La Sardinera no quiere cómida rápida ni negocio para unos pocos

Cientos de manifestantes y asociaciones de vecinos de toda la ciudad respaldan a los vecinos de Puertochico en su defensa del modelo de mercado tradicional frente a la dependencia que Baika, con el apoyo del Ayuntamiento, quiere provocarle de McDonalds
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Al final, en todas las grandes ocasiones que tienen que ver con la memoria popular, La Sardinera, la estatua que corona la glorieta antes del túnel de Los Castros, allí donde se cruzan Tetuán, Sol y Puertochico, siempre responde: la hemos visto, por supuesto, con bufandas del Racing, con el pañuelo de las fiestas de la Semana Grande o del San Fermín de Tetuán. Y hoy amanecía ataviada con una tela en la que se mostraba su rechazo a que el mercado de Puertochico, en sus orígenes una lonja del pescado –no en vano esto era la zona marinera- acabe siendo dominado por un McDonalds, el gigante de la comida rápida.

Un movimiento que obedece a la comodidad a la hora de buscar ingresos rápidos de Baika, la empresa a la que el Ayuntamiento de Santander le ha entregado la gestión de la hostelería del mercado, y que no sólo es que vaya en contra de la esencia misma de un mercado de proximidad, sino que se aparta, siendo un caso único en toda España, donde los mercados de siempre incorporan, sí, la hostelería, pero miran en todo caso a lo gourmet, y no a la comida ‘basura’.

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Si estos días invocábamos a la memoria de la Cruza, la vendedora de chufas y golosinas que todo el mundo que la conoció recuerda por su insuperable capacidad de trabajo –y por su mala leche-, hoy los vecinos de Puertochico se han encomendado a otro icono del ‘eseteuvismo’ (por las siglas de STV, Santander de Toda la Vida) de verdad que no encadena apellidos, La Sardinera.

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Y les ha cundido: cientos de personas les han acompañado en la manifestación que habían convocado este sábado para msotrar su rechazo a la instalación del McDonalds en el mercado de Puertochico, con terraza incluida en la plaza del Centro Cultural Doctor Madrazo –que le habrá hecho este médico a la acumulación de élites locales para que le sometan a este maltrato simbólico, que se suma al que recibió en vida, cuando los  nacionales le metieron preso viendo una terrible peligrosidad en un señor de 90 años queridísimo en la ciudad con problemas de visión-.

 

No han estado los vecinos de la plataforma solos, ni mucho menos: les han acompañado una quincena de asociaciones vecinales de toda la ciudad: Gutiérrez Solana, Amigos de Cazoña, Ensanche‑Cañadío, Nueva Florida, Cueto, Plaza de la Esperanza, San Joaquín‑Campogiro, María Blanchard, Piedras Blancas, Tetuán, Los Arenales, San Francisco, la Asociación Ciudadana en Defensa del Sardinero, así como las AAVV de Nueva Montaña y La Lenteja. Además, se ha sumado la Asociación de Comerciantes del Casco Antiguo, y partidos políticos como PSOE, PRC, IU,  PODEMOS o Cantabristas.

Para callarles va a hacer falta algo más que multarles por poner una pancarta crítica con la gestión de la alcaldesa en este tema que los ‘servicios técnicos’ (comillas simples irónicas de las de poner en cuestión, en plan «si tú lo dices») municipales le dieran la razón, aunque para ello haya que interpretar que una crítica es un mensaje publicitario de una empresa.

Es normal, pese a que la alcaldesa de Santander, Gema Igual, trate de reducir las quejas de los vecinos a un malestar gastronómico –una especie de ‘se quejan porque no les gustan las hamburguesas’– o a una decisión privada –alguien redactó el pliego que permitió que esto pasara, y, sí, fue el Ayuntamiento–.

O, peor aún, aunque el concejal de Mercados haya reprochado a los vecinos que no invirtieran ellos para mejorar el mercado en los años en que sufrió abandono y deterioro –literalmente, competencia de su Concejalía– y haya dedicado más tiempo a preocuparse por las necesidades económicas de Baika, la concesionaria del mercado —a la que el Ayuntamiento de San Sebastián acabó expulsando en un modelo idéntico a este–. 

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Porque la instalación del McDonalds –a contracorriente de lo que se hace en el resto de mercados que incorporan hostelería– no es sólo cuestión de las molestias que les va a causar directamente a los vecinos de Andrés del Río (humos o ruido de la terraza a deshoras en una zona que ya tenía bares de sobra sin necesidad de que el PP le montara la competencia a los hosteleros de Peñaherbosa con dinero público), sino que se trata de un modelo de ciudad.

Lo que está en juego aquí es una defensa de un modelo de ciudad a una escala más humana en un tiempo en que cada semana vemos carteles de cierre en los comercios de siempre que no tienen el músculo económico de las franquicias ni el apoyo local, tras un verano durísimo en términos de ocupación de bares y terrazas (que el PP vivió con regocijo, con ese «maravillosamente desbordados» más propio de un portavoz de la Asociación de Hostelería que de un representante del resto de la ciudad que no tienen negocios hosteleros o directamente no tienen negocios). Y en esa lucha los vecinos de Puertochico no están solos.

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