La cuenta atrás de Saray

Saray bien podría ser la protagonista de una de esas novelas policiacas que tanto le gusta leer. Tras pasar toda una vida dando tumbos de un lado para otro, ha decidido dar un paso al frente para convertirse en la mujer de la canción esa que dice "...hoy vas a descubrir que el mundo es solo para ti, que nadie puede hacerte daño..." (Foto Ana Martín)
Tiempo de lectura: 15 min

Saray es una apasionada de la lectura. Las novelas policiacas son sus favoritas. Las compra de cinco en cinco en una librería de segunda mano. «Por cinco euros, me llevo cinco libros más uno que me regalan». Agatha Christie le fascina, pero son muchos los autores que devora. Ahora busca títulos del santanderino Ivan López Pardo, del que se ha vuelto fan incondicional tras leer ‘El Vals de los Malditos’. Estos días lee a Edgar Alan Poe.

Los dos últimos títulos que ha leído

También escribe. Escribe sobre su vida, sobre sus sentimientos y emociones, sobre su situación, sus temores, inquietudes y esperanzas. Últimamente la esperanza y la ilusión son patentes en las palabras que plasma con un lápiz en las hojas en blanco de un bonito cuaderno de tapas negras que alguien le ha regalado.

También dibuja. Pinta cielos con nubes y pájaros sobre todo, pero también flores y lo que se le ocurre en el momento.

Me dice que también canta o, mejor, cantaba porque ahora, con 42 años, tiene la voz tan rota como ha tenido la vida durante la mayor parte de los años que le han traído hasta aquí. Y baila. «Es que yo soy gitana», me dice con orgullo, «¿No te habías dado cuenta?». La verdad es que no. Y eso que cuando me lo dijo, ya había charlado con ella unas cuantas veces.

¿ESA ES SARAY?

En realidad yo a Saray la conozco de vista desde hace tiempo. Claro, no sabía que se llamaba Saray. Era uno de esos personajes que hay en todos los barrios estirando la mano en busca de una moneda algunas veces, corriendo por la calle con algunos colegas en otras ocasiones y también llorando por las esquinas de vez en cuando.

Por eso me costó identificarla cuando un grupo de personas que se preocupan por las gentes de la calle me la describieron como una mujer inteligente, amante de la lectura y con mucha sensibilidad para escribir y dibujar. Tardé un par de tardes en descubrir que, efectivamente, esa chica que vagaba por las calles era la Saray que se correspondía con esa definición.

INFANCIA ROTA

Los pájaros son un motivo recurrente en sus dibujos

A Saray la vida se le torció desde bien pequeña. Mientras en su madre, lectora empedernida como ella, siempre encontró una protección y un amor incondicional,  dentro de la casa sufría en silencio de forma paralela un infierno  del que  solo pensaba en salir. Salir, huir, esconderse. Y así es como comenzó a pasar cada vez más tiempo en la calle, a dejar los estudios después, eso sí, de terminar EGB y un módulo de peluquería, y a echarse novios que no solían hacer sino acumular más dolor sobre su vida.

Salir de casa el viernes y recorrer discotecas por Solares, Santander, Torrelavega, Reinosa, País Vasco y quién sabe dónde más para regresar a casa el lunes por la mañana. Años locos, de descontrol total, de sufrimiento enmascarado tras las pastillas que le daban una falsa sensación de felicidad. Enamorada a los 17 se fue dos años a Londres para vivir allí con su amor. ¿Hablás inglés?, le pregunto: «A little bit», me responde. Después, una ruptura para iniciar posteriormente una larga  relación con un hombre mayor que ella.

Un hijo, un aborto, tres puñaladas sobre su cuerpo, un puñado de tatuajes y un par de breves entradas en prisión, alguna autoinculpándose  para proteger a quien más quería y asumiendo una condena por un delito con el que nada tuvo que ver, es el balance, a grandes rasgos, de esa primera etapa de su vida.

