El abrazo de Abdalá

Hay abrazos que se hacen esperar. Hay reencuentros que parecen imposibles de conseguir. Después de mucho intentarlo, Jesús consiguió reunirse de nuevo con Abdalá, ese niño Saharaui con el que compartió en Polanco un verano de 'Vacaciones en Paz'. "Cuando apoyó la cabeza sobre mis hombros, sentí que todo había merecido la pena"
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Abdalá tenía 12 años cuando Jesús le conoció. Había llegado a casa de su hija Noemí dentro de la campaña ‘Vacaciones en paz’ que cada año pone en marcha la organización ‘Cantabria por el Sahara‘.

Lo que sucedió ese verano fue que Jesús conectó de una forma muy especial con ese chaval que, por edad, bien podría ser su nieto. Su hija trabajaba y prácticamente todos los días llevaba a Abdalá a Polanco, a casa de los ‘abuelos’: Jesús y Milagros. Allí participó en el campus de futbol con el resto de niños del pueblo y Jesús se empeñó en llevarle de acá para allá y en enseñarle todo lo que creía que le podía interesar. «Fuimos a Puente Viesgo, a Novales, a la celebración de las bodas de oro de mi cuñada en Bárcena Mayor… se convirtió en uno más de la familia. No sé explicar exactamente cómo fue, pero surgió entre nosotros algo muy especial. Cuando llegó el momento de la despedida, sentí que no podía terminar así, que teníamos que volver a vernos». El problema es que, por edad, ese era el último año que Abdalá podía volver a pasar otro verano aquí dentro de la iniciativa de Cantabria por el Sahara, así que Jesús comenzó a buscar la manera de conseguir el reencuentro. «Es que el niño dejó en mí una huella tremenda. Aprendí tanto con él… mucho más de lo que él aprendió conmigo, sin duda», cuenta.

Y Jesús comienza entonces a repasar esas escenas de las que se convirtió en observador privilegiado y que quedaron grabadas en su cerebro: «iba a lavarse las manos y abría el grifo lo justo para mojárselas y cogía un poquito de jabón cuidando de no malgastarlo y volvía a abrir el grifo un poquito para aclararse… Todo eso lo hacía así siempre. Él no gastaba nunca más de lo necesario a pesar de ser testigo del derroche que aquí hacemos constantemente con todas las cosas».

Así que el día que Abdalá regresó con su familia a los campamentos de refugiados cargando con una maleta en la que Jesús y su familia metieron todo lo que consideraron que le podía ser útil en el Sahara, comenzó la cuenta atrás de un reencuentro que, después de un montón de vicisitudes, se produjo hace unas semanas.

EL COMPROMISO

El hecho de que este niño llegase hasta Polanco no es fruto de la casualidad. Jesús y su mujer, Milagros, son gente comprometida, convencidos ambos de que es posible avanzar hacia un mundo más justo y de que todos tenemos que sumar para conseguirlo. Sus hijas, Ángela y Noemí han crecido haciendo suyo este convencimiento y, defensores todos ellos de la causa saharaui, se sumaron al proyecto ‘Vacaciones en Paz’

Por eso la primera intención de Jesús fue ir a los campamentos de refugiados de la mano de Cantabria por el Sahara. Ya tenía los billetes, los visados y la maleta casi lista cuando el Covid paralizó el mundo y su entusiasmo ante el inminente reencuentro se transformó en frustración.

Superada la pandemia contactó con Sahara Maratón,  una carrera deportiva con un carácter solidario, que tiene el único objetivo de sensibilizar a la comunidad internacional sobre la situación social y política del pueblo saharaui. Fletaban un avión desde Madrid hasta Tinduf y Jesús vio de nuevo la posibilidad de abrazar a Abdalá. Cuando se abrió el espacio aéreo y se programó ese primer vuelo, compró su billete, preparó el visado y cerró la maleta cargada de regalos pero, sobre todo de ilusión, emoción y alegría. El único trámite que le quedaba por formalizar dos días antes de coger ese vuelo era un test negativo de covid. Y sucedió que, en ese test, dio positivo. «Eso sí que fue una frustración tremenda, lloré lo que no está escrito. Fue casi traumático», reconoce Jesús al recordar cómo se sintió en aquel momento.

