«Me estoy dejando la mitad de mi sueldo en un cuarto»
Cuando comenzó la acampada por el derecho a la vivienda en Madrid, Gonzalo Peinado estaba de viaje. En cuanto regresó a la capital, hacia la segunda o tercera noche, cogió su tienda de campaña y se dirigió a la Puerta del Sol. Para entonces, «ya empezaba a haber poco sitio».

Acampada por la vivienda en la Puerta del Sol. Foto: Richard Zubelzu
La vida después de pagar el alquiler
Gonzalo atiende a El Faradio por videollamada desde una habitación cuyos pósteres delatan sus intereses culturales y su formación audiovisual, y cuyas dimensiones resumen buena parte del problema de la vivienda en Madrid. «Me estoy dejando la mitad de mi sueldo en un cuarto, que es este que se ve aquí», explica, señalando el espacio desde el que habla. «Este cuarto me cuesta 600 pavos».
Vive en Estrecho, en el distrito de Tetuán, y comparte piso con otras dos personas. El precio total es, tras la última subida de 300 euros en apenas un año, de 1.800. Solo su habitación cuesta lo que un piso en Malasaña hace unos pocos años. «Los precios se han desorbitado (…) Esto es la norma», lamenta.
Más allá del alquiler, al fin y al cabo es de lo que realmente va esto, se encuentra el resto de la vida: «Yo todos los días me despierto sabiendo que me puedo gastar como 14 pavos al día». Sumando el factor territorial, porque «Madrid ahora mismo es la jungla en términos de supervivencia económica». Y una profundización en las desigualdades de origen, entre que la familia tenga piso en propiedad o no.

Jóvenes en la Puerta del Sol. Foto: Richard Zubelzu
Durante los días que estuvo en la acampada, Gonzalo ha conocido a personas de perfiles muy diferentes, muchas de ellas trabajadoras y estudiantes que compaginan la protesta con sus obligaciones cotidianas, madrugando para ir a trabajar, frente al tópico contrario, una de las muchas mentiras que se vienen arrojando sobre este ejercicio de activismo. Como la acusación de “sanchistas”, directamente una evasión de la realidad ya que “lo que hay precisamente es también mucho enfado con el Partido Socialista, que hasta que no han apretado las tuercas y hasta que no se le ha llamado la atención, no ha hecho nada».
Del 15-M a la lucha por la vivienda
No es la primera vez que Gonzalo (31 años) se involucra en un momento importante en busca de cambios políticos y sociales. Mucho más joven participó en el 15-M, con el que encuentra la similitud de la búsqueda de una organización y también algo más: «Hay ganas de no solo protestar, sino llegar a conclusiones». Otro de los cambios es el alto grado de organización en la Puerta del Sol: la acampada ha desarrollado incluso una estructura propia, con calles y plazas que tienen sus nombres, zonas destinadas a la distribución de alimentos y otras encargadas de organizar las tiendas.
Tampoco es nuevo Gonzalo en el activismo por el derecho a la vivienda. Hace años participó en la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH): desde entonces, ha visto cómo el problema de la vivienda, que durante la crisis financiera se asociaba especialmente a situaciones de desempleo, impago de hipotecas y desahucios, se ha extendido hasta alcanzar a personas que, aun teniendo trabajo, no pueden acceder a una vivienda en condiciones asequibles.
Gonzalo describe un ambiente de implicación y búsqueda colectiva de soluciones, pero también reconoce el pesimismo que existe ante las perspectivas políticas y económicas. «El hecho de ver a mucha gente que piensa como tú, que está unida, y que ves que hay mucha capacidad de organización y de pensar entre todos, y hay bastante solidaridad ahí dentro, eso también es una chispa de esperanza», reflexiona.
Sigue la mezcla de sensaciones positivas y pesimistas: aunque interpreta la repercusión de la acampada como «una pequeña victoria» por haber conseguido remover la agenda pública, considera que las perspectivas son «terribles» y teme que las políticas de vivienda no mejoren.
Una memoria familiar de lucha y cultura
No es extraño que a Gonzalo le surgiera ese impulso de acudir allí donde suceden las cosas cuando el compromiso lo requiere. Hace casi un siglo, en unas circunstancias mucho más dramáticas, también decidió pasar a la acción el hermano de su abuelo Tomás, el tío de su madre, Sofía: Rafael Rodríguez Rapún, secretario de La Barraca, el grupo de teatro universitario que recorrió los pueblos de España durante la Segunda República bajo la dirección de Federico García Lorca, y militante socialista que, tras el golpe de Estado de 1936, se incorporó a la defensa de la República. Rodríguez Rapún murió el 18 de agosto de 1937, a los 25 años, a consecuencia de las heridas sufridas en el frente norte, y está enterrado en el cementerio de Ciriego, en Santander.

