La noche sin luna en que Rafael fue de todos
Fueron cuatro estaciones en las que hubo de todo: monólogos y fragmentos de las obras más complejas de Lorca —y que el tiempo, mucho más que cinco años, ha demostrado que el público es capaz de acoger con igual entusiasmo—.
En una parte del cementerio crecieron los rascacielos del Nueva York que tanto conmovió a Federico, en el que incluso sonó el saxo brotando del pulmón de un jovencísimo y entregado Hugo Madrazo. Hubo danza, en un improvisado escenario, respetuoso con el entorno, que era la fosa común, la parte civil del cementerio de Ciriego a cuyos muertos, anónimos como el poeta, les devolvió en su día el nombre Antonio Ontañón, presidente de honor de Héroes de la República y la Libertad. El peregrinaje se cerró con una reflexión en clave audiovisual sobre el tiempo, el espacio y la identidad: las cosas que tenemos, podemos perder y que no siempre somos capaces de discernir cuándo tenemos y cuándo se desvanecen.
Peregrinamos el sábado, como un Hudson visto desde un rascacielos, un buen puñado de personas guiadas por luces en el suelo, por velas, buscando la roja iluminación que cambió la percepción de un lugar al que estamos acostumbrados a asociar, inevitablemente, a los recuerdos más tristes que cosechamos. Caminábamos en busca de lo siguiente, mayores y adolescentes, parejas y familias, y hasta había paradas en el camino con sillas plegables. Como las que usarías en el jardín de tu casa o en una tarde con tu familia en la playa.
Sonaban los grillos mientras una calurosísima tarde daba paso al anochecer y a una noche en la que todo lo preparado brillaba más. Del azul al naranja y casi al negro, con el mar siempre de fondo, vimos un pájaro rasgar rápido el cielo, siguiendo con un extraño y meticuloso orden el camino de aceras que rige hasta en el tablero de piedra y tierra, de lo más humilde a lo más adornado.
Había antes en Ciriego una tumba que no conocía mucha gente. Estuvo solo mucho tiempo, porque no era artista, porque había un manto de silencio sobre la memoria y una capa más espesa sobre todo lo que tiene que ver con la orientación sexual, porque esta ni siquiera era su ciudad y porque, paradójicamente, al haber sido sepultado con nombre y apellidos ni siquiera pudo estar cerca en el silencio de los que habían sido sus compañeros de lucha y compromiso en la defensa de la República frente a los zarpazos del odio y el fascismo.
Sobre ella vimos, en el espectáculo nocturno ‘Lorquiana’, a su inquilino, Rafael Rodríguez Rapún, contándonos en primera persona, con la voz llena de matices del profesor y poeta Eneko Vilches, su vida, esto es, que estudió Minas, que fue secretario de La Barraca, la compañía de teatro universitario que recorría los pueblos españoles llevando los clásicos que nadie pensaría programar allí, que cayó “inmerso” en Federico, que no fue fácil y que cayó muerto defendiendo lo que creía.
A Rafael, un par de párrafos latiendo discretos en los recuerdos de grandes del 27, le conservaron en el recuerdo, y por tanto, todo lo vivo que puede estarse cuando se está muerto, investigadores expertos como Ian Gibson o grandes custodios de la memoria en Cantabria como José Ramón Saiz Viadero, e incluso alguna mano anónima que una vez al año —un 18 de agosto, el día que murió, justo un año después que Federico— le dejaba una discreta flor.
Poco a poco, el círculo se amplió. Con el gran impacto que supuso ‘La piedra oscura’, la obra de teatro de Alberto Conejero que retrata la preocupación de Rafael porque no se perdiera el legado de una obra y una vida —el propio autor se mostraba emocionado en comentarios a la noticia en la que se veía la inmensa riada de gente congregada en torno al respeto—.
Y luego con otra obra de teatro, ‘Una noche sin luna’, dirigida por Sergio Peris-Mencheta y protagonizada por Juan Diego Botto, cuya representación hace años en Santander —al igual que la anterior, enfrente mismo de escenarios que recorrieron ambos—, sirvió de catarsis para que en esta tierra se sintiera más de golpe la conmoción de lo que había supuesto el vacío de una historia que, como tantas, nunca nos contaron.
A partir de ahí, año a año el recuerdo, y ese mapa elaborado por Héroes de la República, La Vorágine y El Faradio que situó en los laberintos de piedra del cementerio el lugar de descanso de Rapún, su vida y su importancia: es una línea recta desde donde reposan tantos maestros, sindicalistas o simplemente personas que no encajaban en el molde que quiso imponer eso que intentó presentarse como una nueva España.
Así, hasta llegar a la eclosión que supondrá el estreno de la próxima película de los Javis, ‘La bola negra’ —ese símbolo del rechazo a los homosexuales—, mientras desde aquí mismo, desde el equipo de EL FARADIO, trabajamos en una biografía íntegra de Rafael Rodríguez Rapún.
Algo cambió esa noche, gracias al trabajo de creadores locales como Belén Galarza, los dos Carlos Troyanos, Eva Barón, Anabel Díez, Elena Maza, Domingo de la Lastra, Belén de Benito, Javier Azuara, Rodrigo Alonso, Yolanda G. Sobrado, Rodrigo Alonso, Juan Manuel Flores…, además de ese equipo detrás de las cosas —sonido, azafatas…— que, al igual que Rafael en La Barraca, hace que las cosas pasen.
Hoy, gracias también al empeño patrimonial del equipo de Ciriego, Rapún figura en la guía sonora y es uno de los lugares por los que más preguntan quienes visitan el cementerio. Paso a paso, Rafael, durante tiempo olvidado —todavía con el riesgo de ser reducido a un papel de pareja o inspirador—, se ha convertido en alguien que ya es de todos. Aunque, por mucho que buscáramos, y lo hicimos, no terminamos de encontrar la luna.
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