Historia colectiva de una ciudad cántabra: la transformación de Castro Urdiales de ‘Villa marinera’ en ciudad minero-industrial (primera parte)
EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LA VILLA DE CASTRO URDIALES
La actividad humana sobre el actual territorio de Castro Urdiales parece haberse iniciado en el primer milenio anterior a Nuestra Era (a.n.e.) en el poblado autrigón de la Peña de Sámano, considerado como precursor de la colonia romana de Portus Amanum que fue convertida en civitas, con el nombre de Flavióbriga, en el año 74 de nuestra era.
La buena conexión de dicha colonia con las vías naturales de penetración desde el litoral cantábrico hacia la Meseta fue esencial para el desarrollo del comercio y el transporte marítimo y terrestre. Su extensa área de influencia abarcaba gran parte del alto valle del Ebro y el sector septentrional de la Meseta, con la que quedaba comunicada a través de la vía Pisoraca-Iuliobriga-Flavióbriga (Herrera de Pisuerga-Reinosa-Castro Urdiales), la calzada principal que atravesaba la actual comarca burgalesa de Las Merindades y el Valle de Mena hasta Otañes en Cantabria.
La actividad comercial y el propio espacio urbano sufrieron después una profunda crisis que se prolongó desde el siglo III hasta principios del siglo XII, cuando vuelve a aparecer citado un núcleo de población denominado, ahora, Castrum Ordiales. Fue a este asentamiento al que Alfonso VIII otorgó, en 1163, o 1173,el Privilegio de Villazgo y Fuero, siguiendo el modelo del de la villa de Logroño, a fin de apoyar la comunicación marítima del Reino de Castilla con Inglaterra y Francia. Así fue como Castro Urdiales se convirtió en la primera villa marítima castellana.
La concesión del Fuero significó, de derecho, la fundación de una “villa nueva” con su propio órgano de Gobierno, la Asamblea vecinal o Concejo, que tenía jurisdicción sobre el territorio comprendido desde El Haya, en Ontón, hasta la canal de Oriñón, incluidos la Junta de Sámano con todos sus concejos y el Valle de Guriezo.
En el año 1296 Castro Urdiales fue designada capital de la “Hermandad de las Marismas”, la asociación mercantil, calificada de “verdadera Hansa española” , formada por las ocho villas más importantes de Cantabria y el País Vasco (Santander, Laredo, Castro Urdiales, Bermeo, Guetaria, San Sebastián, Fuenterrabía y Vitoria)para defender sus intereses comerciales en los restantes puertos europeos.
Además de éste, otros lazos unieron a Castro Urdiales con Vizcaya a lo largo de la Edad Media, hasta el punto de quela villa se encontraba entre las que se adhirieron a la “Hermandad de Vizcaya” en la Junta General de Guernica. Su territorio estuvo unido al Señorío de Vizcaya, con voz y voto, hasta que solicitó formalmente la separación en 1471. Por el contrario, Colindres, Limpias y Liendo continuaron dentro del Señorío al que estaban vinculadas también desde la Baja Edad Media.
En el modelo territorial político-administrativo de la Edad Moderna, Castro Urdiales, junto con Santander, Laredo y San Vicente de la Barquera, perteneció al Corregimiento de las “Cuatro Villas de la Costa dela Mar”, de jurisdicción real. Cada una de las Cuatro Villas controlaba un ámbito territorial próximo, definido en sus respectivas cartas fundacionales, que acogía tanto los barrios de su propio concejo, así como los concejos y villas cercanos sometidos a su jurisdicción.
En 1738 Castro Urdiales y su circunscripción, a cambio de la donación al rey de un servicio de 140.000 escudos, obtuvieron permiso de Felipe V para incorporarse otra vez al Señorío de Vizcaya. Su vinculación duró muy poco ya que, en 1763, Carlos III restituyó Castro Urdiales al Corregimiento de las Cuatro Villas.
Entre 1799 y 1801 el término de Castro Urdiales se incluyó en la Provincia Marítima de Santander y desde 1833 pasó a formar parte de la Provincia de Santander, prácticamente coincidente con la actual Comunidad Autónoma de Cantabria.
I. Los cambios socioeconómicos: de ‘Villa marinera’ a ciudad industrial
El núcleo medieval de Castro Urdiales fue, ante todo, una “villa marinera” especializada en la actividad pesquera gestionada por el gremio denominado “Noble Cabildo de Navegantes y Mareantes de Señor Santo Andrés”, fundado en 1395 por un privilegio de Enrique III.
