CAPÍTULO 1

«Apiñados como bestias»: El engaño que llevó a Faustino del exilio al campo de concentración de La Magdalena

Había combatido en el Ejército republicano y pasado por un campo de refugiados francés. En octubre de 1939 decidió volver a España después de recibir garantías de que no sufriría represalias. En lugar de reunirse con su novia en Barcelona, fue retenido en Irún y enviado, junto a centenares de hombres, al campo de concentración franquista de La Magdalena, en Santander. Sus memorias manuscritas reconstruyen un viaje que comenzó con la esperanza de recuperar su vida y terminó en una nueva situación de cautiverio.
Tiempo de lectura: 8 min

Viene de : INTRODUCCIÓN

Faustino Sánchez Robledo tenía diecinueve años cuando decidió regresar a España desde Francia, en octubre de 1939. La Guerra Civil había terminado hacía seis meses, había sobrevivido a los combates en los frentes de Aragón y Cataluña y había conseguido salir del campo de refugiados de Saint-Cyprien, donde las autoridades francesas habían internado a miles de republicanos que cruzaron la frontera huyendo de las tropas franquistas.

Quería recuperar su vida. Y, especialmente, reencontrarse con Mary, su novia, que se encontraba en Barcelona, según recogen sus memorias, escritas por él mismo y facilitadas por su familia a EL FARADIO.

En el consulado español de Bayona le habían transmitido que los refugiados que regresaran voluntariamente no sufrirían represalias. Faustino confió en aquellas garantías y emprendió el viaje de regreso.

Sin embargo, cuando llegó a Irún, el 25 de octubre de 1939, las autoridades franquistas invalidaron su pasaporte, le prohibieron continuar hacia Barcelona y tampoco le permitieron regresar a Cebreros, el pueblo abulense donde había nacido.

El regreso a casa se convirtió en una nueva privación de libertad. Diez días después, Faustino y otros centenares de hombres fueron introducidos en vagones de mercancías para ser trasladados a Santander. En sus memorias recordaría aquel viaje con una expresión que resume las condiciones del traslado: «apiñados como bestias».

Su destino era el campo de concentración franquista de La Magdalena, instalado en las antiguas Caballerizas del Palacio de La Magdalena, declarado Lugar de Memoria Democrática por el Gobierno de España mediante una resolución publicada en el Boletín Oficial del Estado (BOE) el 26 de octubre de 2026. La declaración fue promovida por la asociación memorialista Héroes de la República y la Libertad y la Delegación del Gobierno en Cantabria.

Una infancia entre Cebreros y Francia

La historia de Faustino había comenzado el 15 de diciembre de 1919 en Cebreros, en la provincia de Ávila. Era hijo de Policarpo Sánchez Blázquez e Ignacia Robledo Gómez, ambos naturales de la localidad.

En 1925, cuando apenas tenía seis años, su familia emigró a Bayona, en el sur de Francia, en busca de mejores oportunidades laborales. También se trasladaron allí Saturnino y Alejandro, hermanos de su padre.

La familia pasó por distintos domicilios en la ciudad francesa. Faustino fue escolarizado en un colegio laico hasta los trece años y aprendió el idioma, un conocimiento que años después resultaría decisivo para desenvolverse en los campos de refugiados.

Al terminar sus estudios comenzó a trabajar como botones en una tienda de electricidad, mientras seguía asistiendo a clases nocturnas. La familia atravesó dificultades económicas. Su padre sufrió un accidente laboral que le provocó varias fracturas en una pierna y le obligó a permanecer hospitalizado durante seis meses, seguidos de otros tantos de recuperación. Las secuelas de aquella lesión limitaron sus posibilidades de trabajar.

A pesar de su arraigo en Francia, los Sánchez Robledo conservaron sus vínculos con Cebreros. Faustino había regresado al pueblo en varias ocasiones y, el 10 de febrero de 1936, decidió instalarse de nuevo en España.

Apenas unos meses después, el golpe militar de julio de 1936 desencadenó la Guerra Civil y volvió a separar a la familia.

La guerra de un adolescente

El comienzo de la Guerra Civil obligó a Faustino, su madre Ignacia y su hermana pequeña Simona a abandonar Cebreros, mientras su padre, Policarpo, era movilizado pese a las secuelas de un accidente laboral. La familia pasó por Torrelodones, Madrid, Valencia y Barcelona hasta llegar a Sabadell, donde fue acogida por distintas familias. Gracias a una comunicación de la Cruz Roja consiguieron localizar a Policarpo en Santpedor, cerca de Manresa, y reunirse con él.

