas inversiones de su abuelo.

En ambos casos los dos tuvieron la suerte de aprender a leer y a escribir en un contexto donde el analfabetismo era una auténtica plaga que afectaba a gran parte de los nacidos en el mundo rural. Afortunadamente, Castilla la Vieja era la región española donde ese grave problema afectaba a un número menor de personas.

Durante su primera juventud, Vidal siguió trabajando en el campo, sin embargo, Agustín, como muchos otros cántabros, buscó mejor vida en Andalucía, convirtiéndose en un jándalo que acabó trabajando como “chicuco” (término utilizado especialmente en Cádiz para denominar a los jóvenes que trabajaban en bares y ultramarinos dirigidos por montañeses) en una taberna sevillana, pasando más pena que gloria.

Sin embargo, un hecho de gran importancia histórica iba a cambiar sus vidas, la guerra del Rif, en la cual, pese a la diferencia de edad, acabarían combatiendo ambos. A diferencia de las familias adineradas que pagaban una determinada tasa y libraban a los jóvenes de la familia a empuñar las armas, para ellos Marruecos iba a ser su destino temporal durante los tres años que duraba el servicio.

Agustín, mayor que Vidal, llegó al norte de África enrolado en el regimiento Navas de Tolosa, triste protagonista años antes de la cruenta batalla del Barranco del Lobo, donde murieron muchos soldados españoles en una emboscada de los rifeños que dio origen a una grave crisis política que terminó con la sangrienta Semana Trágica barcelonesa. Nos cuenta su nieto que según su abuelo recordaba, era tal la carencia de municiones que la pérdida de una mula cargada con balas supuso un serio contratiempo y cuando pasados dos días dieron con el paradero del animal, fue tal la algarabía creada, que el oficial al mando del regimiento ordenó condecorarla. Licenciado en Marruecos, regresó a la Península y contrajo matrimonio en Torrelavega con una joven cabuérniga, estableciendo su hogar en Santander, donde ella fundó una humilde fonda en las afueras de la ciudad, en una zona que desgraciadamente con los años se convertiría en objeto de una enorme especulación urbanística, concretamente, en la Avenida de los Castros, 16.

La necesidad de trabajo y el gusto por la disciplina le llevó a ingresar en la Guardia de seguridad, policía que aunque de organización militar dependía de Gobernación, es decir del poder político. Su primer puesto fue Santander y, durante un corto espacio de tiempo, estuvo destinado en Barcelona coincidiendo con el período 1922-1923 en que el general Primo de Rivera fue capitán general de Cataluña.

Posteriormente volvió a Santander donde siempre destacó que, entre otras funciones, la policía debía escoltar al rey Alfonso XIII y garantizar su seguridad durante los veraneos regios.

Nuestro otro protagonista, Vidal, llegó a Melilla en 1923 ya bajo la dictadura del general antes citado instaurada con el apoyo del monarca. En África entró en contacto con la modernidad bélica, los pesados tanques Renault FT-17, además de convivir con los medios tradicionales y siempre bajo la dura disciplina africanista que tanto marcaría nuestra historia en 1936. Sus méritos le llevaron a ser condecorado con la medalla militar de Marruecos. Tras tres años de servicio en el Ejército regresó a su pueblo en 1926, año en el que se casa y retoma su trabajo en el campo hasta su ingreso en el Cuerpo de Seguridad. En 1928 es destinado a Bilbao donde ascendería de guardia segundo a guardia primero.

En ambos casos, el ingreso debió ser por mérito y servicio, que tendrían en cuenta su formación básica en lectura, escritura y las cuatro reglas de cálculo así como su trayectoria militar. Luego, en sus destinos recibían formación práctica y teórica.

Tras la proclamación de la II República, el ministro conservador Miguel Maura reformó el antiguo Cuerpo de Seguridad dando origen a los Guardias de Asalto, auténtica policía antidisturbios divididos en dos grupos, uno de infantería y otro de caballería que sustituyeron a la Guardia Civil en el medio urbano. Evidentemente, sus funciones eran el mantenimiento del orden público y garantizar la seguridad, labor nada sencilla en aquellos tiempos convulsos.

