Con A de palestinas (y III)

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Con «A» de palestinas (I)

Y de

Mujeres palestinas II

La Primera Intifada y la expansión de la resistencia

La Primera Intifada, (diciembre de 1987), reveló el alcance real de la participación de las mujeres palestinas en la resistencia popular. Los relatos palestinos describen cómo los comités vecinales distribuían alimentos, atendían a los heridos y organizaban huelgas y boicots. Cuando Israel cerró las escuelas e impuso estrictos toques de queda, las mujeres palestinas impartieron clases a los niños en hogares particulares y desempeñaron también un papel fundamental en la organización de manifestaciones, la distribución de panfletos y el apoyo a las familias de los prisioneros. En una palabra, gracias a ellas pudo resistir el funcionamiento de las distintas comunidades

Literalmente, fueron ellas las que llegaron a interponer sus propios cuerpos entre los soldados israelíes y los jóvenes palestinos enfrentándose a las tropas y apartando físicamente a los muchachos para evitar que fueran detenidos o golpeados. Estas intervenciones tuvieron lugar mientras Israel aplicaba la tristemente célebre política de «romper huesos», en virtud de la cual los soldados tenían ordenes de emplear la fuerza de manera sistemática propinando toda clase de palizas con el fin de sofocar el levantamiento. Como recordó más tarde Khitam Saafin, de la Unión de Comités de Mujeres Palestinas, las mujeres se enfrentaban a los soldados para arrancar de sus manos a los jóvenes detenidos.

Khalida Jarrar surgió de este entorno político. Nacida en Nablus en 1963, participó activamente en organizaciones de voluntariado y fue detenida durante una manifestación con motivo del Día Internacional de la Mujer en marzo de 1989. Dirigió también la organización Addameer que abogaba por los presos palestinos y, en 2006, fue elegida miembro del Consejo Legislativo Palestino. Israel la detuvo en repetidas ocasiones, a menudo sin cargos ni juicio. Durante su encarcelamiento, impartió enseñanzas a otras mujeres y organizó actividades educativas, convirtiendo el intercambio de conocimientos en una forma más de resistencia.

Más allá de Oslo

Durante la Segunda Intifada, que comenzaría en el año 2000, las mujeres participaron en manifestaciones, labores médicas y de asistencia, organizaciones políticas y —en menor medida— en grupos armados. Un pequeño número de ellas, entre quienes se encuentran Wafa Idris, Ayat al-Akhras y HanadiJaradat, llevaron a cabo atentados suicidas o *istishhad* (ataques de martirio).

En los estudios académicos israelíes y euroamericanos, a menudo se las describe como mentalmente perturbadas, socialmente desviadas o incluso manipuladas; en definitiva, se las caracteriza de casi cualquier forma, salvo como actoras políticas. Tal y como mencionamos anteriormente, este será el patrón recurrente en las interpretaciones de la lucha palestina: la violencia se analiza de forma aislada, mientras que la ocupación y la lucha más amplia por la liberación quedan relegadas a un segundo plano. En el caso de las mujeres, esta clase de relato les niega también toda capacidad de la iniciativa que habitualmente se reconoce a los hombres. Tal como sostienen Bilal Hamamra, Rebecca Ruth Gould y Asala Mayaleh en su artículo «Contra la despolitización de las *shahids* (mártires) palestinas», estas mujeres fueron «agentes perfectamente conscientes de sus objetivos». Su participación, además, hizo frente a dos supuestos profundamente arraigados: la visión colonial de los palestinos como un pueblo carente de capacidad de acción política, y a la visión patriarcal que considera la resistencia armada como un ámbito exclusivamente masculino. Durante la Segunda Intifada, las mujeres siguieron participando activamente en las luchas contra los asentamientos, la confiscación de tierras, el muro de separación y el encarcelamiento por motivos políticos.

Nabi Saleh se dio a conocer por sus manifestaciones semanales contra la expansión de los asentamientos y la apropiación del manantial de la aldea. Las mujeres de la familia Tamimi protestaron, documentaron las incursiones militares y sufrieron detenciones reiteradas, junto con los hombres y los niños de la localidad. Ahed Tamimi alcanzó notoriedad internacional tras su detención en 2017, cuando tenía dieciséis años. Sin embargo, nunca fue un símbolo aislado; creció en una aldea marcada por la resistencia colectiva y en el seno de una familia en la que las mujeres llevaban mucho tiempo siendo políticamente activas.

En definitiva, casi un siglo después de que las mujeres palestinas se movilizaran en apoyo a los prisioneros durante la Gran Revuelta, la cárcel seguía siendo un escenario central de la confrontación política femenina.

