El surrealismo de Leonora Carrington se cuela en la Met Gala de la mano de Madonna

La artista vuelve a dialogar con el imaginario, presente desde hace años en su universo visual de Leonora Carrington , marcada por su internamiento y tortura farmacológica a clínica del doctor Morales en Santander
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Parecía que la Met Gala de este año en Nueva York iba a acaparar más miradas de lo habitual por factores ajenos a la alfombra roja: por la expectación en torno a figuras como Jeff Bezos o por el inevitable voyeurismo de observar en su propio entorno a la gran organizadora, Anna Wintour, convertida en icono cultural tras inspirar —de forma nada sutil— relatos como The Devil Wears Prada, cuya segunda parte se acaba de estrenar.

Pero el foco terminó desplazándose hacia un terreno más reconocible: el de la caza flashes por escelencia, que entendió como nadie la dimensión expresiva y provocadora de la ropa. La artista que cudió a estrenos y escenarios desdibujando los límites entre ropa interior y exterior, la que hizo del corsé —tradicionalmente símbolo de constricción— un emblema de poder y erotismo exhibido, o que simuló una masturbación con un crucifijo en un concierto,

Allí, en el evento global que ha marcado conversación ante y después de la cita, se plantó Madonna, cuyo nombre llegó a ser sinónimo de transgresión y escándalo cuando eso significaba algo y, de algún modo, era más inocente.

En un evento en el que la ropa se convierte directamente en mensaje, la Ambición Rubia compareció evocando un cuadro de la referente del arte surrealista Leonora Carrington, una artista británica cuya vida y obra no puede entenderse sin su paso por Santander. En 1940 fue internada en el sanatorio del doctor Luis Morales Noriega, quien la sometió a tratamientos farmacológicos agresivos, una tortura en toda regla que la privó de  autonomía, que quedó recogida en Memorias de abajo y forma parte central de su biografía y de su obra.  Es Morales y no la artista internacional quien da nombre a calles y parques en la ciudad.

La tentación

De alguna forma, resultó coherente que una artista que tantas veces se ha querido asociar al pecado, al deseo consciente de incurrir en él, evocara precisamente La tentación de San Antonio. 

El conjunto, firmado por Saint Laurent, se alejaba del traje clásico para construir una puesta en escena más cercana a la instalación artística:  Madonna aparecía envuelta en una silueta oscura y rígida, de líneas marcadas, sobre la que se desplegaba una capa de gran volumen que se extendía varios metros y que era sostenida por asistentes, reforzando la idea de procesión o ritual.

El elemento central, el que conecta literalmente con el cuadro, era el tocado: una estructura elevada, con forma de embarcación, que refuerza la sensación onírico.

El cuadro al que remite, La tentación de San Antonio (1945), es una escena inestable, casi incómoda, en la que Leonora Carrington abandona cualquier lógica narrativa convencional.

La figura del santo aparece aislada, enfrentada a una serie de presencias –entre lo humano, el tótem y lo etéreo–que no terminan de definirse, sin centro ni jerarquía.

Un asedio simbólico que convierte un episodio asociado al eremita Antonio Abad, su retiro al desierto de Egipto al que le visitaron pruebas de todo tipo, en una metáfora del conflicto interior e íntimo que tan bien conoce la referente del surrealismo.

De la tentación a la trangresión

No le costó al público más habituado a leer la moda como lenguaje artístico —en un evento en el que la sobreinterpretación forma parte casi de la supervivencia a la hora de escribir crónicas— captar la referencia a Leonora Carrington. Entre otros motivos, porque no es la primera vez que Madonna Louise Ciccone se deja seducir por quien en vida se erigió en una de las guías más singulares de un género por definir en tiempo real, el surrealismo aplicado al arte: vídeos como ‘Bedtime Story’ se inscriben en una tradición surrealista —con ecos de Dalí, Magritte o Kahlo— que conecta con el tipo de imaginario que también desarrolló Carrington.

Leonora y Madonna

Tampoco sorprende que quien inauguró el trono de divas del pop haya caído bajo el embrujo de Leonora Carrington, igual que en su momento se dejó arrastrar por la cábala.

-En el caso de Madonna —Madonna Louise Ciccone— hay una línea de continuidad bastante clara: la búsqueda constante de lenguajes propios desde la transgresión y el cambio. Tienen muchísimo en común.