EL ABRAZO

El pasado 28 de febrero se celebró una nueva edición de Sahara Maratón. Y ahí sí que estuvo Jesús. No en la maratón, no (aunque sí corrió la prueba de los 5 km), pero sí en Tinduf y sí que, por fin, abrazando a Abdalá que ya tiene 16 años. «Él no es un niño muy expresivo, pero dice todo con esa medio sonrisa y esos ojos chispeantes. Cuando le abracé y él apoyó su cabeza en mis hombros, sentí que todos los esfuerzos por volver a verle habían merecido la pena».

Jesús pasó 5 días con ‘su niño’. No pudo conocer a su familia. La vida no es fácil en aquel lugar y la madre de Abdalá había ido con sus tres hijos pequeños hasta Mauritania para ayudar a una de sus hijas mayores a quien se le había complicado su cuarto embarazo. Abdalá había quedado al cuidado de una amiga de su familia que fue la que acogió a Jesús en su casa: «Tanto ella como sus tres hijos, de 16, 13 y 9 años, se volcaron conmigo. Me he traído un recuerdo increíble. Una mujer sola sacando adelante a sus hijos con todas las dificultades del mundo y que además se hace cargo de otro. Una mujer, como tantas allí, que no pierde las ganas de luchar a pesar de la precariedad de su vida y de todas las necesidades del día a día. Una mujer que tenía una complicidad con sus hijos que me conmovió y eso que no entendía nada, pero los veía como hablaban, cómo se relacionaban y me parecía emocionante», recuerda con palabras entrecortadas.

EL DÍA A DÍA

El azar quiso que Jesús fuese testigo de la entrega mensual de alimentos a las familias, una misión que lleva a cabo ACNUR. «Les dan dos kilos de arroz, de garbanzos, de pasta… eso para todo el mes. No sé, yo cuando oía hablar de la ayuda humanitaria, imaginaba que todo estaba empaquetado, como cuando vamos al Mercadona, pero qué va. Allí llegan unos sacos con todo y, según me contaron, las cantidades cada vez más mermadas. Se redujeron con el Covid y después  más aún con la guerra de Ucrania. Es muy triste lo poco que reciben para subsistir durante todo el mes. Te das cuenta de que aquí nos quejamos de vicio. Aquí lo tenemos todo y allí no tienen nada».

Allí también comprendió Jesús ese gesto que años antes observó en su propia casa viendo cómo Abdalá cuidaba de no derrochar ni una gota de agua que no necesitara. «El agua lo tienen en unas bolsas que rellenan una vez al mes. Si observas cosas así y te paras a pensar, te convences de que tendríamos que aprender a cambiar un montón de gestos cotidianos que no son otra cosa que un derroche absurdo de recursos».

EL SUEÑO DE ABDALÁ

Abdalá estudia en el colegio. Este es su último año. Le gustaría ser médico, aunque sus opciones son bastante reducidas. Podría venir a España si alguien le acogiera. En Argelia también podría ser, pero los precios son prohibitivos. Jesús cuenta que se siente un poco frustrado ante este panorama. De momento sigue yendo cada día a la escuela mientras sueña con un futuro mejor, un futuro que les permita abandonar ese exilio forzado en el que ya han nacido tres generaciones. «El recuerdo vivo de lo que era su país se está perdiendo, su referencia es lo que les han contado y es muy difícil inculcar el deseo de volver a una tierra que ni siquiera han conocido, pero lo que sí quieren es salir de allí, porque allí no hay nada, no hay oportunidades».

De esa tierra árida llena de carencias y cargada de abandono acaba de regresar Jesús que cuenta su historia también en su blog personal «para mitigar ese silencio informativo sobre lo que sucede en el Sahara, una situación de la que España es responsable y sobre la que sigue sin hacer nada más de 40 años después».

 

 

 

 

 

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