Ellos ríen, nosotras acuerpamos la vida
Ellos ríen. Ellos, sobre todo ellos. Pero también algunas ellas. Ellos ríen. Ironizan, abren sus manos y ladean la cabeza elevando el mentón a la altura de nuestros miedos, chascarrean con nuestros nervios de punta. Ellos comentan la final del mundial de fútbol a las puertas de un desahucio y conservan los poros de la piel secos y el pulso sereno sobre sus cascos, sobre sus porras o colgando sus pulgares entre la camisa y el chaleco. Ellos observan con sorna un horizonte que a nosotras nos pasa por encima de la cabeza porque nosotras no apartamos la vista de lo que sucede justo delante, aquí, en nuestros barrios y pueblos, ahora: echan a la calle a una vecina. Miramos de frente el dolor cotidiano y tratamos de combatirlo.
A ellos les da igual un desahucio que un concierto, un festival que una redada. No se les atraganta el café, aunque nosotras intentamos que, al menos, se les atasquen en la garganta nuestras decentes palabras. Ellos ríen hasta tirándonos del pelo, hasta hundiendo sus puños en nuestras costillas inocentes, hasta dejando a una familia sin hogar. Ellos ríen porque conocen su impunidad, que es la misma con los fachas que con el gobierno más progresista de la historia. ¿Sabrán que la institución de la que forman parte es el instrumento que sostiene los privilegios de un grupo pequeño de gente al que ni ellos mismos pertenecen? Quizá su risa sea ingenua. Desde aquí, parece más bien, más bien, más bien… perversa.
Ellos ríen mientras nosotras temblamos. Nosotras, que tenemos listo el coco para el pensamiento crítico y las manos para la caricia. Nosotras, que nos formamos para entender la historia, para entender los mecanismos que por sistema nos empobrecen, nos discriminan, nos reprimen y nos amargan, para entender la construcción de las ideas que acaban un día destrozando la existencia humana, la existencia animal, la existencia planetaria, la existencia… y hasta para entender su maldita risa. Nosotras, que nos formamos para ser mejores personas, mejores compañeras de vida, mejores vecinas. Nosotras, que nos juntamos día sí y día también para poner en común las cosas del comer y del pensar y del vivir comunitario. Nosotras, que a veces lúcidas y a veces torpes sabemos cuidarnos colectivamente. Y menos mal.
Mientras hacemos todo eso, ellos ríen. Porque no saben hacer otra cosa que reír ante la injusticia y golpear ante el conflicto. Y nosotras temblamos. Nosotras, que estamos convencidas de que la desobediencia civil es herramienta esencial y legítima para la autogestión de la vida frente a la violencia sistémica. Nosotras, que sabemos que tenemos razón y derecho a rabiar. Nosotras, que conocemos la palabra empatía y la palabra solidaridad y la palabra derechos y la palabra compromiso y otras muchas palabras que llenan el diccionario con el que nos empeñamos en escribir un relato más bonito y más digno de lo que es convivir.
Nosotras temblamos. A nosotras se nos quiebra la voz al final del grito porque sabemos que la organización colectiva puede convertirse en un arma más poderosa que las balas que ellos guardan bien apretaditas en la pernera del uniforme pero que todo está por hacer y que los golpes agotan y desarticulan. Porque involucrarse políticamente es afectarse. Porque la militancia es la rabia y la ternura organizadas para sostener la vida digna. Es pringarse de lo más hermoso, que es la interdependencia, la solidaridad y la alegría cooperante. Y de lo más doloroso, que es el sufrimiento que dejan en su rastro el racismo, la LGTBIfobia, el machismo, el extractivismo, el capitalismo. El rentismo.
Reprimir con violencia los movimientos sociales no es progresista. No es progresista, no. Es, más bien, más bien, más bien… fascista.
Ellos ríen. Ellos. Los del uniforme y las armas, los de los maletines ministeriales, los de la limpieza callejera, los de los zulos a precio de yate. Y nosotras, aunque temblemos, acuerpamos la vida juntas. Que es más valiente.
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