Noche eterna en La Magdalena
La Magdalena está lo suficientemente cerca de Santander como para no olvidar que sigues en la ciudad, pero basta con caminar un poco para sentir que estás fuera. Lejos de la campa de los festivales, del tren turístico que sube hacia un palacio real que, paradójicamente, acabó siendo escenario de uno de los grandes sueños culturales de la República. Lejos también de los juegos y los bingos de las playas, de las visitas guiadas y de los cursos de verano que todavía mantienen viva aquella vocación universitaria. Abajo, junto a las antiguas Caballerizas, ahí al lado pero distantes, puro estilo british, el mar está tan cerca y el cielo ocupa tanto espacio que, si consigues abstraerte, puedes llegar a sentir que no hay nadie más.
Quizá así se sintió alguna noche de noviembre de 1939 Faustino Sánchez Robledo, un joven exiliado que había vuelto a su país para defenderlo de lo que no dejaba de ser una invasión del fascismo internacional, y que, todo fueron idas y vueltas, cuando regresó a España pensó que ya se había acabado el revanchismo. Le engañaron. De la forma más cruel, porque descubrió que «nuestra patria (…) nos pertenecía de derecho, aunque no de hecho».
Cruel es la palabra que resumen como un escenario teatral de un sueño como fue La Barraca acabó siendo el lugar donde dormían los presos del campo de concentración de La Magdalena, para quienes el mar fue una promesa y la arena un castigo. La misma arena que le llevaría a Faustino a pensar en su madre y su hermana, que habían pasado por el campo francés de Argelès-sur-Mer, aquella misma playa del exilio donde Eulalio Ferrer encontró un ejemplar del Quijote que le acompañaría toda su vida.
Faustino murió en 2016, lejos del odio que había sufrido, organizado y programado, latente, como observamos. Había elegido para su tumba un epitafio: «Amar es ley de vida, dejar de amar, es noche eterna».
Para Faustino, las caballerizas de La Magdalena, recién declaradas Lugar de Memoria Democrática fue solo una parada en un recorrido que continuaría por otros campos de concentración y batallones de trabajadores. Pero nunca la olvidó. Ni siquiera cuando, muchos años después, regresaba a Cantabria para visitar a su hija y a su nieta en Camargo.
Fue precisamente su nieta Marta quien hizo llegar a El Faradio las memorias de Faustino, conservadas por su familia. Su familia cree que estaría orgulloso de que sus recuerdos sirvieran para no olvidar a quienes sufrieron la represión. Tal vez esa sea también una forma de volver a La Magdalena y mirar de otra manera ese cielo inmenso: recordar que hubo quienes pasaron allí sus noches sin saber cuándo podrían salir, mientras fuera continuaba la vida que les habían arrebatado.
Esta es su historia
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