El gremio sobrevivió durante varios siglos hasta que en la segunda mitad del siglo XIX, tras la abolición legal de los gremios, se reconvirtió en una sociedad cooperativa por acciones de pescadores, patrones y marineros. Como consecuencia del desacuerdo en materia salarial entre armadores, por un lado, y pescadores y marineros, por otro, en 1922 se dieron de baja de la Cooperativa unos cincuenta patrones, conocidos como los “mayores”, con sus veintidós embarcaciones. El Cabildo, en el que quedaron sólo los “menores” con doce embarcaciones, a petición de sus asociados, solicitó un crédito para adquirir las embarcaciones necesarias para continuar las labores de pesca. Armadores y patrones, por su parte, constituyeron el “Cabildo de San Pedro” y construyeron en 1924 su propia lonja, el “Pósito de pescadores de San Pedro” que aún subsiste junto a la dársena vieja. En 1936, por disposición gubernativa, se volvieron a unificar en un solo Cabildo.
Una de las actividades de mayor interés fue, a lo largo de siglos, la caza de ballenas, cetáceo que, por dicho motivo, está representado en el escudo de la ciudad. Durante la etapa de auge, en los siglos XIII y XIV, el balleneo llevaba a los marinos castreños hasta Irlanda, Terranova y Labrador, donde también realizaban la pesca del bacalao.
Desde finales del siglo XV Castro Urdiales sufrió la intensa competencia ejercida por Bilbao tras la consolidación de la villa del Nervión como principal puerto de Castilla. No obstante, al igual que en los otros núcleos portuarios de las Cuatro Villas, en el siglo XVII el comercio de cabotaje experimentó un fuerte desarrollo. También durante aquella centuria tuvo aquí una gran importancia la actividad corsaria, organizada al amparo de la propia Corona, en la que participaron muchos marineros y armadores castreños, así como de Santander y Laredo, como alternativa al declive de las actividades de transporte marítimo.
La evolución económica brevemente reseñada explica que Castro Urdiales, que había sido la villa más populosa de Cantabria a finales del siglo XVI, sufriera un notable declive económico y demográfico, hasta el punto de que pasaría a ocupar el tercer lugar, tras Santander y Laredo, con solo 2.309 habitantes en 1787.
Las noticias que daba Pascual Madoz a mediados del siglo XIX avalan la decadencia de la villa, que es descrita en el “Diccionario Geográfico” como un puerto de mar cuya actividad principal era el cultivo de vides y parras para la producción de “el chacolí más exquisito(sic) de la provincia”, que, por entonces, era la producción fundamental de la villa. La actividad transformadora era, por el contrario, poco dinámica y consistía en algunos telares de lienzo y fábricas de curtidos casi inactivas, siete factorías para salar y escabechar pescados y talleres de construcción de lanchas y barriles, en relación con la gran importancia que seguía teniendo la pesca desde hacía siglos.
Existen bastantes testimonios que documentan el comercio de pescado, tanto fresco como elaborado a través de sistemas tradicionales de preservación(desecado, salado y escabechado) y transportado por carreteros desde Castro Urdiales hacia Castilla. La producción conservera estaba especializada en la técnica del escabechado, que se realizaba en el propio domicilio de los pescadores y en “lonjas de escabechar”.
Sobre esa base, y según apuntan todos los indicios, la flamante industria conservera cántabra nació en Castro Urdiales a finales de la primera mitad del siglo XIX e implicó la paulatina sustitución de la técnica del escabechado por la de salazón en salmuera.
La fabricación propiamente dicha se inició con el establecimiento en 1840 de una fábrica que elaboraba sardinas en aceite y en tomate envasadas en latas cerradas con estaño . Pocos años después, la fabricación de conservas de pescado se había consolidado en todo el litoral oriental de Cantabria, sobre todo en Castro Urdiales donde funcionaban varias pequeñas fábricas que empleaban mano de obra femenina y cuya producción, unos 3.000 barriles anuales, seguía destinándose principalmente al comercio con Castilla.
En 1858 había en Castro Urdiales siete escabecherías en las que se elaboraba más del 50 % de las capturas y doce fábricas de pescado en conserva, muchas de ellas pertenecientes a empresarios procedentes de distintas localidades italianas, sobre todo de Sicilia. Estas manufacturas son las que encarnan el cambio de las factorías artesanales, representadas por las escabecherías, a las modernas fábricas de conservas, la verdadera industria de carácter capitalista.
Pese a todo, la primacía ostentada por Castro Urdiales en la producción conservera cántabra fue cediendo desde comienzos del siglo XX a favor de otros puertos del litoral de Cantabria.
II. El apogeo de la actividad industrial y minera desde finales del siglo XIX
El declive de la industria conservera castreña fue simultáneo al ascenso de la industria conservera de Santoña y Laredo a través de un proceso precoz de relocalización a corta distancia. La causa fundamental del desplazamiento debe atribuirse a la reducción de las capturas y ésta a los efectos de contaminación de las aguas costeras a consecuencia de los vertidos de deshechos mineros, procedentes de los lavaderos y cargaderos, tras el auge que alcanzó la producción y la exportación de mineral de hierro a partir del último tercio del siglo XIX.
