«Nos trasladamos de un lugar a otro, de una casa a una escuela, de un lugar a una tienda… hasta que, finalmente, la tienda se convirtió en el lugar donde vivimos»
|| Rawida Jihad ||
Ahora mismo estoy sentada frente a mi tienda, mirándola, y no sé por qué hoy siento como si la estuviera viendo por primera vez.
Quizás porque hoy es 7 de octubre.
Sí… 7 de octubre.
La misma fecha que cambió nuestras vidas hace tres años, y casi la misma hora en la que, aquel día, yo estaba viviendo una vida completamente diferente de la que vivo ahora.
Miro la tienda y me pregunto:
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
¿Cómo se convirtió esta tienda en nuestro hogar?
¿Cuándo pasó todo esto?
¿Y por qué estamos aquí?
A veces siento que, si cierro los ojos y vuelvo a abrirlos, me encontraré en mi antigua habitación… Veré mi cama cómoda y cálida, y la pared de mi habitación donde había colgado mis sueños y mis metas, y me reiré de todo lo que pasó como si hubiera sido solo una larga pesadilla.
Pero abro los ojos… y encuentro la tienda frente a mí.
Y, de repente, pasó por mi memoria una cinta negra… negra como el carbón.
Y no negra como la noche.
Porque, por muy oscura que sea la noche, está adornada con estrellas, la ilumina la luna y siempre te deja algo pequeño a lo que aferrarte en medio de la oscuridad.
Pero la cinta de mis recuerdos… era completamente negra.
No había estrellas, ni luna, ni nada que iluminara aquella oscuridad.
Solo recuerdos.
Recuerdos de aquel día… y de todos los días que vinieron después.
Volví con la memoria a la persona que era yo hace tres años.
Estaba preparándome para un nuevo comienzo en mi vida. Ordenaba mis pensamientos, escribía mis metas y soñaba con un futuro que podía ver delante de mí. Pensaba en mis estudios, en las cosas que quería aprender y en la vida que quería construir.
Había colgado mis sueños y mis metas en la pared de mi habitación… jajaja, y me sentaba en mi cama cómoda y cálida, pensando en todas las cosas bonitas que estaban por venir.
No sabía que, en ese momento, estaba viviendo los últimos días de la vida tal como la conocía.
No sabía que la casa donde me sentía segura algún día se convertiría en un recuerdo.
Y no sabía que aquella cama cálida que entonces daba por sentada se convertiría en algo que echaría tanto de menos.
Ay… cuánto la extraño.
Echo de menos mi habitación, mi cama, la pared de mis sueños… incluso aquellos pequeños detalles cuyo valor no sabía apreciar en aquel momento.
Entonces llegaron aquellos minutos en los que todo cambió.
Mis sueños dejaron de ser lo que ocupaba mi mente.
Lo único que quería era que sobreviviéramos.
Salimos de nuestra casa pensando que volveríamos poco después. No sabíamos que la estábamos dejando por un tiempo que no sabíamos cuánto duraría.
Nos llevamos algunas cosas y dejamos muchas otras atrás… pero en aquel momento no sabíamos que estábamos dejando atrás una vida entera.
Y desde aquel día comenzó un viaje que nunca elegimos.
Nos trasladamos de un lugar a otro, de una casa a una escuela, de un lugar a una tienda… hasta que, finalmente, la tienda se convirtió en el lugar donde vivimos.
Tres años de desplazamiento.
Tres años de miedo.
Tres años intentando vivir una vida normal en unas circunstancias que no tienen nada de normales.
Dormimos con el sonido de los bombardeos y nos despertamos con el sonido de los aviones de guerra y los drones. Vivimos días en los que no sabíamos de dónde vendría el peligro ni dónde podría estar el lugar seguro.
Aprendimos a esperar por el agua, a racionar la comida, a preocuparnos por la electricidad y por Internet, y a intentar proteger nuestra tienda de la lluvia y del calor.
Y aprendimos a dormir sabiendo que cualquier sonido en el cielo podía despertar de nuevo el miedo dentro de nosotros.
Incluso las cosas más sencillas se convirtieron en deseos.
Poder sentarnos todos juntos.
Que pasara un día sin recibir malas noticias.
Dormir una noche entera sin miedo.
Despertarnos por la mañana y encontrar bien y a salvo a todas las personas que amamos.
Estas son las cosas que han llegado a significar tanto para nosotros.
Y lo más difícil de todo es que, a veces, siento que he crecido durante estos años de una manera que nunca elegí.
La guerra no solo nos quitó nuestras casas y nuestras pertenencias… también nos quitó una parte de la vida que se suponía que debíamos vivir.
Pero, a pesar de todo, hay una cosa que todavía permanece dentro de mí.
Esa chica que solía sentarse en su cama cálida, escribir sus metas y colgar sus sueños en la pared de su habitación.
Ella sigue aquí.
Yo sigo soñando.
Y hoy, mientras estoy sentada frente a mi tienda, en este 7 de octubre, siento que estoy entre dos vidas…
La vida de aquella chica que miraba la pared llena de sueños y pensaba en el futuro como algo seguro…
Y mi vida de ahora, sentada frente a una tienda, contemplando lo que queda de aquellos sueños y preguntándome cuánto tiempo tendrá que pasar antes de que pueda vivirlos.
No sé qué me han quitado estos tres años, ni cuánto ha cambiado dentro de mí sin que me diera cuenta.
Pero sé una cosa…
Todavía echo de menos a aquella chica.
Echo de menos su sencillez, sus muchos sueños, sus pequeños miedos ante un examen o ante un futuro que nunca imaginó que pudiera llegar a ser tan cruel.
Y a veces, todo lo que deseo no es algo grande…
Solo volver algún día a una habitación que se parezca a la mía de antes, sentarme en una cama cálida, apoyar mi mano sobre una pared nueva y volver a colgar allí mis sueños.
Esta vez, no los colgaré pensando que la vida está garantizada…
Los colgaré sabiendo exactamente lo valiosa que es.