Rocío Simón: «Es muy fuerte ver esto en tu propio país y ver estas violaciones de derechos humanos»
«No te parece de pronto España, no te parece Europa». Así describe Rocío Simón, enfermera que ha viajado a Ceuta con las Brigadas de Apoyo Mutuo, la primera impresión al llegar a una ciudad en la que miles de personas migrantes viven en asentamientos improvisados, en condiciones de precariedad y bajo una presencia policial y militar que le recordó «un escenario de guerra».
Simón acaba de regresar de esta experiencia, en la que ha participado prestando atención sanitaria a personas que viven en las afueras de la ciudad autónoma, después de los desalojos de los asentamientos que ocupaban en las playas. Su testimonio pone el foco en una realidad que, según explica, sigue lejos de estar resuelta y en la que las necesidades más básicas continúan sin cubrirse.
La conversación se enmarca en ‘La energía del cambio’, el espacio que El Faradio desarrolla junto a Solabria, cooperativa comercializadora de energías renovables de Cantabria, y que abre también sus contenidos a cuestiones relacionadas con los derechos humanos, la convivencia y la justicia social.
Además, este sábado, 7 de noviembre, a las 19:00 horas, el Centro Social Smolny de Santander acogerá una charla en la que varias de las personas que han participado en esta experiencia, entre ellas Rocío Simón, Carmen Fuentes y Aurora Otero, compartirán lo vivido en Ceuta. El encuentro permitirá conocer con más detalle el trabajo de las brigadas y la situación de las personas migrantes que permanecen en la ciudad.
Heridas, infecciones y violencia
La labor sanitaria de Simón se centró principalmente en atender heridas, especialmente en pies y piernas. Las condiciones en las que viven las personas migrantes, la falta de calzado adecuado y la exposición a la suciedad y las moscas provocaban lesiones que, en muchos casos, terminaban infectándose.
Pero también encontraron heridas que, según su testimonio, eran consecuencia de agresiones físicas. «Hemos visto también mucha herida física derivada de la violencia intencional», relata. Asegura que atendieron a personas que llegaban con golpes de porra por distintas partes del cuerpo y con heridas abiertas en la cabeza.
A estas lesiones se suman los problemas derivados del hacinamiento, la falta de higiene, la ausencia de agua y saneamiento y la exposición a la intemperie. Simón menciona infecciones cutáneas, sarna, piojos y enfermedades respiratorias, que previsiblemente se agravarán con la llegada del invierno.
Las necesidades que se encontraban las brigadas iban mucho más allá de la atención médica. Los jóvenes les pedían ayuda para acceder a centros de menores y también necesitaban mantas, ropa, calzado y productos básicos. Mientras tanto, las brigadas mantenían puntos diarios de atención y organizaban el reparto de comida caliente, con cerca de 1.500 raciones.
La enfermera denuncia además una situación de criminalización de la ayuda humanitaria. Explica que las personas voluntarias se encontraron con registros de vehículos, identificaciones y actuaciones policiales durante los repartos de alimentos y las curas. También distingue entre las diferentes respuestas de la sociedad ceutí: frente a quienes han ofrecido alojamiento y apoyo a menores, describe la existencia de sectores que persiguen y señalan a quienes colaboran con las personas migrantes.
Una atención sanitaria marcada por la segregación
Uno de los aspectos que más le ha impactado tiene que ver con las dificultades de acceso a la sanidad. Simón explica que las brigadas acompañaron a personas enfermas o heridas a los servicios de urgencias y que, en esas ocasiones, pudieron comprobar un trato que considera discriminatorio.
Recuerda especialmente el caso de un menor con vómitos y diarrea persistentes, fiebre de 39,5 grados y síntomas de deshidratación. Después de solicitar una ambulancia sin que acudiera a recogerlo, decidieron trasladarlo ellas mismas al hospital.
Allí, según su relato, el joven tuvo que esperar en el exterior, sentado en unos bancos, sin que permitieran a las voluntarias permanecer a su lado. «Hay una clara segregación racial en el hospital de Ceuta», denuncia. Describe una diferencia entre las salas de espera destinadas a la población española y el espacio exterior reservado a las personas migrantes.
También afirma haber leído informes médicos en los que aparecían expresiones como «migrante procedente de la invasión», una terminología que considera reveladora del tratamiento que reciben estas personas.
La enfermera cuestiona, además, que se atribuya a la llegada de migrantes un supuesto colapso de los servicios sanitarios. Explica que muchos tienen miedo de acudir a centros de salud y hospitales porque temen que se avise a la policía y terminen siendo expulsados o trasladados.
Ese temor, sostiene, hace que algunas personas prefieran permanecer escondidas en montañas, acantilados y zonas periféricas antes que acudir a una institución pública cuando necesitan atención.
Aunque ha regresado a Cantabria, Simón mantiene el contacto con algunas de las personas que conoció en Ceuta. Los mensajes que recibe hablan de agotamiento, de dificultades para encontrar plaza en los recursos de acogida y de una situación que, semanas después, apenas parece haber mejorado.
La enfermera considera que una de las formas de colaborar es apoyar económicamente o mediante donaciones a las organizaciones que continúan trabajando sobre el terreno. Entre las necesidades que señala están los alimentos no perecederos, la ropa de invierno y el calzado, especialmente para adolescentes y hombres jóvenes. Recomienda consultar las peticiones actualizadas de las Brigadas de Apoyo Mutuo y otras asociaciones a través de sus canales de comunicación.
«No es tan difícil empatizar con personas que precisamente lo que están intentando es buscarse la vida», sostiene. Y recuerda que también las generaciones anteriores de población española emigraron a otros países en busca de mejores condiciones.
La experiencia de Ceuta le ha impactado especialmente porque, pese a haber trabajado anteriormente como enfermera en contextos humanitarios internacionales, no esperaba encontrar esta situación en su propio país. Simón ha estado también en Gaza, donde viajó por última vez en febrero de este año.
Sobre el denominado alto el fuego, advierte de que la violencia continúa y de que las restricciones a la entrada de ayuda humanitaria y suministros mantienen a la población en una situación de enorme vulnerabilidad. Su organización, explica, fue una de las 37 organizaciones internacionales a las que Israel no renovó los permisos para trabajar en el territorio.
La charla de este sábado en Smolny
La experiencia de Rocío Simón y de otras dos voluntarias, Carmen Fuentes y Aurora Otero, podrá escucharse este sábado en el Centro Social Smolny de Santander, a las 19:00. La actividad permitirá conocer las experiencias de las tres participantes tras su regreso de Ceuta.
La charla tendrá lugar en la nueva sede de Smolny, situada en el número 7 de la calle Juan Antonio Gutiérrez de la Concha, en el barrio de Castilla-Hermida, frente al Café de las Artes. El centro social, que se define como feminista, ecologista y antifascista, desarrolla una programación que combina actividades culturales, encuentros vecinales y espacios de participación colectiva.
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