En los años ochenta y noventa, esa ruptura pasaba por tensionar los símbolos del catolicismo —como en Like a Prayer—, apropiándose de ellos y resignificándolos desde el cuerpo, el deseo y la provocación. Más adelante, en su etapa más introspectiva, esa inquietud derivó hacia una espiritualidad menos institucionalizada, visible en trabajos como Ray of Light y, de forma más estética, en Frozen, donde lo místico se desplaza hacia lo esotérico y lo ritual.

Casi en paralelo, pero décadas antes, la pintora había construido su obra desde la ruptura con los marcos establecidos  y desarrolló un universo en el que lo espiritual no pasaba por la religión institucional, sino por la alquimia, los mitos y una relación directa con lo inexplicable.

-También coincide la lógica de la reinvención y el desplazamiento físico como motor creativo. Carrington pasa de un primer periodo con influencias más naturalistas en Inglaterra a su integración en el surrealismo europeo para después –al igual que Maruja Mallo, por cierto– reconstruir su lenguaje en México, incorporando nuevas referencias culturales, simbólicas y naturales.

Madonna, por su parte, traza su propio itinerario: nacida en Estados Unidos, con raíces familiares italianas, se forma en Nueva York y traslada parte de su vida a Londres en una etapa marcada por el giro espiritual.

-Hay también una lectura política. Carrington vive el auge del fascismo y su biografía queda atravesada por ese contexto: la detención de Ernst, la huida, el internamiento. Su obra incorpora una desconfianza hacia las estructuras de poder y una reivindicación de lo marginal y lo no normativo.

En Madonna, la política aparece mediada por la cultura popular, pero igualmente presente: en la defensa de la libertad sexual, en la visibilización de identidades y en la confrontación con los códigos morales dominantes.

-Ese eje conecta con el cuerpo. Carrington sufrió una traumática violación grupal por parte de una manada falangista en Madrid, un shock que le llevó a convertir su cuerpo en un lienzo en blanco en el que plasmar su comunión con la tierra y sus emociones. Madonna, desde otra posición, ha construido una carrera basada en la apropiación de su propio cuerpo como espacio de decisión, autonomía y afirmación, ostentosa de su propio poder erótico, pero sometida a unas críticas que su juventud le reprochaban esa sexualidad y hoy directamente le recriminan no retirarse por su edad, no encajar en el molde de una vieja.

-En ambos casos hay un desplazamiento respecto a las figuras masculinas. Leonora Carrington dejó de ser (le costó, le dolió), “la mujer de» Max Ernst, el artista antifascita al que acompañó en sus huidas, para poder ser ella misma. Para Madonna, el movimiento es inverso: figuras como Sean Penn o Guy Ritchie quedan definidas en relación a ella.

-En Carrington, la naturaleza y los animales forman parte de una visión del mundo no centrada en lo humano. En Madonna, esa conexión aparece en etapas concretas como parte de su búsqueda espiritual.

Redefiniendo la influencia

Lejos de quedar confinadas en los márgenes —Madonna por el pop considerado ligera o cultura menos profunda, el dance cuando ya estaba fuera de década o la cultura ballroom de la escena drag que inspiró su ‘Vogue’; Carrington por el surrealismo o adelantándose en décadas al conocimiento en Occidente de las  espiritualidades asociadas a la tierra—, ambas han ido ensamblando capas, acumulando etapas y expandiendo su capacidad de influir hasta convertirse en referentes globales.

Porque igual que sin Madonna es difícil entender a sucesoras del trono pop como Lady Gaga, Beyoncé o Rihanna,  Carrington es clave para  artistas contemporáneas como Kiki Smith o Cecilia Vicuña.

Leonora, ademas, está experimentando un proceso de conversión en icono cultural.  Exposiciones como “Leonora Carrington: Magical Tales” en la Tate Liverpool han impulsado su reconocimiento, protagonizando compras millonarias de sus obras.

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Y se sucede su presencia en nuevas narrativas, incluyendo cómics o la obra teatral del premiado dramaturgo Alberto Conejero, e incluso una referencia en ‘La habitación de al lado’, la aventura estadounidense de Pedro Almódovar, el director pop por excelencia. Madonna, por supuesto, no necesita recuperación alguna, sino quien estudie el alcande de su legado: es ya historia estructural de la cultura de masas.

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Si algo las aproxima es su negativa a permanecer intactas. Leonora Carrington llenó sus cuadros de cuerpos en transformación; Madonna convirtió su imagen en mutación constante. Entre la tentación y el pop, entre el símbolo y la provocación, ambas han construido una misma idea: no quedarse nunca en un solo lugar, no resignarse a vivir  “como una virgen”.

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