De las fábricas abandonadas al palacio que abandonaron las instituciones

Con el uso del Palacio de Cortiguera por parte de la Fundación Coloring The World, el santanderino Okuda coronará una trayectoria que le lleva del extrarradio urbano y la periferia artística al corazón de la ciudad y la élite cultural
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Hay una parte en el relato de Óscar San Miguel, Okuda, que él mismo recordaba este jueves en el primer esbozo de sus planes para el Palacio de Cortiguera y que suena seductora: la del grafitero de barrio que plasmaba su trabajo en las afueras de su ciudad, Santander, fundamentalmente en fábricas abandonadas.

Esa labor, junto a su ya identitaria mezcla de formas geométricas y colores llamativos, le ha permitido trazar cierta coherencia en varias de sus obras: espacios abandonados o en desuso por todo el mundo en los que al intervenir con colores le ha llevado a esbozar un mensaje que parece guiar a su fundación, Coloring the world, el color como elemento de recuperación y revitalización.

El color es el eje de su trabajo y mensaje y será, directamente, el nombre del proyecto en Santander, el Museo del Kolor (con esa K que evoca al propio nombre del artista y que por aquí esperamos no se extienda al Kortiguera), en el Palacio de Cortiguera, en la calle Ramón López Dóriga (popularmente, Cuesta de las Cadenas porque un particular cerró así el paso a su finca privada), junto a la comisaría de la Policía Nacional cercana a Cañadío. El edificio lo conocéis: un estilo que evoca lo mozárabe, con unos icónicos azulejos, y que lleva décadas vacío, lo que se traduce en un deterioro que lo ha complicado todo.

Este jueves se conocía un primer avance del proyecto, sin mucho detalle aún: espacio para su obra, residencias artísticas y formación, que tendrá que ser tras una exigente rehabilitación del inmueble, propiedad del Estado, ya que además de conjugar el respeto al edificio y aquello que lo hace singular, su fachada azulejada, deberá cumplir con las exigencias de movilidad y accesibilidad que implica un espacio público.

Precisamente  al ser público el inmueble iba encaminado–en esas se encontraban-  a una subasta y competición –en este caso, poco atractiva en lo económico por lo avanzado del deterioro–. Pero parece que la fórmula de gestión se encamina a una concesión a la fundación durante un período en el curso de la cual se abre la opción de una compra del inmueble. Decimos parece porque aunque esto sobrevolaba los lógicos corrillos de un evento así, con nutrida asistencia institucional e interés de medios de comunicación nacionales, no hubo concreción pública en la presentación, centrada en objetivos y, sobre todo, valores, repaso de trayectoria y relato.

Un relato, el de Okuda, que bien puede presentarse como un viaje de la periferia urbana y artística –la fábrica, el barrio y el grafiti– al centro en sentido literal en lo urbano y simbólico en lo artístico, en un momento en el que la cultura vertebra discursos institucionales en Santander, donde se concentran proyectos considerados emblemáticos y apoyados a alto nivel (Estado, Banco Santander) y el estilo de San Miguel, alumno de un Roberto Orallo ahí presente, ya no es juzgado y/o condenado. Por coronar la historia, tras viajar por todo el mundo, el héroe vuelve a casa y acaba en un Palacio.

UN EDIFICIO ABANDONADO EN UNA ZONA PRIVILEGIADA

Pero hay una parte que puede ser verdad o mentira en ese mensaje de recuperación de lo abandonado, lo degradado.

Cuesta equiparar con un barrio marginal y periférico a esa zona, el punto cero de la turistificación, al lado de la plaza-terraza más concurrida de la ciudad, Cañadío, –donde se celebró el ascenso del Racing–, rodeado de bares y franquicias, y cada vez menos viviendas habitadas todo el año, a pocos metros del otro proyecto turístico-cultural al que se han entregado las élites, el Faro (sic) del Banco Santander.

Pero hay una parte de verdad, y no es culpa de quien ha visto la oportunidad de dotarlo de contenido sino de quienes contribuyeron al abandono. Y es la de que, efectivamente, evidentemente, hay un deterioro, un olvido. Una desidia que es general, casi identitaria, en la ciudad –ya es un clamor–, y que resulta aún mayor cuando implica una coordinación institucional –el edificio, que albergó la Cámara de Propiedad Urbana, es de propiedad estatal, y se barajó su traspaso al Ayuntamiento, que quería la parte buena del hacer algo con él, pero rechazaba la responsabilidad de ponerlo al día–.

Le puso un poco voz en el acto a esa percepción la alcaldesa de Santander, Gema Igual, convertida en su prácticamente una confesión en la peor propagandista de lo público –tal vez acostumbrada al modo de funcionar de su institución, en la que cada semana se anula o suspende un procedimiento y que esta semana era noticia por sus ‘dificultades’ para gestionar su propio presupuesto, con confesión expresa de altos funcionarios en el periódico de la poca estructura con que se ha dotado a la casa para trabajar–.

La regidora –a la que la fundación le reconocía públicamente su contribución a este proyecto, al igual que al resto de instituciones y a figuras particulares y exresponsables institucionales, presentes en el acto– expresaba que “a veces las administraciones estorbamos” e ironizaba con “todo lo que nos hemos peleado” con el Estado, allí presente, por este edificio hasta la llegada de la iniciativa de la fundación que les desatascó.

Le intentaba echar algo así como un capote retórico el consejero de Cultura, Luis Martínez Abad, que enfatizaba el mensaje este de los grandes proyectos culturales que se concentrarán en menos de lo que parece en Santander: el Faro en cuestión (la colección de arte del Banco), el Archivo Lafuente (fondos sobre vanguardias contemporáneas–, el nuevo y ampliado Mupac –el Museo de Prehistoria y Arqueología, décadas vagando de sede en sede pese a ser el único con fondos estables y sin previsión de mucho cambio– , y este Museo del Kolor.

Un mensaje que, sin decirse, ni desde luego pretender decirlo, abunda en la tesis de la incapacidad del Ayuntamiento como institución de liderar nada ambicioso –teniendo en cuenta sus dificultades para salvar las cosas básicas del día a día, el salir duchado de casa, como la limpieza o el mantenimiento urbano–.

Porque, al fin y al cabo, más allá de los intentos de apropiación que parecen hasta su obligación, lo que es verdad es que el MUPAC es autonómico y no de esta legislatura; el Proyecto Faro, al igual que el Centro Botín, es iniciativa del Banco Santander, y el Archivo Lafuente empezó como la valiosa colección privada de un particular que ahora es propiedad del Reina Sofía (Ministerio de Cultura del Estadopresor, se dice todo junto) que se alzará sobre un edificio, el Banco de España, cedido a la ciudad por su propietario, Hacienda, es decir, nuevamente, el Estadopresor todo junto.

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