CAPÍTULO 2

El franquismo convirtió una universidad, un teatro y una playa en una cárcel: los recuerdos de Faustino en La Magdalena

El republicano que había regresado voluntariamente del exilio llegó a Santander en noviembre de 1939, convencido de que podría reunirse con su familia. Sus memorias, facilitadas por sus descendientes a EL FARADIO, permiten reconstruir su estancia en el campo franquista de las antiguas Caballerizas de La Magdalena, donde los prisioneros dormían en dependencias que antes habían acogido actividades culturales y esperaban, sin conocer su destino, una libertad que no llegaba.
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VIENE DE : CAPÍTULO 1

Cuando Faustino Sánchez Robledo llegó al campo de concentración franquista de La Magdalena, en Santander, a comienzos de noviembre de 1939, tenía diecinueve años. Había combatido en el Ejército republicano, cruzado la frontera francesa, pasado por el campo de Saint-Cyprien y regresado voluntariamente a España después de recibir garantías de que no sufriría represalias.

En lugar de reunirse con su novia en Barcelona, había sido retenido en Irún y trasladado en un tren de mercancías junto a centenares de hombres, en un viaje que describiría en sus memorias como «apiñados como bestias».

Las antiguas Caballerizas del Palacio de La Magdalena, vinculadas a la vida cultural y universitaria de Santander durante la Segunda República, se habían convertido en un recinto de internamiento. Su testimonio permite conocer la vida cotidiana de los prisioneros y la incertidumbre de quienes habían regresado a España esperando recuperar su libertad.

Del teatro de Lorca al dormitorio de los prisioneros

Uno de los primeros recuerdos de Faustino sobre su estancia en La Magdalena tiene que ver con el lugar donde fue alojado. «Por dormitorio me tocó lo que fue en su época un gran salón de teatro», explica en sus memorias, facilitadas a EL FARADIO por su familia.

Durante la Segunda República, las Caballerizas habían formado parte de las instalaciones de la Universidad Internacional de Verano de Santander, que acogió actividades culturales como las representaciones de La Barraca, la compañía universitaria de teatro dirigida por Federico García Lorca y Eduardo Ugarte.

Entre sus integrantes se encontraba Rafael Rodríguez Rapún, secretario de la compañía y enterrado en el cementerio de Ciriego, en Santander.  Tras ser conocida en la obra teatral ‘La piedra oscura’, su figura aparece en la película ‘La bola negra’ y será objeto de una biografía de próxima publicación escrita por Oscar Allende.

La vida cotidiana dentro de La Magdalena

Las memorias de Faustino también recogen detalles de la vida cotidiana en el campo. Recuerda que los internos podían desplazarse por determinados espacios de la finca y acercarse a «los acantilados de la playa», donde se bañaban y recogían «alguna que otra almeja» entre las rocas.

Estas escenas convivían con su condición de prisioneros, sometidos a control militar y sin posibilidad de regresar a sus hogares.

Según la resolución publicada en el Boletín Oficial del Estado (BOE) el 26 de octubre de 2026, que declaró las antiguas Caballerizas Lugar de Memoria Democrática, el campo funcionó desde finales de agosto de 1937 hasta noviembre de 1939. Aunque tenía una capacidad prevista de unos 600 prisioneros, llegó a albergar a más de 1.600.

La documentación recoge condiciones de hacinamiento, escasez de alimentos y enfermedades, además de prácticas de adoctrinamiento como la obligación de realizar el saludo fascista, cantar el ‘Cara al Sol’ y asistir a misa.

«Nuestra patria, que también nos pertenecía»

Una de las expresiones de Faustino refleja cómo vivió aquella situación. Al referirse a España, escribe sobre «nuestra patria, que también nos pertenecía de derecho aunque no de hecho».

Había nacido en Cebreros, en Ávila, crecido entre España y Francia y combatido en el Ejército republicano. Tras la derrota había conseguido salir de un campo de internamiento francés y regresar a su país, después de que el consulado español le asegurara, según su testimonio, que no sufriría represalias.

Sin embargo, las autoridades franquistas lo habían retenido en Irún y trasladado a Santander. Su reflexión expresaba la contradicción entre sentirse parte de un país y no poder vivir libremente en él.

El temor a los batallones de trabajadores

Durante su estancia en La Magdalena, Faustino conoció a hombres que llevaban más tiempo recluidos y que le advirtieron de que su destino podía no ser la libertad, sino el traslado a «batallones de trabajadores penados», destinados a «reconstruir todo lo derrumbado por la guerra».

La noticia le produjo una profunda desilusión. Había regresado a España para reencontrarse con su novia y trabajar, pero se enfrentaba a la posibilidad de pasar meses o años bajo vigilancia militar.

Los batallones de trabajadores formaron parte del sistema franquista de utilización de mano de obra cautiva, con antiguos combatientes republicanos y prisioneros destinados a obras públicas y otras actividades bajo disciplina militar.

Las cartas a su madre y a su novia

La correspondencia fue uno de los principales vínculos de Faustino con el exterior. Su madre permanecía en Francia, mientras que Mary, su novia, seguía en Barcelona, esperando un reencuentro que había quedado frustrado.

Cuando comprendió que no recuperaría inmediatamente la libertad, decidió escribirles. «Así pues desalentado, empecé a escribir a mi madre y novia la triste noticia», recuerda en sus memorias.

El 24 de noviembre de 1939 terminó su estancia en Santander, pero no porque hubiera sido puesto en libertad. Las autoridades franquistas ordenaron su traslado al campo de concentración de Miranda de Ebro, en Burgos, donde comenzaría otra etapa de su cautiverio.

SIGUE EN CAPÍTULO 3

 

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