Fue precisamente esta actividad la que impulsó definitivamente el desarrollo económico y urbano de Castro Urdiales desde que se reinició la explotación de algunas minas de hierro y la apertura de otras nuevas, dispersas por el extremo nororiental del municipio, en el límite con Vizcaya, en forma de cotos mineros discontinuos pertenecientes a un reducido número de empresas . De acuerdo con los datos aportados por Homobono (1994), el número de obreros mineros pasó de 853 en 1890 a 1.794 en 1904, la población de la zona minera del municipio creció de 2.574 habitantes en 1887 a 5.401 en 1900 y la de la villa propiamente dicha de 4.531 habitantes en 1887 a 5.591 en 1900.
Las minas de Ontón, Mioño-Dícido, Lusa, Setares y Otañes eran una prolongación de la cuenca minera de Triano-Somorrostro, tanto desde el punto de vista geológico como desde una perspectiva económica. La explotación de las minas castreñas se hizo a partir de la fundación de compañías de capital vasco y extranjero y la construcción, con el objetivo de sacar por mar la producción minera, de una amplia y densa red de pequeñas líneas férreas que enlazaban los cotos con el puerto de Castro Urdiales y con varios cargaderos instalados ad hoc a lo largo de la costa (González, 2001).
El apogeo de la minería del hierro, entre 1880 y 1930, significó la participación de Castro Urdiales en la “fiebre minera” (iron rush) y la consolidación de un fuerte núcleo de empresarios y comerciantes vasco-castreños que actuaban en el área comprendida entre la villa cántabra y la bilbaína, lo que supuso la intensificación de los vínculos anudados secularmente con Vizcaya.
Los precedentes del aprovechamiento de las minas de Ontón y Mioño se remontan al siglo XVIII, sin embargo, no fue hasta bastante más tarde cuando se inició la producción a gran escala, a partir del momento, a mediados de la década de 1870, en que dos empresarios asociados, el bilbaíno Guillermo de Goitia y el británico Jhon Bailey Davies, avecindado también en la capital vizcaína, consiguieron el aprovechamiento de las minas de El Alta en Dícido y empezaron a explotarlas con el objetivo de expedir el grueso de la producción por vía marítima. Tal fue el germen de la empresa minera de Dícido, cuya titularidad y configuración cambió en varias ocasiones hasta que, en 1929, fue adquirida por Altos Hornos de Vizcaya, que explotó los yacimientos hasta 1986.
La producción estuvo destinada desde el primer momento a la exportación hacia el Reino Unido y Holanda, lo que condicionó la adopción de los métodos de transporte adecuados desde los cotos mineros hasta los embarcaderos. Al principio, los minerales eran llevados desde las minas hasta los muelles en carros de bueyes y, desde allí, en barcazas hasta los barcos fondeados fuera del puerto. Pero pronto se transformó radicalmente el sistema de transporte: los carros de bueyes fueron sustituidos por tranvías aéreos y vagonetas de ferrocarril y el puerto por los cargaderos situados a lo largo de la costa.

Algunos de los cargaderos de mineral de la costa castreña. Composición propia a partir de fotografías del Museo de la Minería del País Vasco (Gallarta)
En total se erigieron ocho cargaderos de mineral pertenecientes a distintas empresas y enlazados cada uno con el respectivo coto minero a través de su propia línea férrea: el de Pobeña (1882), en la ensenada de Musquiz en Vizcaya (concesión a José Mac Lennan de Minas, S.A.), el de El Piquillo en la de Ontón (Chavarri Hermanos), el de Saltacaballo, propiedad de la Compañía Minera de Setares, el de Dícido, en la ensenada de Mioño, el de San Guillén en Castro Urdiales (1895) de la Compañía del Ferrocarril minero Castro-Alén, los dos de Urdiales (1898) en la ensenada del mismo nombre, posesión de la compañía del ferrocarril Castro-Traslaviña, y el de Sonabia, al oeste de aquélla, para atender a los yacimientos de Liendo.
Una de las causas de la elección de este sistema de infraestructuras de transporte fue el mantenimiento de la autonomía en la exportación del mineral por parte de las empresas extractoras frente a los intermediarios extranjeros que controlaban el comercio del hierro en el puerto de Bilbao. Pero a ello contribuyó también el retraso en la adecuación del puerto para fondear barcos de las dimensiones requeridas para la actividad exportadora.
III. Estructura y forma del núcleo urbano hasta finales del siglo XIX
Desde su refundación medieval la disposición de la villa se adaptó perfectamente a la línea de base marcada por la ensenada y el puerto, a partir de los cuales quedó definida la forma semicircular del plano. El pequeño núcleo estaba entonces organizado en tres conjuntos ceñidos por una muralla común que se completó a principios del siglo XIII: el “castro”, la puebla vieja y la puebla nueva.

