No es cultura, es propaganda
En una comunidad en la que torres medievales y otros inmuebles se suman mes a mes a la lista negra del patrimonio que elabora la asociación Hispania Nostra, en la que estamos viendo en tiempo real el deterioro del Palacio de Cortiguera o de la portalada histórica de Valdecilla, por citar ejemplos, y en la que los servicios que se encargan de la gestión del Patrimonio están saturados por la acumulación de expedientes y la escasez de recursos para su gestión, este lunes el Parlamento de Cantabria quiso sumar un nuevo elemento a la inabarcable lista del patrimonio cultural necesitado de protección.
Es el monumento en Santoña a Carrero Blanco, que fue alto mando militar en el bando franquista de la Guerra Civil, miembro de Falange –el partido único del franquismo– y estrecho colaborador de Franco, hasta el punto de que cuando este quiso crear una estructura que le sobreviviera, le nombró jefe del Gobierno –reservándose para sí la Jefatura del Estado, como el actual rey–.
La trayectoria de Carrero Blanco se interrumpió con su muerte en un atentado de ETA, situación a la que se han aferrado muchos de los defensores de la dictadura y su ‘legado’ (sic) para pedir que se mantegan los elementos que le recuerdan.
DESTACAR SU PAPEL DE VÍCITMA DEL TERRORISMO ES RECONOCER QUE EL MONUMENTO NO SE ERIGIÓ POR ESO
A esa condicion de víctima se remitieron ayer en el Parlamento los distintos grupos que se sumaron a un planteamiento que llevó, sin ninguna sorpresa Vox, y del que se esperaba comprobar si PP o PRC mantendrían una agenda propia o se sumarían, como finalmente sucedió, a las tesis de un partido que no sólo no reniega del franquismo, sino que se rebela contra cualquier intento de criticar la dictadura militar en la que había censura a los medios y cárcel para manifestantes y prohibición de elementos básicos de cualquier democracia como sindicatos o partidos políticos.
La tesis de la víctima del terrorismo fue, de hecho, la primera reacción del Ayuntamiento de Santoña cuando la Fiscalía recordó lo obvio: el monumento a Carrero Blanco –más grande y en un puesto más destacado del pueblo que otro santoñés ilustre e histórico de verdad, Juan de la Cosa– incumple la Ley. Puede gustar más o menos la Ley de Memoria Democrática, pero es ley a cumplir.
Desde el Ayuntamiento lo que se sugirió fue una resignificación del monumento para que se convirtiera en un reconocimiento a su papel de víctima del terrorismo: esa tesis del Ayuntamiento, ahora comprada por el PP en el Gobierno de Cantabria implica admitir que el grupo escultórico nunca tuvo la función de homenajear a una víctima –si así fuera, no habría que resignificarlo–. Un honor institucional que parece destinado a este militar franquista y no a otras víctimas reales del terrorismo, de menor rango, como las del atentado de La Albericia.
Además, en el contexto de la Ley de Memoria Democrática, resignificar significa otra cosa: recordar a las víctimas que sufrieron al homenajeado (es decir, las víctimas del franquismo, los perseguidos por el régimen, las más de las veces por pensar diferente o luchar por libertades hoy cotidianas). No es una gran revelación, como sabe cualquiera que haya seguido el proceso en Cuelgamuros, el antiguo Valle de los Caídos en que estaba enterrado el dictador y que fue construido por presos republicanos.
EL VALOR CULTURAL COMO SUBTERFUGIO PARA INCUMPLIR UNA LEY
Pero en realidad lo de la víctima del terrorismo es más bien un intento de argumento, ya que el grueso del debate de ayer lunes en el Parlamento fue un súbito interés por el valor patrimonial y cultural del homenaje a Carrero Blanco. Que no otra cosa es lo que se aprobó, intentar declararlo Bien de Interés Cultural (BIC), una exigente declaración oficial que requiere un prolijo papeleo y que no está –o no debería estar- sujeta a criterios arbitrarios o personalistas.
Decimos que el interés por el valor cultural es súbito porque no hubiera aflorado si no fuera por el recordatorio del Estado de que el monumento, tal y como está ahora y siempre que no refleje que a quien allí se homenajea fue responsable de represión ideológica a personas que perdieron su vida o libertad, es ilegal y debe desaparecer. Nunca en todos estos años nadie ha planteado de una forma seria, pública y oficial el reconocimiento al monumento ni impulsado su declaración de BIC: la cutura aquí, es una evidencia, es lo de menos.
SIEMPRE FUE PROPAGANDA, COMO ERA HABITUAL EN LA DICTADURA
Las principales pruebas del origen propagandístico del monumento las aporta el propio régimen franquista y sus defensores, que peregrinan allí año tras año en fechas destacadas para el ‘calendario’ franquista o falangista.
Homenajearse a sí mismo fue una practica habitual del régimen militar, que usaba calles, plazas y monumentos –y hasta nombres de pueblos– para recordar que habían ganado y homenajear a sus nombres, sus militares, sus gobernantes, sus batallas y sus muertos, aunque fuera a costa de los nombres de verdad de toda la vida (en Santander, General Dávila, hoy Paseo de Altamira, siempre se llamó Paseo de Alta; y la Plaza de Italia, que se llama así en honor a los aliados fascistas de Franco, era la popular Plaza del Pañuelo o de Augusto González de Linares, científico de referencia cuya memoria sí ha sobrevivido por sí misma). Nadie se imagina hoy a Pedro Sánchez poniéndose calles a sí mismo, pero es lo que sucedía entonces y si se hiciera hoy lo llamaríamos como lo que es: propaganda ideológica, como la que desapareció en toda Europa.
El monumento a Carrero Blanco tiene una particularidad que le hace como otros, y es que su autor era un escultor habitual del régimen y había trabajado también en el entonces llamado Valle de los Caídos.
Y otra que lo hace distinto y le da complejidad fruto de la propia complejidad de la historia: el monumento se promovió en 1976, con el dictador ya muerto, pero sin la Constitución del 78 aún aprobada –ni siquiera con las primeras elecciones municipales celebradas–, es decir, sin que se hubiera dado por culminado el proceso de la Transición a la democracia.
La fecha puede hacer caer en la tentación de decir que muerto Franco, ya no erapropaganda franquista: lo cierto es que, en ese momento, sin Franco, había aún franquismo, como se había empeñado el dictador en que sucediera en un proceso, el de delegar parte del poder a otra figura, en el que el propio Carrero Blanco fue clave.
Seguía siendo propaganda franquista: lo confirma la distancia con la que lo recibieron los sucesivos reyes de España, Juan Carlos y Felipe, que rechazaron participar en su inauguración oficial en un momento en que quienes debían su carrera política al franquismo –como el propio rey, que fue sucesor oficial y así declarado por Franco–, mientras que los únicos que lo han abrazado, con devoción, son aquellos que siguen prefiriendo el régimen que se apoyó en los fusiles en lugar de en las palabras.
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