“Nuestra gente perdió la vida, pero nos dejó las ideas y la dignidad”: Tasio Cañedo se cita con la historia

El joven obrero y sindicalista de San Román fue condenado y fusilado por el franquismo en 1938; décadas después, sus restos fueron retirados de la fosa común y trasladados al osario. Ahora, un tribunal revisará su condena al amparo de la Ley de Memoria Democrática.
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Anastasio Cañedo Mancebo apenas había dejado atrás la adolescencia cuando fue fusilado por el franquismo en el cementerio de Vista Alegre, en Derio (Vizcaya), durante la madrugada del 28 de mayo de 1938. Tenía alrededor de veinte años, aunque los papeles militares, los mismos que le llamaban insistentemente Manuel, como su padre, le atribuían treinta. “Mintieron hasta en la edad”, resume hoy su descendiente María Toca, que durante años ha reconstruido su historia familiar a través de sumarios militares, archivos penitenciarios y documentos de memoria histórica.

“Recibo un mail largamente esperado, que llega con 88 años de retraso pero llega”. Ni más ni menos que 88 años después de aquella condena dictada por un consejo de guerra franquista, un tribunal revisará oficialmente su caso dentro de los procedimientos de restitución y reconocimiento de víctimas de la dictadura. La vista, en aplicación de la Ley de Memoria Democrática que en Cantabria se aplica gracias al empeño de las familias y del fiscal especializado Carlos Yáñez, coincidirá con la misma fecha de su ejecución (28 de mayo) y será en el juzgado de Santoña, muy cerca de donde pasó todo.

OBRERO HIJO DE OBREROS

Tasio nació en San Román de la Llanilla, en Santander, en una familia humilde formada por Manuel Cañedo y Soledad Mancebo. Era el menor de siete hermanos. La muerte de su padre durante la pandemia de gripe española de 1918 dejó a la familia en una situación extremadamente precaria.

La economía doméstica dependía de pequeños cultivos alrededor de la vivienda, algunos animales y trabajos esporádicos. Los hermanos mayores comenzaron a trabajar desde niños en la construcción, siguiendo el oficio del padre fallecido. Las hermanas se ocuparon de trabajos duros y mal pagados para intentar sostener la casa.

Afiliado a la UGT desde 1934, se politizó «hasta el tuétano» durante los años de la Segunda República, cuando la mejora de los derechos de los trabajadores estaba en las agendas y en las calles.

DE LA LUCHA OBRERA A LA DEFENSA FRENTE AL FASCISMO

Cuando la guerra entraba en su fase final en el Frente Norte, los obreros y sindicalistas extendieron su compromiso con la lucha obrera a la defensa de la legalidad republicana frente al golpe de Estado de los militares franquistas. Tasio se incorporó voluntario al Ejército republicano dentro de la llamada Quinta del Biberón, integrada por jóvenes movilizados en los últimos compases del conflicto. Fue destinado al 136 Batallón de Infantería Santander y alcanzó el grado de teniente de milicias.

“No llegó a disparar un solo tiro”, insiste María Toca. Apenas tuvo tiempo de ejercer funciones militares reales. El frente republicano del Norte se encontraba ya prácticamente derrotado, sin armamento suficiente y sometido al avance de las tropas franquistas apoyadas por la aviación nazi de Hitler y la fascista italiana.

Tras la caída de Santander en agosto de 1937, comenzó la gran ola represiva franquista sobre miles de republicanos cántabros. Tasio fue detenido y pasó por distintos centros de reclusión improvisados o reconvertidos para albergar a los vencidos: la Plaza de Toros de Santander utilizada como campo de concentración, el penal de El Dueso y posteriormente la prisión de Larrinaga, en Bilbao.

El color ilumina una historia oscura: la Plaza de Toros como campo de concentración

La familia conserva además el recuerdo de uno de los episodios más traumáticos de aquella detención masiva. En la Plaza de Toros coincidieron presos Tasio y su hermano Juan. Un guardia civil conocido de la familia consiguió sacar a uno de ellos, pero no a ambos. El elegido fue Juan. Tasio permaneció detenido convencido de que no le ocurriría nada porque, como repetía a su hermano, “él era buena gente, nunca hizo daño a nadie”.

UN JUICIO QUE EVIDENCIA CÓMO FUNCIONABA LA «JUSTICIA» FRANQUISTA

El consejo de guerra contra Tasio Cañedo se celebró en Santoña en diciembre de 1937 junto a otros acusados. El procedimiento refleja muchas de las características de la justicia militar franquista de aquellos meses: rapidez extrema, acusaciones genéricas, informes políticos, ausencia de garantías reales y sentencias prácticamente decididas de antemano.

La acusación principal era “adhesión a la rebelión” con agravantes de “perversidad y trascendencia de los hechos”. El franquismo convertía así en rebeldes precisamente a quienes habían permanecido leales al Gobierno legítimo de la República frente al golpe militar de 1936.

Los documentos conservados muestran además errores, contradicciones y señales del carácter improvisado y caótico de muchos de aquellos procesos represivos, incluyendo el propio nombre y el falseamiento de la edad.

Las pruebas contra él eran mínimas. Básicamente, haber sido voluntario en el Ejército republicano, pertenecer a la UGT y ostentar el grado de teniente. Un informe remitido desde Falange Española Tradicionalista y de las JONS de San Román de la Llanilla añadía además que había sido “agente provocador”, sin describir nada: ni asesinatos, ni acciones armadas concretas ni delitos individualizados.

Décadas más tarde apareció además otro elemento que para María Toca demuestra el caos burocrático y humano de aquella represión: un año después de haber sido fusilado, Tasio seguía figurando en documentación relacionada con un posible canje de presos. “Eso demuestra el desastre que era todo. Mataban por matar”, resume. Fue ejecutado junto a otros trece condenados en el cementerio de Vista Alegre, en Derio.

TRAS EL FUSILAMIENTO, EL MALTRATO CONTINUÓ

Durante décadas, en la familia apenas supieron nada del destino de los restos, fruto primero del miedo de la dictadura y luego de la desmemoria general. Fue mucho tiempo después cuando María Toca inició una investigación más sistemática y contactó con Gogora, el Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos del Gobierno Vasco.

“Mi idea era ir a la fosa a rendir homenaje. No tenía intención de desenterrarle, porque considero que las fosas comunes son representativas de los crímenes fascistas y creo que los asesinados están con su gente”, explica. Pero no pudo: «No señora, no hay fosa’”, le trasladaron, explicándole que en los años cincuenta los restos de los fusilados fueron retirados de la fosa común y trasladados al osario cuando se necesitó el terreno del cementerio, «sin respeto, queriendo borrar del todo”.

LA CITA CON LA HISTORIA

Para María Toca, la revisión judicial de la condena no puede reparar lo ocurrido, pero sí desmontar públicamente la legitimidad de aquellos procedimientos y dejar constancia documental de la verdad histórica.

“Nosotras sabemos que fueron asesinados. Sabemos que lucharon por la libertad, por la democracia y por la justicia social, pero es necesario que existan archivos históricos que cuenten la verdad a las generaciones futuras”, sostiene, insistiendo en que «Es nuestra gente. Es nuestra historia y debemos contarla para que quede constancia de quién, cómo y porqué”.

Esa reparación institucional y legal convive además con otra reparación que partió del recuerdo familiar y pasó a lo colectivo: en el Ágora Solidaria “Cultura y Memoria” Luis Toca,  el espacio social y cultural que hace menos de un año abrió María Toca en Juan XXIII, hay un apartado dedicado a la figura de ese familiar, el Memorial Tasio Cañedo.

 

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