Gaza y la Gran Marcha del Retorno

El 30 de marzo de 2018, los palestinos en Gaza comenzaron a congregarse cerca de la valla que los separa de las tierras de las cuales la mayoría de sus familias habían sido expulsadas. Las mujeres se sumaron a la Gran Marcha del Retorno desde el primer día. Se organizaron, marcharon, atendieron a los heridos e informaron sobre las manifestaciones. Llevaron a sus hijos y familias a los campamentos de protesta. Algunas se acercaron a la valla portando banderas palestinas.

Entre ellas se encontraba Um Khalid Abu Mosa, de 57 años y oriunda de Khuza’a, quien recibió un disparo en el hombro por parte de las fuerzas israelíes el 30 de marzo.

El 1 de junio de 2018, las fuerzas israelíes dispararon y mataron a Razan al-Najjar, una paramédica voluntaria de 21 años, mientras atendía a manifestantes heridos cerca de Jan Yunis vistiendo la indumentaria que la identificaba como personal sanitario.

Al-Najjar se convirtió en uno de los rostros más conocidos de la Marcha aunque formaba parte de una red médica mucho más amplia. La red de personal sanitario creada y mantenida por mujeres trabajo sin descanso cerca de las manifestaciones, atendiendo a personas heridas por munición real y gases lacrimógenos.

Punto y aparte lo constituyen las periodistas que se convirtieron en testigos fundamentales de las manifestaciones; informaban desde los campamentos de protesta y documentaban la violencia de Israel contra las marchas, el personal sanitario y los miembros de la prensa. Entre ellas Wafaa Aludaini, quien informaba cada viernes desde la Gran Marcha del Retorno, llevando las voces e imágenes de Gaza a un público angloparlante. El 30 de septiembre de 2024, en el contexto del genocidio perpetrado por Israel en Gaza, un ataque aéreo israelí alcanzó su vivienda en Deir al-Balah, acabando con la vida de Wafaa, su esposo y dos de sus hijos.

La resistencia de las mujeres frente al genocidio

Las mujeres palestinas se encuentran y se han encontrado siempre en la primera línea de fuego y su capacidad de acción hace que Israel las perciba como enemigas peligrosas a las que hay que eliminar. En este sentido, sus objetivos quedan patentes en la retórica que presenta a las madres palestinas como el origen de la «cabeza de la serpiente» —en palabras de la exministra de Justicia israelí Ayelet Shaked, quien abogó por acabar con la vida de las madres junto a la de sus hijos, a quienes describió como «pequeñas serpientes»—.

Esta forma de ver a las mujeres palestinas explica el empeño de Israel por borrarlas del mapa durante el actual genocidio. Según ONU Mujeres, entre octubre de 2023 y diciembre de 2025, más de 38 000 mujeres y niñas fueron asesinadas en Gaza —una media de al menos 47 al día—, mientras que cerca de un millón fueron desplazadas.

El genocidio llevado a cabo por Israel, (iniciado en octubre de 2023), trajo consigo una destrucción a una escala sin precedentes en la historia palestina moderna. Familias enteras fueron aniquiladas, barrios completos fueron borrados del mapa y la mayor parte de la población de Gaza sufrió repetidos desplazamientos mientras hospitales, escuelas, universidades, instituciones culturales y oficinas de medios de comunicación fueron destruidos o sufrieron daños.

En estas condiciones, las mujeres afrontaron sus embarazos y partos con una entereza extraordinaria, bajo los bombardeos, en medio del colapso de la atención sanitaria materna, la carencia de productos de higiene y de privacidad, y la creciente carga que supone el cuidado de los hijos y de los familiares de edad avanzada y a pesar de un sufrimiento atroz, no permitieron que las acciones genocidas de Israel las definieran ni que lograran desarraigarlas a ellas y a sus familias de su tierra natal.

Periodistas como Bisan Owda, Hind Khoudary y Plestia Alaqad informaron desde el interior de Gaza, mientras que se impedía a los corresponsales extranjeros entrar de forma independiente. Trabajaron mientras vivían desplazadas, buscando alimentos, protegiendo a sus familias y llorando la pérdida de sus seres queridos y colegas. Su periodismo forma parte de una lucha palestina mucho más antigua en torno a quién posee «permiso para narrar» la vida palestina.

Médicas, enfermeras y paramédicas también han seguido trabajando. Y mientras el sistema sanitario de Gaza colapsa en derredor ellas siguen atendiendo a los pacientes aunque no cuenten con suficientes medicamentos, electricidad, agua potable, anestesia ni equipos en funcionamiento. En el ejercicio de sus funciones, muchas de ellas han resultado desplazadas, heridas, detenidas o incluso asesinadas.

