La integración ferroviaria de Santander, una losa sobre Castilla-Hermida

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|| L. David Higuera Verdejo, vecino de Castilla-Hermida ||

Las grandes transformaciones urbanas deberían servir para resolver los problemas históricos de una ciudad y mejorar la vida de quienes la habitan. La integración ferroviaria de Santander, sin embargo, nace con una preocupante falta de ambición, se limita fundamentalmente a “resolver” una cuestión ferroviaria, sin ofrecer una respuesta convincente sobre el modelo urbano que dejará como legado en Castilla-Hermida y en el conjunto de la ciudad.

Nadie cuestiona la necesidad de modernizar las infraestructuras ferroviarias ni de mejorar la conexión de Santander con la red de alta velocidad, lo que resulta difícil de comprender es que una actuación de esta magnitud se esté ejecutando sin respuestas concretas sobre algunas cuestiones fundamentales.

La actuación principal consistirá en construir una gran losa de hormigón de más de 50.000 m² sobre las vías, a una cota aproximada de 14 metros. Sin embargo, nadie ha explicado cómo se urbanizará y por lo tanto qué uso tendrá ese espacio. Tampoco se ha presentado una propuesta definida sobre los terrenos ferroviarios que quedarán liberados, prácticamente hasta la antigua sede de la Policía Local, una superficie estratégica para el futuro de Santander cuyo destino, integración en el tejido urbano y beneficio real para los vecinos siguen sin conocerse.

Un barrio que lleva décadas esperando

Castilla-Hermida ha soportado durante décadas una carga que ningún otro barrio de Santander ha tenido que asumir, más de 90.000 vehículos acceden diariamente por sus calles, con los consiguientes niveles de tráfico, ruido y contaminación, además de una evidente falta de zonas verdes y espacios públicos de calidad.

Pese a ello, el proyecto no aprovecha esta actuación para replantear los accesos a Santander, ni propone soluciones para reducir el tráfico que atraviesa el barrio, ni plantea una mejora significativa de su espacio público. Castilla-Hermida no necesita una losa de hormigón elevada, necesita menos tráfico, más zonas verdes, más limpieza y una mejora real de la calidad de vida de los que lo habitamos. Resulta difícil entender que se desaproveche una oportunidad histórica para abordar de forma conjunta la integración ferroviaria y la transformación urbana del barrio.

Más aún cuando en parte de los terrenos que se liberan se contempla un aparcamiento en superficie de unos 8.000 m². ¿Tiene sentido ocupar una parte de este nuevo espacio con más superficie destinada al automóvil cuando uno de los principales problemas del barrio es precisamente la presión del tráfico?

La alternativa que nunca se debatió

A esto se suma otra cuestión difícilmente justificable, la ausencia de un verdadero estudio de alternativas. Los vecinos nunca han podido conocer qué otras opciones se analizaron, cuáles eran sus ventajas e inconvenientes, o por qué se descartaron. Resulta llamativo el amplio acuerdo político que ha acompañado al proyecto, el convenio fue suscrito en 2018 por el Ayuntamiento de Santander (PP), el Gobierno de Cantabria (PRC-PSOE), ADIF y Renfe, con muchos millones de por medio, en un proceso en el que no ha habido debate público ni participación ciudadana.

Las ciudades más avanzadas entienden hoy que las grandes infraestructuras deben adaptarse a las necesidades urbanas, y no al revés. Santander, en cambio, parece haber dado por sentado que la solución elegida era la única posible y NO lo es.

Bilbao ha seguido un camino muy distinto, las instituciones vascas acordaron que la alta velocidad llegue cuanto antes a la estación de Abando mediante una solución provisional en superficie, compatible con el soterramiento definitivo previsto para una fase posterior. Esta estrategia mantiene abiertas distintas posibilidades para la transformación urbana del entorno, sin condicionar de forma irreversible las decisiones futuras.

Santander, por el contrario, ha optado por una solución que condicionará durante décadas uno de los espacios más estratégicos de la ciudad, sin un análisis sobre sus consecuencias. La falta de participación ciudadana es, quizá, uno de los principales déficits del proyecto. Una actuación de esta dimensión debería haber contado con vecinos, asociaciones, colegios profesionales y expertos en urbanismo y movilidad, antes de cerrar unas decisiones que condicionarán para siempre una parte esencial de Santander.

Todavía estamos a tiempo

No se trata de retrasar la modernización ferroviaria, sino de preguntarnos si la ciudad merece algo más que una gran losa de hormigón y un aparcamiento en superficie. La verdadera integración ferroviaria no debería consistir únicamente en ocultar unas vías: debería servir para coser barrios, recuperar espacios públicos, crear zonas verdes y mejorar la vida de los vecinos.

En la anterior legislatura municipal, cuando el PP no disponía de mayoría absoluta, Francisco Javier Ceruti (Ciudadanos) al frente de Urbanismo, impulsó Santander, Hábitat Futuro, un modelo de ciudad basado en el urbanismo regenerativo.

Entre sus planteamientos se encontraba una ciudad de proximidad, con barrios mejor conectados, movilidad peatonal y ciclista, transporte público, espacios públicos más amables y una reducción de los viajes de paso y de la movilidad individual. Castilla-Hermida-Pesquero aparecía, además, expresamente entre los ámbitos de barrio sobre los que actuar, es por todo ello por lo que resulta difícil entender que una de las mayores oportunidades para aplicar esos principios se plantee al margen de ellos. Aquel modelo no era simplemente una propuesta de un concejal, sino el resultado de un riguroso proceso de análisis y participación ciudadana que pretendía establecer una hoja de ruta para el futuro de Santander. Sin embargo, hoy parece haber quedado relegado a un cajón. Y resulta especialmente significativo que ocurra precisamente cuando la ciudad afronta una de las mayores transformaciones urbanas de las últimas décadas. Precisamente el mayor proyecto urbanístico de la ciudad, la integración ferroviaria, debería ser a oportunidad para llevar esas ideas a la realidad, no para olvidarlas.

Santander tiene ante sí una oportunidad que difícilmente volverá a repetirse. Antes de continuar con el proyecto, deberíamos abrir un verdadero debate público y preguntarnos si realmente necesitamos una gran losa de hormigón para “integrar” el ferrocarril o si existen alternativas que permitan hacerlo sin crear una nueva barrera urbana. Y, sobre todo, deberíamos decidir qué solución queremos para Castilla-Hermida y qué ciudad queremos construir a partir de esta actuación. ¿Queremos que su legado sea una losa de hormigón o un verdadero proyecto de futuro para Santander?

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