En 1937, Faustino se incorporó voluntariamente a un batallón de zapadores del Ejército republicano, donde participó en trabajos de fortificación y construcción de trincheras en el frente de Aragón. Tras un breve regreso a la vida civil, en marzo de 1938 fue movilizado obligatoriamente como integrante de la Quinta del Biberón, formada por jóvenes de corta edad. Después de recibir instrucción en Gavà, fue destinado a la 44 División y pasó por los frentes del Segre y del Ebro. Primero sirvió en una compañía de fusileros y después trabajó como ranchero en las cocinas, donde llegó a ser cabo. Durante ese periodo contrajo paludismo y permaneció veinte días hospitalizado en Juneda.

El avance de las tropas franquistas obligó a su unidad a retirarse hacia la frontera francesa. Durante aquel recorrido, Faustino consiguió reencontrarse con su padre en Manresa, donde colaboraba en la evacuación de civiles hacia Francia. Sería la última vez que lo vería.

El exilio y la playa de Saint-Cyprien

El diez de febrero de 1939, Faustino cruzó la frontera por La Junquera junto a otros militares republicanos. Las autoridades francesas les retiraron las armas y los condujeron al campo de internamiento de Saint-Cyprien, instalado sobre una playa del Mediterráneo, donde miles de refugiados españoles sobrevivían en condiciones precarias de alojamiento, alimentación e higiene. Gracias a su dominio del francés, pudo actuar como intérprete y enlace entre los internos y los responsables del campo.

La guerra también había dispersado a su familia. Su madre Ignacia y su hermana Simona fueron internadas en Argelès-sur-Mer –la playa en la que el cántabro Eulalio Ferrer descubrió El Quijote–, mientras que su padre Policarpo y su tío Alejandro acabaron en Le Vernet. Desde Saint-Cyprien, Faustino solicitó a las autoridades francesas autorización para reunirse con sus familiares en Bayona. El 18 de abril de 1939 consiguió un salvoconducto que le permitió abandonar el campo y reencontrarse con su madre y su hermana, acogidas por Paquita, otra de las hijas de la familia.

En Bayona intentó recuperar la normalidad. Trabajó primero en un castillo de Anglet y posteriormente como ayudante de camarero en un hotel de Biarritz.

La promesa de regresar sin represalias

El comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en septiembre de 1939, volvió a alterar los planes de Faustino. Su cuñado Eduard fue movilizado por el Ejército francés y él mismo se planteó alistarse para conseguir la nacionalidad francesa, aunque descartó esa posibilidad por los años de servicio militar que le exigían. Finalmente decidió regresar a España para reencontrarse con Mary, su novia, que vivía en Barcelona, e intentar reconstruir su vida.

Antes de emprender el viaje acudió al consulado español en Bayona, donde, según recogió en sus memorias, le aseguraron que el Gobierno español no tomaría represalias contra los refugiados que regresaran voluntariamente. Confiando en aquellas garantías, el 25 de octubre de 1939 cruzó la frontera por Irún, pero las autoridades franquistas invalidaron su pasaporte y le impidieron continuar el viaje o regresar a Francia.

Faustino quedó retenido junto a otros españoles que también habían regresado del exilio. Según su testimonio, les requisaron el dinero acuñado durante la República y algunas pertenencias, incluidas herramientas. Permanecieron bajo vigilancia durante diez días, sin conocer su destino. Después de haber conseguido salir de un campo de refugiados francés, Faustino volvía a encontrarse privado de libertad, esta vez en su propio país.

«Apiñados como bestias» rumbo a Santander

El tres de noviembre de 1939, después de diez días retenido en la frontera de Irún, las autoridades organizaron el traslado de un numeroso grupo de hombres a Santander.

Según las memorias de Faustino, la expedición estaba formada por unos 550 hombres, custodiados por militares. Los introdujeron en vagones de mercancías, sin las condiciones de un transporte de pasajeros.

Faustino recuerda que viajaban «apiñados como bestias», encerrados en vagones cuyas puertas permanecían cerradas desde el exterior. La ventilación procedía únicamente de los «pequeños ventanillos altos del vagón protegidos por rejas», según dejó escrito en su relato.

Aquellos hombres habían regresado a España confiando en que la guerra había terminado también para ellos. Faustino lo había hecho después de recibir garantías de que no sufriría represalias. Sin embargo, diez días después de cruzar la frontera, viajaba encerrado en un vagón de mercancías, bajo custodia militar y rumbo al campo de concentración franquista de La Magdalena, en Santander.

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