Con «A» de palestinas (I)
Romana Rubeo en The Palestine Chronicle recorre casi un siglo de resistencia de las mujeres palestinas, devolviendo a organizadoras, combatientes, prisioneras, periodistas y cuidadoras el lugar central que ocupan en la historia nacional.
En octubre de 1929, cientos de mujeres palestinas se reunieron en Jerusalén. Habían llegado de Jaffa y Haifa, Nablus y Acre, Ramala, Yenín, Safed y otros lugares, en el momento de una profunda crisis de la Palestina que empezaba a ser ocupada. Su encuentro, celebrado el 26 de octubre, pasó a conocerse como el primer Congreso de Mujeres Árabes Palestinas.
Se habían reunido para debatir sobre la situación de su país, cuestión que había devenido urgente no, lo siguiente. Se podría decir que el desastre empezó de una manera “oficial” con la Declaración Balfour de 1917 cuando la Gran Bretaña se comprometió a apoyar el establecimiento en Palestina de un «hogar nacional para el pueblo judío», sin, por supuesto, tener para nada en cuenta los derechos de sus legítimos habitantes, los palestinos, a quien por supuesto, nadie se molestó en consultar. A partir de ese momento, la inmigración sionista aumentó exponencialmente, acompañada de la compra de tierras (y de su previa venta realizada en su mayoría por las familias feudales palestinas, los grandes terratenientes de la época) así como el crecimiento de las instituciones destinadas a apoyar el desarrollo del proyecto nacional judío en Palestina.
Ni que decir tiene que, en sus resoluciones, el Congreso de Mujeres rechazó de plano la Declaración Balfour, se opuso a la inmigración sionista y exigió el establecimiento de un gobierno nacional representativo. Posteriormente, trasladaron estas demandas al Alto Comisionado británico y organizaron una caravana de vehículos por Jerusalén, deteniéndose ante consulados extranjeros para transmitir su mensaje político.
Entre estas mujeres figuraban Tarab Abd al-Hadi, que fue quien organizó en su casa las reuniones preparatorias para el; Matiel Mogannam, que en 1937 publicaría La mujer árabe y el problema de Palestina; y Zulaykha al-Shihabi, cuyo activismo político se mantendría durante la revolución palestina ocurrida en la década de 1930 y que duraría 3 largos años y que se prolongaría durante mucho tiempo después de la Nakba y la creación de Israel en 1948 sobre la Palestina histórica.
Decir también que ya durante los primeros años, del dominio colonial británico (es decir, a la caída del Imperio Turco) las organizaciones femeninas de carácter benéfico, educativo y social se habían ido politizando progresivamente. Pero fue en 1929, cuando las mujeres palestinas se afirmaron colectivamente como sujetos políticos dentro del movimiento nacional en ciernes.
Durante gran parte del siglo XX —y también en el XXI—, las representaciones que se han ido haciendo en el discurso político y mediático de Occidente de lo que es y significa la mujer palestina los orientalistas del momento han recurrido con frecuencia a un repertorio limitado de arquetipos. Para ellos y en el mejor de los casos, la mujer palestina es una víctima desdichada: la madre refugiada, la viuda desconsolada o la mujer que huye de la destrucción. En otro registro (muy útil para los intereses de Occidente y de algunos feminismos) se convierte en la «mujer árabe oprimida», constreñida por la religión, la tradición y una sociedad patriarcal, a la espera de ser emancipada.
En determinados momentos históricos, y según las necesidades de los señores del cotarro, otra imagen ha irrumpido en estas representaciones: la mujer armada, que es inmediatamente –por supuesto– etiquetada como «terrorista».
Pero con respecto a las mujeres palestinas lo único cierto es que podrían ser de todo menos pasivas. La pasividad nunca formó parte de su condición. Fue, más bien, una condición que los media impusieron reiteradamente en representaciones que no lograban reconocer formas de agencia política que no se ajustaran a las nociones preestablecidas sobre las mujeres árabes. Es decir, nociones básica e intrínsicamente orientalistas como muy bien explicaría Edward Said.
O tal como señalan Jane Hardy y Katie Coles en su ensayo La resistencia de las mujeres palestinas: de la Gran Revuelta a la Primera Intifada (1936-1993):
«El pensamiento orientalista —una corriente presente en algunos movimientos «feministas» de países imperialistas— ha retratado a las mujeres palestinas como carentes de agencia, como «víctimas silenciosas de la opresión religiosa, patriarcal y cultural, sin control sobre sí mismas ni sobre sus cuerpos» y necesitadas de ser rescatadas. Sin embargo, a pesar de esta retórica que las presenta como espectadoras pasivas —con un papel en la resistencia invisibilizado o marginado—, ellas han sido activistas constantes en la historia de lucha de Palestina, situándose a menudo en primera línea».
Como ya hemos dicho las mujeres palestinas se organizaron políticamente incluso antes de la Nakba y participaron muy activamente en la Gran Revuelta de 1936-1939. Algunas lucharon activamente, mientras que otras transportaron armas, información de inteligencia, dinero y medicinas, ayudaron a ocultar a los rebeldes y atendieron a los heridos. Y en 1948, durante la violenta expulsión de los habitantes palestinos de la Palestina histórica, estuvieron en primera línea defendiendo a sus comunidades y tras la Nakba, se convirtieron en elementos esenciales en la reconstrucción de las organizaciones políticas en el exilio sumándose a las células clandestinas y organizaciones guerrilleras con encarcelamiento e interrogatorios incluidos. Y dentro y fuera de la cárcel, organizaron a los prisioneros y prisioneras, produjeron literatura revolucionaria y ayudaron a construir las instituciones de masas que sostuvieron la Primera Intifada, participando asimismo en la resistencia popular contra la ocupación en Cisjordania y en la Gran Marcha del Retorno en Gaza.
A día de hoy siguen documentando la violencia israelí en Gaza y Cisjordania y manteniendo las redes sociales y políticas en medio del asedio, el desplazamiento y la guerra.