“El paisaje está de fondo porque es una manera de pensar”

Ana García Negrete publica Muda de invierno, un poemario nacido en un molino junto al Ebro, en Valderredible, donde el silencio, el agua y la retirada del ruido funcionan como método de escritura
Tiempo de lectura: 8 min

Ana García Negrete sitúa el origen de Muda de invierno en un lugar muy concreto: un molino de agua, junto al río Ebro, en Valderredible. Pero ese paisaje no comparece en el libro como un simple decorado natural, ni como una postal rural, ni como una escapada hacia una Arcadia feliz. Comparece como una forma de pensamiento.

“El paisaje está de fondo porque es una manera de pensar”, explica la poeta. “Yo necesitaba que la palabra pensara por mí y necesitaba un marco, y ese marco lo he encontrado en este lugar, en este molino de agua, en la orilla del río Ebro, en Valderredible, como método de pensamiento”.

Ese método no nace de una planificación cerrada, sino de una disposición a dejarse llevar por la contemplación, por el fluir del agua y por el tiempo detenido del invierno. “Una vez que te instalas, esa contemplación y ese fluir te lleva a un desarrollo que yo no voy pensando”, cuenta. En ese estado, añade, “hay una mano, un cuerpo, que en esa ensoñación, en esa contemplación, va dirigiendo”, y de ahí “salen los poemas”.

La palabra que organiza el libro es mudar. No sólo mudarse de lugar, sino cambiar de mirada, modificar las coordenadas interiores, abrir un espacio de renovación. García Negrete recuerda que esa idea apareció ya al terminar El balcón. “Fue una palabra que se instaló en mi cabeza”, dice. Después llegaron los apuntes, antes que los poemas: “Muchas notas que yo voy haciendo en mis cuadernos, incluso en el teléfono”.

El sentido de esa muda tiene que ver con una forma de renacimiento discreto, alejado de cualquier solemnidad. La autora lo formula como “una forma de volver a mirar, de volver a pensar, de alejarme de ese ruido y de esa prisa que he sentido”. Mudar es, para ella, “un cambio de pensamiento, un cambio de paradigma, de coordenadas en la vida cotidiana”.

El escenario elegido no es casual. Valderredible, en invierno, ofrecía ese silencio que la autora buscaba. “El invierno lo que te procura estar en Valderredible es ese silencio, desde luego”, afirma. También una experiencia directa de la despoblación estacional: “Ausencia de personas y de habitantes”. En sus caminatas por los pueblos, recuerda, “muchas veces no encontraba absolutamente a nadie”. A veces veía una chimenea; otras, ni siquiera eso. Casas que volverán a poblarse en verano, cuando regresen quienes conservan allí el vínculo familiar.

Esa presencia de las casas vacías, de las huertas en espera, de los brotes y los árboles, fue entrando en la escritura. “Vas imaginando un mundo existente”, señala. En sus recorridos tocaba “los brotes” y “todas las arborescencias” que encontraba. Iba con frecuencia a la cascada del Tobazo y caminaba por San Martín de Elines. Mientras caminaba, iban surgiendo ideas “en torno a todo lo que cuenta el libro”, que son, enumera, “las pequeñas cosas, los animales, el cielo, el agua”.

Pero García Negrete rechaza que el libro sea un ejercicio descriptivo. “No es descripción”, subraya. “Es fluir realmente un pensamiento que va conduciendo”, un pensamiento al que “se le vienen las presencias que en ese paisaje existen”. El paisaje, por tanto, no se mira desde fuera: piensa con la autora, la acompaña, la conduce.

En ese proceso aparecen también las interferencias. La poeta utiliza esa palabra para nombrar la entrada, en medio del retiro, de una realidad más áspera. “En el libro a veces hay pequeñas interferencias”, reconoce. Al principio pensó en apartarlas, pero finalmente decidió conservarlas: “No, déjalas”.

Una de esas interferencias surge en la propia orilla del Ebro. “Si camino por la orilla del Ebro en un paisaje maravilloso y empiezo a encontrarme botellas de cerveza, latas, eso algo me está diciendo”, reflexiona. Y se pregunta: “¿Quién viene aquí a esta maravilla a entorpecer y a estropear sin tener la conciencia de que la tierra la tienes que respetar y la tienes que cuidar como un personaje?”.

La retirada, por tanto, no borra el mundo. García Negrete intentó reducir las interrupciones del teléfono y de las pantallas. “No quiero WhatsApp”, recuerda que dijo. Si alguien quería hablar con ella, prefería una llamada. Buscaba evitar “esas interferencias constantes que el teléfono tiene”. Pero aun así escuchaba de vez en cuando la radio “para saber en qué mundo vivía”. Y el mundo entraba: noticias, preocupaciones, acontecimientos duros. “Iban pasando cosas muy duras que a mí me afectan”, admite. Le afectan “en lo personal”, “en lo físico” y “en lo social”.