Hoy Saray tiene una pareja estable desde hace nueve años, una persona que se preocupa por ella. «Es el primer hombre a mi lado que nunca me ha puesto la mano encima», me cuenta. Y eso ya es una diferencia importante con todo lo que ha tenido hasta ahora. «Le quiero mucho. Se lo digo todas las mañanas. El me dice que ya lo sabe, pero me gusta decírselo, porque así lo siento. No creas que fue un flechazo. Le fui queriendo poco a poco. Un amor a fuego lento. Tardé un año, más o menos, hasta descubrir al hombre que hoy amo. ¿Te has fijado en los ojos tan bonitos que tiene?», me pregunta. Juntos han vivido en habitaciones alquiladas, en la calle y en algo parecido a una casa, pero que poco tiene que ver con la idea que todos tenemos de un hogar.

LA SUMA DE LOS DÍAS

De compras

Hace tiempo que Saray cuenta los días como un atleta que avanza nervioso hacia la linea de salida para empezar la carrera para la que tanto se ha preparado. Cuando la conocí, no tenía nada que contar. Todos sus días eran iguales. Callejear, conseguir dinero y malvivir. Pero eso, ahora mismo, forma parte de un pasado que parece lejano, aunque no lo es tanto. Cada mañana suma un nuevo día con el apoyo de su pareja y del grupo de voluntarios  que se ocupa de que Saray no se sienta sola y tenga fuerzas para seguir sumando. Primero dos, luego tres, cinco, una semana, doce, quince, un mes…  .Se dice pronto, pero detrás hay mucha fuerza de voluntad, mucha determinación y muchas ganas de conseguir una vida mejor, en la que las adicciones no tienen cabida.

Ha sido ahora, cuando se ha propuesto de verdad dar un giro en su vida, cuando ha despejado su mente y se ha dado cuenta de que ella no ha sido culpable de todo lo que le ha pasado, sino una de esas víctimas silenciosas que cargan con su culpa sin saber que no lo es tal. 40 años de silencio que se han roto de repente, liberándola de esa opresión en el pecho. Y la magnitud de la opresión que ha soportado durante todos estos años es palpable al escuchar todos los detalles que ha guardado en su cabeza sobre situaciones vividas hace décadas. Recuerda frases, olores, lugares, ropas, detalles que parece imposible mantener almacenados durante todo este tiempo, pero que ella los incluye en sus narraciones con una lucidez que deja sin palabras a quien la escucha. Es imposible no abrazar a Saray, no hermanarse con ella como mujer, no decirle una y otra vez que ella no ha sido la culpable sino la víctima, no llorar con ella sintiendo todo su dolor.

SARAY Y LORCA

Oliendo las páginas del nuevo libro que le han regalado

Saray lee, Saray escribe, Saray dibuja. Hoy Saray sonríe y agradece las visitas de los voluntarios a quienes siente sus verdaderos amigos. Sin proponérselo, Saray se convierte en la protagonista del discurso que Federico García Lorca dio en la inauguración de la biblioteca de su pueblo en septiembre de 1931. «…No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro…»

DOMINGO DE CHARLA Y VISITA

Hoy es domingo. Un día importante para Saray, porque llegan los voluntarios de visita.

Desde hace un par de años, no hay domingo sin visita del grupo. Suelen quedar en la plaza del Centro Cultural Dr Madrazo, pero esta semana, una infección de muelas tratada con antibiótico, ha dejado a Saray con pocas ganas de salir. Extrañada al no verlos en su lugar habitual, decido ir hasta su casa y allí me encuentro al grupo. Nos quedamos en la entrada. La casa no invita a avanzar mucho más hacia el interior. De hecho, el término casa no creo que se corresponda exactamente con la definición del lugar. Sí que está formada por  cuatro paredes y un tejado, pero ni luz, ni agua ni cristales en las ventanas ni, por supuesto, eso tan abstracto que han dado en llamar calor de hogar.

