June Fernández: «Las redes sociales tienen unas normas muy puritanas y, al mismo tiempo, son muy permisivas ante la violencia sexual»

La escritora y cofundadora de Pikara Magazine presenta este miércoles en La Vorágine de Santander 'Contenido explícito, placer y censura en la cultura popular', un ensayo periodístico que cuestiona los tabúes sobre la sexualidad, las dobles morales y los mecanismos de censura que operan en la cultura y las plataformas digitales
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Hablar de sexo sigue siendo, en buena medida, hablar de lo que se considera aceptable. No todas las prácticas reciben la misma mirada social ni todas las personas tienen la misma libertad para expresarse sobre su sexualidad sin exponerse al juicio, la burla o la humillación. Esa es una de las cuestiones que atraviesan ‘Contenido explícito, placer y censura en la cultura popular’, el nuevo libro de la escritora y periodista June Fernández, cofundadora de Pikara Magazine, que presenta este miércoles en La Vorágine, en Santander ( 19:30).

La autora propone mirar más allá de los debates que habitualmente concentran la atención pública sobre el machismo y la sexualidad. Frente a consensos como que el reguetón o el porno son necesariamente machistas, Fernández plantea revisar también otros productos culturales que suelen escapar a ese escrutinio. «Mientras estamos debatiendo sobre el porno, no estamos debatiendo tanto sobre el true crime», señala en una entrevista concedida a EL FARADIO. En este sentido, invita a preguntarse por el tratamiento de los feminicidios y la violencia sexual en los libros, podcast y otros formatos de consumo cultural.

El libro es un ensayo periodístico para el que ha entrevistado a unas 20 personas. Entre ellas hay trabajadoras sexuales, personas vinculadas a ámbitos eróticos y educadoras sexuales. Además, cada capítulo comienza con un relato en primera persona en el que Fernández expone su propia relación con cuestiones como la pornografía, las músicas sexualizadas, las prácticas de dominación y sumisión o los espacios de sexo en grupo.

Esa decisión de incorporar experiencias personales responde también a una voluntad de cuestionar la vergüenza que rodea determinadas expresiones de la sexualidad. «Si trasciende algo sobre mi sexualidad, alguien lo puede utilizar para humillarme o para avergonzarme públicamente», explica. Frente a esa posibilidad, la escritora reivindica la exposición de aquello que habitualmente se mantiene en silencio.

Una de las claves del ensayo es precisamente la doble moral con la que se aborda la intimidad. Fernández considera que no se trata de que la sexualidad sea siempre un tabú, sino de que lo es especialmente cuando se aleja de los comportamientos considerados socialmente aceptables. Así, determinadas conversaciones sexuales están normalizadas entre grupos de amigos, mientras que otras prácticas generan bromas despectivas o rechazo, incluso cuando forman parte de las fantasías de personas que participan en esos mismos espacios.

La reflexión se extiende al papel de las grandes plataformas digitales. Fernández recuerda que internet ofreció inicialmente espacios de anonimato y exploración, especialmente para quienes buscaban otras formas de relacionarse con su identidad y su sexualidad. Sin embargo, considera que ese modelo ha cambiado con la consolidación de redes sociales que incentivan la exposición de la vida personal.

«Las propias plataformas están todo el rato condicionando nuestro discurso y nuestras formas de hablar», apunta. Como ejemplo, menciona la necesidad de sustituir palabras como pene, porno o sexo por expresiones alternativas para evitar restricciones en los contenidos.

La periodista cuestiona la contradicción de unas plataformas que limitan la difusión de información sexual, pero que, al mismo tiempo, no siempre ofrecen respuestas eficaces ante la circulación de imágenes íntimas sin consentimiento. «Son plataformas que tienen unas normas como muy puritanas y, al mismo tiempo, muy permisivas ante la violencia sexual», sostiene.

Esta situación afecta también a quienes utilizan las redes para desarrollar su trabajo o su actividad educativa. Fernández señala que las educadoras sexuales pueden encontrar dificultades para expresarse con naturalidad, mientras que las plataformas restringen contenidos que podrían servir para ofrecer información a la juventud.

La sexualidad también castiga a los hombres

El ensayo aborda asimismo cómo los mandatos de género condicionan la manera de hablar de sexo. Fernández considera que, aunque la masculinidad tradicional incorpora cierta exhibición de la actividad sexual, esa libertad tiene límites. La vulnerabilidad y las prácticas que cuestionan el modelo de hombre dominante pueden convertirse también en motivo de sanción social.

La autora diferencia así entre la desigualdad que afecta a las mujeres cuando expresan su deseo y el rechazo que pueden sufrir los hombres cuando sus prácticas se alejan de los modelos de masculinidad establecidos. En este sentido, recuerda episodios de exposición pública de hombres por sus preferencias sexuales y cuestiona que el foco mediático se sitúe en sus prácticas íntimas en lugar de en su desempeño profesional o sus responsabilidades públicas.

Para explicar estas jerarquías, recurre al trabajo de la antropóloga estadounidense Gayle Rubin y su ensayo ‘Pensando en el sexo’, publicado en 1984. Rubin plantea que, además de las relaciones de poder vinculadas al género, existe una jerarquía sexual que sitúa en el centro las prácticas heterosexuales, reproductivas y monógamas, mientras desplaza a los márgenes otras formas de vivir la sexualidad.

La prostitución y los derechos de las trabajadoras sexuales también tienen espacio en el libro. Fernández defiende que el debate feminista debe escuchar sus voces y atender a sus iniciativas de organización y sus demandas. «A día de hoy esto existe», recuerda, y considera necesario abordar las condiciones en las que desarrollan su actividad.

En este apartado participa Kali Sudhra, creadora de porno independiente, trabajadora sexual y activista por los derechos del colectivo. Fernández también plantea cómo las restricciones para anunciarse en internet pueden reducir la autonomía y la capacidad de negociación de estas trabajadoras, al obligarlas a recurrir a otras vías para encontrar clientes.

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