Plano de Castro Urdiales durante el asedio francés de 1813. Cartoteca del Centro Geográfico del Ejército
El “castro”, rodeado también por su propia cerca, desempeñaba la función de ciudadela fortificada y en su interior se situaba la calle y la ermita románica de San Pedro, la iglesia gótica de Santa María de la Asunción, el hospital del mismo título, el cementerio y una fortaleza o castillo medieval, conocido como “palacios del rey”. Sobre un peñasco, unido al “castro” a través de dos puentes, se alzaba la ermita de Santa Ana.
La puebla vieja, conocida como la “media villa de arriba”, era el núcleo residencial principal donde se localizaban las casas-torre de algunos de los linajes más poderosos. Estaba formado por un reducido número de calles (San Juan, Tenebregura, Rua Mayor, Belén, Nuestra Señora del Camino y de San Francisco o de Mélida) y la Plaza, situada junto a la dársena vieja, centro neurálgico de la villa donde se localizaban los principales edificios públicos, como la Casa del Concejo. La articulación de este sector urbano con el exterior se hacía a través de dos puertas abiertas en la muralla, la de Nuestra Señora de los Portales y la de San Francisco, que daba acceso al camino hacia Laredo, Santoña y Santander.
La puebla nueva, llamada también “media villa de abajo”, era el sector de expansión bajomedieval articulado a partir de la Calle de Ardigales, prolongación de la Rua Mayor, y la Calle de la Mar, que bordeaba el arenal que antes separaba ambas pueblas, reconvertido en La Plazuela en el siglo XVI. Las calles de Ardigales y de la Mar confluían en la de Aguacaliente, la actual calle de Bilbao, que, a su vez, desembocaba en la puerta meridional de la muralla, la de La Barrera, que daba acceso a la Calzada de San Nicolás, el camino hacia Bilbao y Castilla. En este sector urbano se levantaban las casas-torre de La Matra y la de los Otañes, los conventos de San Francisco y de Santa Clara y la ermita de Santa Catalina, junto a la puerta del mismo nombre.
Además de la construcción de los arcos de la calle de La Correría en el siglo XVII, el aspecto y la forma de la villa castreña experimentaron muy pocas variaciones hasta el siglo XIX, como muestra el plano elaborado por el ejército francés en 1813. La muralla no empezó a ser derruida hasta 1866 y su demolición definitiva no se completó hasta 1885-1895 como consecuencia de la construcción de las líneas férreas. Éstas discurrían en paralelo a la nueva Calle de La Ronda, trazada sobre el espacio ocupado antes por la muralla, y la edificación de la estación de la línea Castro Urdiales-Traslaviña.
El plano elaborado por Coello en 1861 muestra la misma estructura urbana, no obstante, en él quedan recogidos ya dos proyectos hechos realidad varias décadas más tarde: el de un antepuerto o dársena nueva y, vinculado con él, el de una “nueva población” erigida sobre los terrenos ganados al mar delante de la Calle de la Mar para la construcción de nuevos diques. Así, la reforma del puerto quedó directamente vinculada al proceso de expansión y urbanización que, por otro lado, estuvo rigurosamente condicionado por el trazado de las vías y ramales de los ferrocarriles, aún en proyecto, que debían acercar el mineral de hierro extraído a los nuevos diques y embarcaderos.
Continúa en La transformación de la ciudad industrial de Castro Urdiales
Referencias bibliográficas
DELGADO VIÑAS, Carmen (2011). Castro Urdiales (Cantabria), de «villa marinera»
a ciudad de servicios. La transformación urbanística de una «ciudad de frontera». Ería, 86, 237-270.
DELGADO VIÑAS, Carmen (2015). Estructura y forma de la ciudad a través de la cartografía histórica: Castro Urdiales, Cantabria (1800-1960). Investigaciones Geográficas, 63, 17-32.
GONZÁLEZ URRUELA, Esmeralda. (2001).De los tajos a los embarcaderos. La construcción de los espacios de la minería del hierro en Vizcaya y Cantabria (1860-1914). Barcelona, Ed. Ariel, col. Ariel Practicum.
HOMOBONO MARTÍNEZ, José Ignacio. (1994). La minería en la zona de Castro Urdiales (1791-1986). En La Cuenca minera vizcaína. Trabajo, patrimonio y cultura popular, 63-95. Madrid, FEVE.
RUIZ BEDIA, Mª Luisa. (2010): La minería en Castro Urdiales. El complejo minero de Setares-Dícido. Castro Urdiales, Ayuntamiento de Castro Urdiales
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