«Cuando el dolor o el malestar se colectiviza hay posibilidades de que se transforme en potencia»
La transformación social no llega de golpe ni puede confiarse a soluciones mágicas. Requiere organización, aprendizaje, conocimiento y comunidades capaces de convertir el malestar en acción colectiva. Es una de las ideas que atraviesan ‘Metamorfosis’, el último ensayo de Yayo Herrero, que este sábado 31 de octubre, a las 12:00 horas, presentará junto a Jara Calvo en la Asociación Cultural Octubre de Torrelavega.
«Es una propuesta de transformación cultural, política, económica y antropológica», explica Herrero sobre un libro en el que aborda el momento actual y las razones por las que, a su juicio, la cultura dominante y sus construcciones materiales han terminado por enfrentarse a las condiciones que hacen posible la vida.
La autora, antropóloga, ingeniera técnica agrícola y educadora social española, referente del activismo ecofeminista en Europa, plantea una reflexión sobre la necesidad de cambiar la manera de entender la economía, las relaciones sociales y la dependencia de los ecosistemas. Para ello, ha construido un ensayo con una estructura diferente a la de sus anteriores trabajos, incorporando pasajes de carácter más poético y experiencias personales que permiten aterrizar los contenidos. Su intención, señala, es explicar con claridad sin renunciar a la complejidad de los problemas que aborda. La conversación se enmarca en ‘La energía del cambio’, la sección de EL FARADIO realizada en colaboración con Solabria, la cooperativa comercializadora de energías renovables de Cantabria.
Uno de los argumentos centrales de ‘Metamorfosis’ es la importancia de los procesos colectivos para impulsar cambios que, de otro modo, parecen inalcanzables. Frente a la idea de que organizarse es demasiado lento, Herrero recuerda que las transformaciones sociales de calado han necesitado tiempo, formación y capacidad de construir objetivos comunes.
Como ejemplo, cita el movimiento por el derecho a la vivienda y el trabajo del sindicato de inquilinas. Según explica, la movilización social organizada puede acelerar decisiones políticas que permanecían paralizadas. Para la autora, los grandes avances en derechos y dignidad no se entienden sin personas que se organizan y sostienen sus reivindicaciones. «No ha habido ninguna transformación social de calado que no haya necesitado esos tiempos de organización», afirma.
Herrero advierte, además, de que esa construcción colectiva choca con una cultura de la inmediatez, en la que las redes sociales ofrecen explicaciones rápidas y soluciones aparentemente sencillas a problemas complejos. A su juicio, la información veloz y la desinformación pueden dificultar la comprensión de las causas estructurales de las desigualdades y de la crisis ecológica.
La autora no plantea, sin embargo, una renuncia a las nuevas herramientas de comunicación, sino la necesidad de combinarlas con el trabajo cotidiano en barrios, asociaciones, centros de trabajo y espacios de participación. «Las dos cosas operan y con las dos nos vamos a tener que manejar si queremos algún cambio», sostiene.
En este sentido, reivindica el conocimiento y las emociones como elementos complementarios. La voluntad de transformar la sociedad necesita sentimientos compartidos, pero también información y capacidad de comprender cómo funcionan los problemas que se pretenden abordar.
Una economía que no mide el valor de la vida
La crítica al modelo económico ocupa otro lugar central en el ensayo. Herrero cuestiona una concepción que identifica el valor con aquello que puede expresarse en términos monetarios y que mide el éxito principalmente por el crecimiento del dinero, sin atender necesariamente a las condiciones de vida de la población.
La autora recuerda que existen procesos imprescindibles para sostener la vida, como el ciclo del agua, la fotosíntesis o los cuidados, cuyo valor no queda reflejado adecuadamente en las cuentas económicas. «El dinero no es capaz de representar el valor de muchas cosas imprescindibles y, sobre todo, no es capaz de comprarlas», afirma.
También cuestiona la idea de que el éxito económico sea exclusivamente individual. Para Herrero, ninguna persona vive de manera independiente del resto: todas las vidas necesitan cuidados, recursos naturales y redes de apoyo. Por eso considera que la economía debe volver a conectarse con las necesidades humanas y con los límites físicos del planeta.
En este contexto, destaca el papel de las iniciativas de economía social y solidaria, entre ellas las cooperativas energéticas como Solabria. Herrero señala que proyectos que hace quince años podían parecer pequeños han ido creciendo y conectándose entre sí, hasta construir redes capaces de actuar como agentes económicos en sus respectivos territorios.
La intercooperación, añade, permite articular alternativas a los modelos empresariales dominantes y vincular la actividad económica con las necesidades de las personas. Es una reflexión que conecta directamente con el marco de ‘La energía del cambio’ y con la colaboración con Solabria.
Esperanza activa frente a la crisis
Pese al diagnóstico crítico sobre la situación ecológica, social y política, Herrero rechaza definirse simplemente como optimista o pesimista. Prefiere hablar de una persona esperanzada y reivindica la necesidad de reconocer la gravedad del presente sin renunciar a imaginar otros futuros posibles.
Para explicar esa posición, recurre al trabajo sobre la esperanza activa de Joanna Macy. La propuesta pasa por reconocer la realidad, imaginar los futuros que se desean y dar pasos concretos para acercarse a ellos. «El futuro no tiene por qué ser lo mejor si no se hace nada que sirva para que pase lo mejor», plantea.
La autora considera que los movimientos sociales pueden transformar la frustración y el dolor en capacidad de acción cuando las personas dejan de afrontarlos en soledad y los convierten en una reivindicación compartida. Cita como ejemplos las movilizaciones por la vivienda, las huelgas educativas y el movimiento de pensionistas. «Cuando el dolor o el malestar se colectiviza hay posibilidades de que se transforme en potencia», sostiene.
Esa esperanza, explica, no consiste en negar los problemas, sino en reconocer las iniciativas que ya están construyendo alternativas mediante el apoyo mutuo. «Al futuro se llega a través de una sucesión de pequeños pasos», concluye Herrero, que reivindica la importancia de trabajar desde el presente para hacer posibles otras formas de vivir.
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