Vidal, ya destinado en Santander, y Agustín junto al resto de compañeros tuvieron que hacer frente a momentos muy turbulentos, la revolución de 1934, numerosas huelgas y protestas a las que hay que sumar la violencia desatada entre grupos armados de distinta ideología.

De esta manera llegamos al estallido de la guerra civil en julio de 1936. Como es sabido, la provincia de Santander se mantuvo fiel a la República, siendo los guardias de asalto uno de los pilares del gobierno legal republicano frente a los sublevados, a diferencia de muchos agentes y oficiales de la Guardia Civil que desde el principio de la guerra se unieron al ejército franquista.

En este punto, la vida de nuestros protagonistas se separa. Vidal fue destinado a la Plana Mayor del batallón 110 y viviendo allí, fue testigo directo, junto con su familia de uno de los momentos más trágicos de la guerra civil en Cantabria, el bombardeo alemán del Barrio Obrero que causó 69 víctimas mortales, mujeres y niños incluidos, además de numerosos heridos y cuantiosos destrozos materiales. La ira popular originada por los efectos de la aviación nazi también tuvo otro trágico desenlace, la matanza de 157 presos derechistas y religiosos arrestados en el barco prisión Alfonso Pérez.

Hasta la caída de Santander, Vidal fue un hombre que realizó una labor humanitaria importante sin importarle las distintas ideologías, pese a vivir momentos familiares muy dolorosos como la muerte de su madre y su tío cura en zona nacional, además de enterarse de que su propio hermano combatía como falangista. Un ejemplo más de las dos Españas y de la tragedia que supuso la guerra civil.

En junio de 1937 fue ascendido a cabo, dos meses antes que las tropas italianas y navarras del ejército de Franco, tomaran la capital de Cantabria poniendo fin a la guerra civil en Santander y dando comienzo a la represión sobre los vencidos. Vidal fue cesado y, gracias a su labor y a testimonios recogidos por testigos derechistas, fue rehabilitado, aunque degradado, perdiendo su condición de cabo y siendo sometido a un proceso de reeducación en Bilbao.

Agustín, por otro lado, pasó gran parte de la guerra en Suances, donde el gobierno republicano había creado una zona de protección diplomática bajo la vigilancia de los guardias de asalto. Hay que recordar que, cuando estalló la guerra, había numerosos ciudadanos extranjeros en la antigua provincia de Santander, unos eran estudiantes y profesores de la Universidad de Verano fundada en 1932 por Fernando de los Ríos, otros eran visitantes además de indianos que regresaban a su tierra natal. La complicada situación del frente norte desde el inicio de la guerra obligó a que barcos de las diferentes Armadas evacuaran a sus conciudadanos y de esta manera, buques alemanes, británicos, franceses, italianos y estadounidenses atracaron en los puertos de Bilbao y Santander para llevar a buen fin las instrucciones de sus respectivos gobiernos.

Al finalizar la guerra, Agustín junto a otros compañeros, fue destinado a Valladolid durante dos años como castigo por no haberse sumado al “Alzamiento nacional”, pena considerada como destierro temporal.

Con el nuevo régimen la Guardia de salto y Seguridad desapareció y se convirtieron en Policía Armada, los conocidos más tarde como “grises”, cuerpo en el que Vidal y Agustín siguieron prestando servicio hasta la década de los 50. Después cada uno siguió su camino, Vidal trabajando como conserje en el gobierno civil santanderino y viviendo en su querido Barrio Obrero y Agustín junto con su esposa Felisa acabaría sus días en el barriuco recibiendo huéspedes en la pensión que ella había fundado.

Curiosamente la mujer de Vidal, también estuvo vinculada a la hostelería, trabajando muchos años en el Hotel Real de Santander, en lavandería, plancha y en el comedor de empleados.

Con este artículo, Desmemoriados intentamos dar a conocer la vida de dos protagonistas anónimos de la violenta historia de la España del siglo XX que, como tantos otros testimonios que hemos recogido, nunca aparecerán en los manuales de Historia Contemporánea. Este es uno de nuestros objetivos.

 

Desmemoriados quiere agradecer la importante ayuda recibida por Nacho Antolín, nieto de uno de los protagonistas y sin cuyo testimonio este documento del mes nunca habría salido.

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