Por eso el aislamiento absoluto no aparece como una solución posible. “El mundo que va contigo tampoco desaparece”, resume. La escritura se produce en el silencio, pero no desde la negación de la realidad. La naturaleza no funciona como fuga, sino como distancia suficiente para mirar de otra manera.

De esa experiencia queda una reivindicación del pensamiento lento. “Para mí ha sido decisivo tener mucho tiempo para pensar y para dejar que el pensamiento trabaje”, dice. Frente a la velocidad del día a día, la autora defiende la necesidad de no aceptar sin más las consignas que llegan como hechos cerrados. “El pensamiento, pensamiento”, insiste.

Esa defensa del pensamiento desemboca en una defensa del matiz. “El matiz a mí me parece esencial en toda discusión”, afirma. En un tiempo de conversaciones públicas crispadas, García Negrete observa cómo determinadas posiciones pueden estar de acuerdo “de fondo”, pero terminan levantando un conflicto por cuestiones laterales. “Si me organizas un volcán en cada esquina, la discusión se pierde”, advierte.

Su apuesta es otra: “Necesitamos entendernos”. No desde la imposición de una opinión individual que deba primar sobre las demás, sino desde una búsqueda de consenso y de conversación posible. “Yo me alejo de todo eso”, dice sobre esa pulsión de confrontación. “Procuro buscar el consenso y el entendimiento”.

También se aleja de la idealización del campo. Muda de invierno no nace de una mirada ingenua sobre el medio rural ni de la voluntad de convertir Valderredible en un santuario moral. “El libro no va de eso”, advierte. “Yo no he ido con esa idea de voy a descubrir, porque además yo el campo lo he descubierto hace muchísimos años”. Lo que buscaba no era descubrir el campo, sino apartarse: “Era el apartarse”.

Ese apartamiento sí le proporcionó sosiego. “Ese sosiego sí me lo proporcionaba ese medio rural, ese paisaje”, explica. Lo define como “un paisaje de la tierra concreto” que le permitió “silenciar todo ese ruido”. Pero lo diferencia claramente de cualquier visión idílica: “Yo no he ido a buscar la Arcadia feliz”. En el campo, como en la ciudad, hay personas, conflictos, ideas y formas diversas de estar en el mundo. “Hay gente que participa de lo bueno, de lo malo”, recuerda.

El molino, sin embargo, sí aparece como un espacio decisivo. “Eso sí me lo ha brindado ese molino solitario, que no había nada alrededor”, reconoce. Y cuando se le pregunta por aquello que más le marcó del lugar, vuelve al agua: “Es el sonido del agua cuando tranquilamente va transcurriendo”. Dormía sobre un molino. Escribía junto a “una ventana que se abre a unos árboles y a unos pájaros que me visitaban todos los días”. Los escuchaba y, dice, “trataba de hablar con ellos”.

La relación con los árboles atraviesa también el libro. “Los robles están muy presentes”, señala. No es una presencia ocasional. La autora cuenta que conserva en su casa, desde hace años, un fragmento de corteza de roble. “Siempre mantengo esa vinculación y ese amor por la naturaleza”, explica. Una vinculación que no está separada de la preocupación por el presente: “Me preocupa mucho el devenir de esta naturaleza, de este verano, del calor”.

La niebla que bajaba de la Lora de Peña Camesía se convirtió en una presencia cotidiana. “Yo hablaba con Peña Camesía, ya para mí era una amiga”, cuenta. Le preguntaba: “¿Cómo estás hoy? ¿Cómo te has levantado, niebla?”. Ese diálogo con el paisaje alimenta el libro, no como evasión, sino como una forma de conocimiento. “Es un paisaje cambiante que a mí me ha alimentado”, resume.

Ana García Negrete, una trayectoria poética desde Castro-Urdiales

Ana García Negrete, nacida en Castro-Urdiales, ha desarrollado una trayectoria vinculada a la poesía y al estudio literario. Ha publicado Algo tendrán que decir las estaciones (2005), Memoria para seguir un rastro (2010), Y dices tu nombre (2015) y Descrédito de la certeza, obra con la que obtuvo el Premio de Poesía José Luis Hidalgo en 2016.

También es autora del estudio preliminar sobre la figura y la obra poética y dramática de Isaac M. Cuende, publicado por la Universidad de Cantabria bajo el título Entre la libertad y el compromiso. Con Muda de invierno, publicado por Sonámbulos Ediciones, regresa a la poesía desde una escritura marcada por el silencio, la naturaleza, el tiempo interior y la idea de mudar como forma de renovación.

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