Escribe a lápiz textos sobre sus sentimientos

Elisa saca el termo y nos servimos un chocolate. El ambiente es de visita familiar. Está Saray, su pareja, su hermano que lleva unos días con ellos, tres voluntarios y yo. Somos un grupo curioso, la verdad. Hablamos de todo y de nada, reímos todos juntos por tonterías y nos ponemos serios para hablar de cosas verdaderamente importantes. Cada uno tiene su papel. Saray es el epicentro del grupo, la persona que se ha propuesto salir de esa vida. Y lo está haciendo muy bien. Ha adquirido un compromiso y sigue sumando días, a pesar de lo mal que lo ha pasado con la infección de muelas. Junto a ella, su inseparable compañero y su hermano, siempre en segundo plano. Luego están los voluntarios. No encuentro palabras para definir su trabajo desinteresado. Lo dan todo sin esperar nada a cambio. Y luego estoy yo. Observadora en principio ajena a estas historias, pero cada vez más presente en todas las rutinas. Me ha emocionado leer un texto escrito por Saray en el que me incluye entre sus amigos. Me lo enseñó el viernes cuando pasé a saludarla. Le digo que se lo lea al grupo. Trae su libreta y me pide que lo lea yo en voz alta.

Tengo que hacer verdaderos esfuerzos porque la voz se me quiebra en varias ocasiones. Cada vez que levanto la vista del texto, veo el brillo en los ojos de los voluntarios que, en silencio, escuchan las palabras escritas por Saray para describir cómo se siente e insistir en la suerte que tiene de haber encontrado a estos ‘amigos’.

MARTES DE COMPRAS

El martes por la tarde pasé a visitar a Saray. He comprobado que se siente arropada en su proceso con las visitas y a mi me apetece pasar a charlar un rato con ella y ver qué tal está. Me abre la puerta su pareja y al rato aparece ella. No han comido y encima se han acabado las pilas de la radio. A su compañero últimamente le han tenido que llevar dos veces a urgencias. Parece que tiene un problema de corazón. Mientras espera un diagnóstico más concreto, come sin sal. De fumar no le han quitado. «Menos mal», dice.

Saray y yo salimos a tomar algo y su pareja nos acompaña unos metros, hasta que llegamos a un establecimiento donde le dejan cargar los móviles y allí nos despedimos. Pensaba ir a una cafetería, pero Saray, que es muy práctica, propone ir al super «que es más barato». Compramos queso de Burgos y pan sin sal para él y embutido, queso y alguna otra cosa para ella. Dice que las pilas las compramos en ‘Cadena 100’, que son más baratas. Salimos. Compramos las pilas. Tiene razón, 75 céntimos por cuatro pilas «que duran lo mismo que las otras, de verdad», insiste. Y damos un paseo.  Se para en el escaparate de una tienda de Hernán Cortés y señala un vestido que le gusta. Calculo que para comprarlo tendría que juntar su presupuesto de cuatro o cinco meses, pero mirar es gratis para todos, así que las dos fantaseamos con los vestidos mientras seguimos paseando y me va contando cosas de su vida. Cómo conoció a su novio, cómo le hace reir, cómo vivieron en un montón de habitaciones y también en un cajero antes de terminar en la casa donde están ahora, cómo entre tanta mudanza perdió el vestido de novia y todo el ajuar que nunca llegó a estrenar. «El vestido era precioso, precioso, de verdad. Con un corsé todo bordado con pedrería y una falda llena de volantes y con cola, como a mí me gusta. Una maravilla. También tenía una tiara llena de piedras brillantes y muy alta, muy bonita y hasta las sábanas tenía, pero, ya ves, se perdió la maleta ya ni se cuándo ni dónde. Total, luego nunca me quise casar….»

Cantando y bailando

Me dice que lo primero que va a hacer cuando salga de donde vive ahora y pueda por fin vivir bajo el cobijo de una casa de verdad es darse una ducha de agua caliente. Lleva meses aseándose con agua que coge de una fuente y que acarrea en garrafas hasta el lugar donde vive. Pienso que si yo estuviera en esa situación, también soñaría con una buena ducha caliente. Al final, empatizar con Saray es fácil. Y es una mujer positiva y luchadora. Me vuelve a contar que ella cantaba muy bien, pero que ahora tiene unos nódulos que le han estropeado la voz. Caminando, caminando, hemos llegado de vuelta a la plaza del Centro Cultural Doctor Madrazo y allí se pone a cantar y a dar palmas. Mucho arte tiene Saray que, poco a poco se va animando, va subiendo la voz y se pone en pie y baila y canta y da palmas y zapatea. ¡Olé! Con hoy, son 25 días ya sin probar la bebida.

