Un problema estructural

Una mirada al modelo urbano y económico de Santander a partir de sus élites, sus resistencias vecinales y las consecuencias de un urbanismo que se ha desarrollado a costa de la ciudad vivida.
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En Santander, el principal recurso económico es la propia ciudad. No es una frase original, sino la adaptación local de una de las bienaventuranzas de san Jorge Dioni, profeta de la destrucción de las ciudades.

Lo hemos visto en las últimas navidades, cuando a un partido tradicionalista y conservador la Navidad no le bastó como punto de encuentro familiar o evento religioso (me ha quedado un poco beato, que no es el caso y que en esta ciudad, por cierto, se dice en masculino). Funcionaba únicamente como una excusa para que viniera más gente y tratar de conseguir el efecto “maravillosamente desbordada”, del que presumía el Ayuntamiento en verano (y que ninguna cabeza en su sitio emplearía en ningún otro sector, como por ejemplo el sanitario), con las fiestas de Santiago, de nuevo una cita en la que lo de menos era el encuentro y lo de más era generar ingresos a la alianza rentista-hostelera que gobierna Santander, — con permiso del Banco, que le encarga a su guardés, el PP local, que le mantenga la finca y le peatonalice las calles que nunca quiso peatonalizar –. Os lo dice un vecino: “maravillosamente desbordado” significa olor a lejía y pis.

Va mucho más allá: un mercado de toda la vida de pescadores (que se movió piedra a piedra porque estorbaba para  levantar pisos) pasará a albergar un McDonald’s, en un movimiento inédito en España, donde la invasión turístico-hostelera, valga la redundancia, de los abastos va marcada por la gourmetización y no por una fast food que realmente esconde la voracidad por el dinero rápido de unos promotores de los que el concejal de Mercados actúa como portavoz. Un movimiento para el que no gustan los testigos.

Existe algo peor que esta oleada de edificios culturales que no responden a una lógica cultural, sino turística (y tampoco son iniciativa de Santander la ciudad, sino de Santander el banco), a la que se entrega el PP local con el furor del converso que se entera 25 años después del efecto Guggenheim, que tenía, literalmente, girando la cara en el mapa. Entre las múltiples catástrofes con las que venimos conviviendo en Santander, a las explosiones e incendios sumamos el padecer unas de las élites menos viajadas del mundo.

Peor aún: y es cuando no hay interés por una zona y los guiones que engarzan apellidos entre políticos y empresas, creando una amalgama indistinguible, no ven cómo sacarle rentabilidad. Languidece el Sardinero porque ahí ya hizo dinero todo el que podía hacerlo; se descascarillan los galeones que llevaron por el mundo el mensaje de paz de uno de los santanderinos más —no queridos, algo más profundo— inspiradores, imposible de traducir en algo que tintinee en el bolsillo.

Ocurre incluso con el Racing de Santander, un símbolo queridísimo en la ciudad con el que su gobierno convive con una apatía casi castellana, convertida en malestar, mientras descubre que los dueños del club, argentinos viajados (palabras mayores), sí saben qué hacer. En el Cabildo de Arriba, las dificultades para sacar adelante la cadena de edificios en ruinas -edificios caídos-solares vacíos-nuevos bloques esplendorosos, se saldaron con años de desidia y tres víctimas mortales en una zona que ni para gentrificar quisieron y sigue siendo un campo de minas, salvo por los que se hayan entregado a las viviendas turísticas.

Otras veces la resistencia viene de los vecinos: quién lo diría, el ambiente de la dictadura no se pudo mantener eternamente y ya no se puede robar casas y solares como en el postincendio del 41, al que tanto deben los mandatarios de la ciudad de las dos caras y los tres faros. Se alzó Amparo contra un vial al que le sobraba el Santander de pueblo, huertas y gallinas, y murió en el camino.

Se levantó El Pilón y logró cambiar una ley —fue inédito— para que los desalojos los pagaran los constructores, a los que súbitamente les dejó de interesar un barrio alto con vistas que en otra ciudad sería un foco turístico (nuevamente el síndrome de las élites poco viajadas, que sumamos al de las poco leídas, las que no encontraron un ratín para tomarse un mediano con el asesor de la alcaldesa de París que acuñó el concepto de la ciudad de los 15 minutos).

La casa de Amparo, asediada por las obras del vial

Y se plantaron frente a las máquinas los vecinos de La Marga para defender un parque, y, sobre todo, los de la senda costera para defender algo tan básico como siempre: un camino natural es un camino natural y no un fuerte que necesita empalizadas.

Cayó, ni más ni menos que por su propio peso, como una estantería sobrecargada de proyectos, el PGOU que daba amparo a todos estos planes, incluyendo ahí pegadito al Bocal un campo de golf, que lo peor es que da pereza seguir hablando de greens y hoyos; y cayó también (o en consecuencia) el interés en la costa norte de Santander, solo recuperado ahora que hay dinero europeo que se puede meter en alguna parte del territorio para “renaturalizar” (entendiendo renaturalizar como asfaltar zonas verdes para meter caravanas o coches). Y la desidia se prolongó una década, y al clan de Caminos se le empezó a atravesar todo, y ahora son seis los jóvenes que han muerto porque iban a dar un paseo y la pasarela se convirtió en un pasadizo hacia las rocas.

Y dice la alcaldesa, que gobierna los últimos años de la ciudad que conocimos, que mira a Málaga como modelo cuando ni siquiera Málaga mira a Málaga como modelo, que no fue un problema de mantenimiento, sino que en la pasarela  hubo un problema estructural. Efectivamente, arrastramos un problema estructural: este urbanismo sólo sale adelante a costa del sufrimiento de sus habitantes.


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