Otro aspecto brutal de las políticas genocidas de Israel es el «escolasticidio»: la destrucción de cientos de escuelas que ha privado a generaciones enteras de estudiantes del acceso a la educación. Ante esta situación, las mujeres palestinas han respondido creando escuelas improvisadas en las tiendas de campaña donde se habían refugiado y, en algunos casos, estas iniciativas fueron evolucionando con el tiempo h hasta convertirse en instituciones educativas que atienden a cientos de niños y niñas.

Como Lamia Hatem Othman, quien fijó un trozo de lona al suelo, entre las tiendas de campaña de familias desplazadas, y comenzó a enseñar a niños que, bajo el bombardeo constante, estaban empezando a olvidar las letras. Su iniciativa se convirtió en la Escuela Sumud para los Hijos de los Mártires y los Huérfanos, que cuenta con aulas organizadas y pupitres de madera, donde niños y niñas aprenden lectoescritura y matemáticas, además de programación, inteligencia artificial y los fundamentos de la ingeniería. El dibujo, los juegos y el apoyo psicosocial les brindan un espacio para jugar y empezar a recuperarse de lo que han tenido que soportar. Tras pasar sus días enseñando y dirigiendo la escuela, Lamia continúa estudiando para su propia maestría a través de un viejo teléfono móvil, a la luz de las velas cuando falla el suministro eléctrico. Para ella y sus colegas, educar a los niños de Gaza y prepararlos para reconstruir su sociedad es algo que no puede esperar a que termine el genocidio.

Con todo, sería injusto reducir el papel de las mujeres palestinas a la preservación del tejido social de una sociedad bajo un ataque genocida. Las mujeres en Gaza también han participado y participan en la resistencia armada, incluso a través de células femeninas dentro del brazo militar de Hamás, las Brigadas Al-Qassam, cuya existencia ya se documentaba en 2005.Un informe de 2008 describía a mujeres recibiendo entrenamiento militar y sirviendo como combatientes en las filas de al-Qassam. En una entrevista para dicho informe, la dirigente de Hamás Jamila al-Shanti explicó que las mujeres participaban en deliberaciones políticas, asuntos militares y la toma de decisiones. «Tenemos nuestras propias posturas y, a menudo, nos oponemos a ellos (los hombres)», habría declarado al-Shanti. «No aceptamos todas sus propuestas; nosotras también planificamos, decidimos, debatimos, decimos que no para llevar a cabo lo que consideramos apropiado».

A pesar de que no existe como tal una unidad armada femenina, al-Shanti reconoció que «las mujeres también reciben entrenamiento militar para prepararse ante situaciones de emergencia».

La otra cara de la lucha

A lo largo de su historia de opresión y desposesión, el sufrimiento de las mujeres palestinas nunca ha anulado su capacidad de acción. Han soportado desplazamientos, asedios, ocupación militar, encarcelamiento, demoliciones de viviendas y guerras reiteradas, pero no han perdido su conciencia política.

Si bien las narrativas coloniales han retratado durante mucho tiempo a las mujeres árabes y musulmanas como figuras indefensas que necesitan ser rescatadas, la mujer palestina con conciencia política rompe la linealidad de este relato al empeñarse ella en identificar al colonialismo, al sionismo, a la ocupación y al desplazamiento como las fuerzas que moldean su vida.

Escribir la historia de la resistencia de las mujeres palestinas implica también cuestionar las condiciones bajo las cuales dicha historia ha sido escrita —o ha permanecido sin escribir—, ya que el propio archivo ha sido configurado por las mismas fuerzas de desplazamiento y destrucción contra las que ellas llevan un siglo resistiendo. Por tanto, recuperar su historia significa no solo leer a contrapelo de los silencios como analizar las fuentes existentes; implica preguntarse no solo qué fue lo que quedó registrado, sino quién tuvo el poder de decidir qué era lo suficientemente «político» como para ser documentado.

Por eso son importantes los nombres de las mujeres que han perdurado, y por eso tantos otros permanecen en el olvido.

Casi un siglo después de que las mujeres de Jerusalén aprobaran sus resoluciones y recorrieran las calles de la ciudad para hacerlas llegar a su destino, su determinación sigue vigente: en los chalecos de prensa y en las salas de hospital, en las celdas de las prisiones y en los campamentos de protesta y, sobre todo, en el esfuerzo por mantener vivo a un pueblo y su memoria. Esta otra vertiente de la lucha no es una mera nota al pie en la historia palestina, sino uno de sus pilares fundamentales.

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