EL DÍA 0

Con Iván López Pardo, su autor favorito

Han pasado muchas cosas desde ese martes de compras. Esos 25 días han pasado ya la barrera del mes. Hemos vivido momentos bonitos. Como cuando nos hicimos una sesión de fotos con los voluntarios o como la tarde esa en que (Saray todavía se pregunta si fue real) Iván López Pardo, su autor favorito, se presentó ante ella para regalarle en persona uno de sus libros.

Quedamos a las nueve para tomar algo a modo de despedida, porque Mañana Saray empieza una nueva vida lejos de Santander. Ha llegado el día cero de esa cuenta atrás con la que comienza este reportaje. Que raro todo. Saray no tiene interés en sentarse en una terraza a tomar algo. Sugiere que nos acomodemos, como siempre, en la plaza del Centro Cultural Dr. Madrazo «que hoy, además hay una luna preciosa. Llena será mañana, pero esta noche está muy grande también». Así que nos sentamos. Está nerviosa, expectante, un poco triste también, porque esta tarde se ha ido a despedir de una gran amiga. Al principio yo solo escucho. Escucho sus temores y desesos, sus esperanzas, sus proyectos. ¿Quién no estaría nervioso ante un cambio así en su vida? Habla de los voluntarios que tanto han hecho por ella. «A este sitio donde he pasado los dos últimos años de mi vida, nunca antes que ellos se había acercado nadie a visitarme con buenas intenciones. Ellos han demostrado que son amigos de verdad. Han dejado aparcadas sus cosas para dedicarme su tiempo, eso es algo que nunca podré agradecer suficiente».

Como en la canción de Sabina, la noche va avanzando …»y nos dieron las diez y las once….». Al otro lado de la carretera, la gente ríe en las terrazas. Saray repasa su vida y me cuenta sus planes para mañana. Lleva bien guardados los dos nuevos libros que tiene de Iván López Pardo: «no he querido leerlos aquí, en estas condiciones en las que vivo. Los he guardado como un tesoro para disfrutarlos en mi nueva casa, después de darme una ducha de agua caliente. Todavía no me creo que eso vaya a suceder», me dice.

Una de las razones por las que hemos quedado es porque yo quiero leerle lo que he escrito sobre ella. Me ha contado muchas calamidades que no quiero reproducir, pero sí dejar constancia de que el camino hasta aquí no ha sido fácil porque, para valorar a la Saray de hoy, hay que conocer a la que ha acumulado tanto sufrimiento a lo largo de su vida.

Despedida bajo la luna llena

Las dos estamos nerviosas y comienzo a leer. Le encanta la presentación. Me cuesta verbalizar ante ella cómo la veía yo antes de conocerla, pero Saray entiende mis palabras y se reconoce también en esa descripción. Llora. Lloro. Es increíble lo mucho que hemos conectado. Sigo leyendo. Despacio, con muchas pausas. No es fácil para ninguna de las dos. No lo es para mí, no puedo imaginar para ella. «Exactamente así soy yo, esa es mi vida. No quites ni un punto ni una coma». Me enseña las cicatrices. Llego a la cita de Lorca. No se puede creer que eso lo dijera el poeta. «Justo eso es lo que llevo años haciendo. Pedía en la calle y, si no tenía libros para leer, siempre lo primero era comprarme un libro. Tal y como lo dice Lorca. Es increíble, pero es totalmente cierto».

Son las doce de la noche. Cuesta despedirse. Saray me canta esos versos que tanto le gustan «Hoy voy a descubrir que el mundo es sólo para mí, que nadie puede hacerme daño….»

Nos abrazamos. Sabemos que la próxima vez que nos veamos, todo será distinto. Así que cruzamos los dedos antes de darnos la espalda y comenzar a caminar cada una hacia el resto de su vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

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