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«Si la Europa rica que no deja entrar a personas migrantes no dejase entrar a la energía y los materiales, no duraría ni dos meses»

Yayo Herrero, activista ecofeminista, nos explica cómo es el proyecto en el que trabaja, la cooperativa Garúa, y nos habla de su último libro, 'Toma de tierra'
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Es una figura relevante dentro de las conversaciones que tiene que ver con el futuro de nuestro planeta y maneras de encararlo que sean más respetuosas con el medio ambiente y que hablan de una adaptación necesaria al cambio climático. «El cambio climático se puede frenar en buena medida, pero una parte ha venido para quedarse y nos tenemos que adaptar», es como lo expresa Yayo Herrero en una entrevista concedida a EL FRADIO DE LA MAÑANA, en Arco FM, dentro de la sección ‘La energía del cambio’, de la mano de Solabria, la cooperativa de las energías renovables de Cantabria.

De cooperativas habla Herrero en esta conversación. Ella trabaja en Garúa, una empresa que «trabaja en las transiciones ecosociales justas y lo hace desde diferentes ámbitos, consultoría, formación, investigación y desde la propuesta aplicada». Además, en Madrid tienen un restaurante ecológico y vegetariano, y también tienen la Ecomarca, «que es una distribuidora alternativa de producción agroecológica, mediando con productoras que no quieren acceder a los grandes distribuidoras y las personas que quieren consumir esos alimentos».

La clave que identifica sobre Garúa es la horizontalidad, las relaciones entre iguales entre las personas socias y trabajadoras y funcionar con transparencia, algo que suele diferenciar a las cooperativas de las grandes empresas. Destaca Herrero que todas las personas que trabajan en Garúa tienen el mismo salario, sea cual sea su función laboral. «La horizontalidad hay que construirla y cuidarla», ejemplifica. En el caso de Garúa, tiene también la característica de que se constituyó como una cooperativa de iniciativa social, lo que significa que no pueden tener beneficios, porque esas ganancias se destinan a los salarios.

Pero otro aspecto que también señala es la intercooperación, la capacidad que han tenido para tejer alianzas con otras empresas del mismo estilo. «En lugar de competir con otras que son iguales, tratas de formar estructuras un poco más grandes», explica.

Herrero habla de las cooperativas como de «empresas solventes, capaces de aguantar las crisis». Con un modelo que salvaguarda, por encima de todo, los empleos y a las personas con una condiciones dignas y «evitando la autoexplotación». El objetivo inspiracional es «contribuir a que el mundo que tenemos alrededor mejore un poquito».

«Cuando trabajas bien y hay unas relaciones horizontales de debate, el resultado es que trabajas muy a gusto, estás con personas en las que confías, tiene sentido vital el trabajo que haces y además te ganas la vida». Es el resumen que hace Herrero de la actividad que llevan a cabo, fomentando el mejor ambiente posible.

La conversación también pasa por ‘Toma de tierra’, el último libro publicado por esta activista, con la editorial Caniche. En él plantea que «la sociedad occidental se ha construido como si flotáramos por encima de la tierra y de los cuerpos, como si no formáramos parte de la vida y no dependiéramos de ella».

En contraposición a esa idea, Herrero sostiene que la naturaleza es lo que deberíamos de poner en el centro lo antes posible, porque lo que necesitamos como seres humanos viene justamente de ahí, y porque es algo que nadie ha fabricado ni tampoco «nadie lo domina a voluntad».

Al tener esa dependencia, la autora cree que «no hay economía, ni tecnología, ni nada, sin la naturaleza», y que sólo podemos pensarla y proteger la vida si la vemos como algo a desarrollar «en común, en ámbitos sociales», y teniendo siempre una relación adecuada con la propia naturaleza.

El discurso de Herrero se fija en los comportamientos del capitalismo, que siempre «pone como prioridad el aumento de las tasas de ganancia», y el ritmo de extracción de materiales ha llegado a un punto en que debe darse la vuelta. Ella expresa que eso «hace que en el futuro tengamos que aprender a vivir con menos energía, menos materiales, menos recursos de la tierra, por una cuestión de agotamiento, queramos o no».

Frente al despilfarro, la activista describe que «hacerlo bien significa establecer estrategias mucho más cooperativas, de redistribución de la riqueza, y poner como prioridad las condiciones básicas de existencia de todo el mundo». Esto debe consistir en garantizar unos derechos mínimos, como «la vivienda, los alimentos suficientes y de calidad, el agua y un mínimo suministro energético. Eso significa ver cuánto hay y a cuánto tocamos», teniendo en cuenta que el dinero se puede imprimir, «pero lo que se puede comprar con él es finito».

Una de las patas del modelo actual es el aumento de la población en las grandes ciudades, mientras que las zonas rurales o los países que fueron colonias de las grandes potencias sirven como «minas, vertederos y zonas de extracción, también de alimentos». En el otro lado, «las ciudades son un sumidero de energía y de materiales, y el mayor generador de gases de efecto invernadero».

«Si la frontera de la Europa rica que no deja entrar personas migrantes no dejara entrar energía, minerales y demás, no duraría ni dos meses. Vive con muchos más recursos de los que tiene», sentencia. Por eso aboga por encontrar un equilibrio mucho más justo, donde se tenga una consideración mucho mayor por las personas que viven en esos entornos que nutren a las sociedades ricas.

Herrero opina que «se considera a la gente del campo como menos sabia y con menos cultura. Es falso, el conocimiento de la tierra se va a desvelar como imprescindible y no ha sido valorado». Por un lado, piensa que debe haber un cambio que termine con la salida de personas del medio rural, pero eso pasa por una redefinición de los servicios públicos, para que lleguen a muchos más rincones, pero también cree que «hay que pensar en que la gente que vive en los pueblos se pueda divertir. Es clave para que la gente quiera vivir ahí».

Por otro lado, también ve un cierto éxodo de personas que se van de las ciudades a los entornos más rurales, porque en esos centros urbanos «no se produce nada que sirva para estar vivo, todo tiene que venir de fuera», y porque hay mucha precariedad laboral, con lo que hay personas que tienen trabajos que tienen un valor muy escaso, y que sólo se consideran necesarios porque aportan un sueldo con el que pagar los gastos.

Alerta Herrero de que esos cambios han de hacerse con cuidado, viendo cómo se puede acoger a quienes salgan de las ciudades. Ve un riesgo de «gentrificación rural, que se traslade el modelo urbano a lugares rurales, simplemente porque ahí se vive de forma más barata, con menos humos y más tranquilidad».

 

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