Rafael Rodríguez Rapún. Archivo familiar
La figura de Rafael Rodríguez Rapún es objeto de una biografía escrita por el periodista Oscar Allende, director de este medio, de próxima publicación en la editorial Libros del KO, que reconstruye su trayectoria personal, política y cultural más allá de su conocida relación con Federico García Lorca.
Durante décadas, Rodríguez Rapún fue una figura prácticamente desconocida para el gran público, aunque su historia comenzó a recuperar visibilidad gracias a La piedra oscura, la obra teatral de Alberto Conejero inspirada en sus últimos días de vida. Ese reconocimiento ha adquirido ahora una dimensión internacional con La bola negra, la película de Javier Calvo y Javier Ambrossi que recupera su historia y la de Lorca, y que ha vuelto a situar su nombre en la conversación cultural.
Para Gonzalo, la historia de Rafael Rodríguez Rapún forma parte de una tradición familiar y de un contexto histórico ligados a algunas de las experiencias culturales y educativas más transformadoras de la España del primer tercio del siglo XX: la Institución Libre de Enseñanza, la Residencia de Estudiantes, la Generación del 27 o la propia Barraca. Aquella España que apostó por la educación, la cultura, la ciencia y la extensión del conocimiento como instrumentos de emancipación y progreso, y que encontró en la Segunda República uno de sus momentos de mayor impulso antes de quedar truncada por la Guerra Civil y la dictadura.
Gonzalo ha crecido rodeado de referencias a ese mundo, aunque reconoce que durante su infancia no siempre fue consciente de su importancia: su propio abuelo estudió en el Instituto-Escuela, vinculado al mismo ambiente de renovación educativa y cultural en el que se desarrolló la Residencia de Estudiantes y del que surgieron muchas de las experiencias de vanguardia de la época, entre ellas La Barraca.
Ese legado educativo continuó en las siguientes generaciones. Su madre, Sofía, y su tía, Margarita –y él mismo-, estudiaron en el Colegio Estudio, heredero de la tradición pedagógica institucionalista y convertido durante el franquismo en un refugio educativo.
En su casa, nombres como Lorca y Alberti, o referencias a La Barraca, formaban parte de las conversaciones familiares. En su caso, lo que para un niño podía parecer simplemente el mundo de sus mayores era, en realidad, la memoria cercana de una de las Españas más fértiles culturalmente, la de quienes entendieron que llevar el conocimiento y el arte más allá de las élites era también una forma de transformar la sociedad.
Y que se cortó de golpe, como encarna la biografía de su propio tío abuelo: Rafael murió con apenas 25 años dejando a una familia marcada por el dolor. Gonzalo lo ha tenido muy presente en las conversaciones con su abuelo, Tomás:«Era muy común que él hablase de la guerra. Y recuerdo que muchas ocasiones, cuando hablaba de Rafael, se emocionaba el pobre hombre». Durante mucho tiempo, el recuerdo de Rafael estuvo asociado al dolor: «Cuando se mencionaba, era un tema doloroso», hasta el punto de que «se hacía un poco de silencio en la mesa».

Homenaje a Rapún el pasado verano en Ciriego
Ese silencio ha comenzado a transformarse en reconocimiento gracias a la recuperación pública de su figura: «Cuando se habla de Rafael ya no solo se habla de él, sino que se ha convertido en una especie de símbolo”. La familia vive ese reconocimiento con «orgullo y muchísimo agradecimiento», que generosamente entienden con un punto colectivo, es decir, , a toda una generación: «Yo creo que cuando se habla de Rafael, en realidad de quien se está hablando es de toda la gente que sacrificó muchas cosas, como por ejemplo la vida, en una causa que yo por lo menos considero justa».
Cada 18 de agosto, Rafael recibe en Ciriego la visita de personas que no llegaron a conocerlo, pero que se acercan a su tumba para dejar unas flores y recordarlo. Casi noventa años después de su muerte, el secretario de La Barraca empieza a estar, como recuerdan cada año Héroes de la República y la Libertad de Cantabria y el periódico digital EL FARADIO al convocar su homenaje, un poco menos solo. La frase resuena a cientos de kilómetros, en Madrid, cuando Gonzalo habla de las noches de acampada y de lo que se lleva de aquellos días compartidos con otras personas: «Aunque el futuro esté un poco negro, te sientes un poco menos solo».
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