Como si cerrara la puerta de una casa
Un día que contará una pequeña historia.
Como si cerrara la puerta de una casa, dejándola bien ordenada. Quizá fue la sensación sentida al acabar la vista donde el fiscal Carlos Yáñez, bajo mi petición, solicitaba la rescisión de la condena a muerte de mi tío abuelo Tasio(Manuel, para la administración) Cañedo. Y no es que quiera cerrar la puerta al recuerdo de mi tío, es algo más sutil.
La historia que hoy finiquita comenzó hace años cuando decidí que había llegado el momento de investigar el crimen cometido con ese hermano de mi abuelo, tan añorado y jamás olvidado que, en cada Nochebuena, la abuela Modesta, sacaba a colación mientras me pedía que cerrara la puerta porque las paredes oyen, niña. Y yo obedecía a sabiendas de lo que llegaba.
Que Tasio, joven, casi un niño, se despidió del abuelo en la Plaza de Toros de Santander con un abrazo sentido mientras los ojos se les debieron empañar por la emoción.
-No va a pasarme nada, si no he hecho nada malo, Juan. Además, tú tienes hijos. Verás como me tienen aquí unos días y cuando vean lo que hay me sueltan. Venga, sal y vete a casa, que yo iré pronto. Das un abrazo a la mama y dile que no sufra que pronto estaré con ella.
Y no estuvo. No fue posible la vuelta al hogar porque a Tasiuco le llevaron al Dueso, donde pasó mucha hambre porque hay distancia con San Román, que es donde vivía la familia y solo se podía ir cada tiempo al penal . Luego no hizo falta porque le condenaron a muerte, por adhesión a la rebelión, dijeron los criminales que se rebelaron a la legalidad. Como digo, al poco, le trasladaron a Larrinaga, de allí a Vistalegre, en Derio donde junto a doce compañeros fueron asesinados en la madrugada del 28 al veintinueve de mayo de 1938.
Juan le volvió a abrazar una sola vez. Cuando salió la sentencia y andaba aun en el Dueso. Imagino que ese abrazo sería más torpe, más largo, más triste, porque se despedían para siempre. Mi abuelo se quedó en un pozo en donde se hunden los supervivientes. Síndrome del superviviente, lo llaman. Cuentan los sabios que quien lo padece es que se siente culpable de estar entre los vivos porque su alma anda acompañado a los muertos que amaron.
El abuelo Juan quedó maltrecho para los restos, pero había que trabajar y sacar hijos adelante. Jamás olvidó ni le dejaron hacerlo porque además de matarle al hermano, le humillaron de firme. Veinte años de cárcel a otro hermano y mucha mirada esquinada por rojo. Se le clavó el dolor de la perdida muy adentro hasta caer en una sima de melancolía. A Modesta también le dolía, porque ella y Juan eran un tándem perfecto que respiraba al unísono y quien hacía daño a su Juan ella le juraba odio eterno.
La losa mortal de la pérdida quedó sobre una gente que pensó que podía cambiar al mundo. Sindicarse, educarse, tratar con respeto al resto de la humanidad y ser respetados. Una gente que pensó que podía voltear a un país anclado en el Medievo con señores feudales y siervos de la gleba.
Durante años, los hermanos Cañedo creyeron en la redención humana y en que la sociedad podía medrar hacia la justicia. El proletario del mundo unidos, el Unidos Hermanos Proletarios grabado a fuego, y arriba los pobres del mundo, además de que la religión es el opio del pueblo. Ellos creyeron que era posible todo eso que leían en los libros o escuchaba a Matilde Zapata y a quienes sabían.
Pero no fue. Las huestes fascistas nacionales e internacionales se ocuparon de acabar con la esperanza y la utopía. Perdieron esa primera batalla contra el fascismo que fue la guerra de España, en donde enterraron la democracia, la solidaridad y la libertad.
Los que ganaron la contienda pensaban que era para siempre, pero tampoco.
Y eso pensé yo al salir del juzgado numero uno de Santoña, con la emoción prendida de mi pecho, las lágrimas apretadas en los parpados y las piernas temblonas. Pensé que, así como a ellos –no solo a los míos porque esto es causa común– les robaron los ideales y la vida, hoy restituíamos con orgullo lo que intentaron enterrar en las fosas.
Ganaron y asesinaron. Convirtieron las barrancas en cementerios comunales, ensangrentaron los muros de España con la sangre viva y vibrante de gente inocente que creía en la justicia social, en la democracia y la libertad. Ganaron, pero hoy, y muchos días más, la historia les derrota, porque habrá documentos oficiales del Estado español que cuenten la verdad. Que asesinaron. Que mataron a inocentes. Que ganaron la guerra y perdieron la historia. Que eran criminales desalmados y querían convertir a la patria en un enorme penal…que lo consiguieron por años. Pero ya no.
Eso sentí al bajar las escaleras del juzgado de Santoña con las piernas temblonas. Ahora, precisamente ahora, que parece que los descendientes de los malditos se yerguen otra vez, les debemos gritar la verdad que se contará en un documento oficial del Estado español.
Fueron criminales, no patriotas. Ganaron una batalla, pero perdieron la guerra que ganaron los europeos, los soviéticos y los yanquis de entonces. Ganaron, porque les ayudaron los nazis y los hermanos fascistas de Italia. Ganaron con trampas, como siempre lo hacen, porque los genocidas son muy cobardes, bombardean y asesinan en madrugadas como a Lorca, porque tienen mucho miedo al pueblo que se levanta con la dignidad que produce querer labrar una historia solidaria para los menos favorecidos.
Por eso sentí que cerraba una puerta, con la casa ordenada. Sentí que había recorrido un largo camino reconstruyendo los meses en que Tasiuco estuvo preso, imaginando su hambre, los piojos, su miedo al entrar en capilla, esa carta que envió a la madre y que la arropó hasta la muerte. Una historia similar a la que he escuchado de tantas compañeras que se han acercado con sigilo a contar, que he intentado reflejar en las paginas que escribo. Son historias que rezuman dolor y que hay que referir para que nadie olvide que fueron criminales que se rebelaron contra un gobierno votado por los/as españoles. Que fueron genocidas y que las fosas de España y los cementerios, además del exilio, recibieron lo mejor de un país que soñaba con ser europeo y democrático y le rompieron los sueños.
Hoy, al bajar las escaleras del juzgado de Santoña, pensé en todo eso y en que no queda vivo ninguno de los Cañedo que lucharon y sufrieron el drama de perder al pequeño. Ni uno para recuperar el orgullo de lo que se dijo en ese juzgado.
Me ha dolido la falta de los hermanos Cañedo porque esta sentencia llega tarde, pudo haberse hecho tiempo atrás cuando quedaba alguno vivo, pero he sentido el aliento de tantos/as compañeras que lucharon. He sentido que lo importante es la idea y que esa debe resguardarse porque pueden asesinar los cuerpos, jamás la idea de buscar un mundo mejor, de cuidarnos y creer que es posible la justicia social.
Y precisamente ahora que aparecen nubes en el horizonte debemos afianzar eso: las ideas, la ética, la honestidad de luchar como ellos lo hicieron.
No eran santos, eran gente común que creyó posible la utopía. Y nosotras vamos a seguir su ideario porque pueden derrotarnos, pero jamás van a eliminar lo que nos impele a defender la justicia, la libertad y la democracia. Y si vuelven a rellenar las fosas, llegarán los futuros descendientes para hacer lo mismo que hemos hecho en Santoña en el día de hoy.
Ni una duda al respecto.