LA ENERGÍA DEL CAMBIO

“La salud debería estar en el centro de cualquier proyecto urbanístico”

En 'la energía del eambio, la sección en colaboración con Solabria, la cooperativa comercializadora de energías renovables en Cantabria, conversamos con Marisa Maliaño Toca a raíz de una charla que dio en el Ágora Solidaria Cultura y Memoria Luis Toca sobre Jardines de Piquío y otros ejemplos del urbanismo de Santander
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Los recién remodelados Jardines de Piquío sirven de punto de partida para hablar de cómo se diseña una ciudad y, sobre todo, de qué ciudad se quiere construir. Marisa Maliaño Toca, vinculada profesionalmente al ámbito de la salud, cuestiona que Santander esté incorporando suficientemente criterios relacionados con el bienestar, el arbolado, la biodiversidad y la adaptación al calor en sus proyectos urbanísticos.

Maliaño recuerda que Piquío fue concebido inicialmente como un espacio ajardinado. El primer proyecto, fechado en 1896, priorizaba la vegetación, los suelos capaces de absorber el agua y los pequeños caminos. En 1925, explica, el espacio se transformó para responder a otro modelo de ciudad, en el que ganaron peso las vistas y la limpieza frente a la vegetación. Un siglo después, considera que recuperar aquel modelo no tiene sentido porque las condiciones de Santander han cambiado sustancialmente.

Su principal crítica a la reforma actual es precisamente la falta de arbolado y de espacios capaces de ofrecer sombra. “Si no hay espacios verdes, verdes no es hierba”, señala, sino parques con árboles de gran porte capaces de proporcionar sombra, favorecer la biodiversidad y convertirse en lugares de encuentro. A su juicio, Santander carece de suficientes espacios próximos a los barrios donde sentarse, pasear o relacionarse sin necesidad de desplazarse a otros puntos de la ciudad.

En este sentido, considera que Piquío es un ejemplo de una concepción del espacio público que, en su opinión, prima las vistas sobre las necesidades cotidianas de quienes viven en la ciudad. También cuestiona la reducción del arbolado y el predominio de superficies pavimentadas, especialmente ante episodios de calor cada vez más frecuentes. “Un árbol no se hace en un día, ni en un año ni en diez”, recuerda, para reclamar una planificación que tenga en cuenta el tiempo necesario para que el arbolado alcance la dimensión necesaria.

La entrevista traslada así el debate desde la estética urbana hasta la salud pública. Para Maliaño, la planificación de calles, viviendas y espacios públicos debería considerar desde el principio sus consecuencias sobre la salud de quienes habitan Santander durante todo el año. Cita como elementos a incorporar el desplazamiento peatonal, los carriles bici, el arbolado, los espacios de sombra y la biodiversidad. “Todo eso repercute en nuestra salud”, sostiene.

La entrevistada relaciona además esta cuestión con la adaptación al calor. Durante la conversación sostiene que las altas temperaturas ya están teniendo consecuencias sobre la población y advierte de que no basta con atender los episodios extremos cuando se producen: también es necesario disponer de viviendas adecuadas y de espacios urbanos donde protegerse durante las horas de mayor temperatura. Según los datos que maneja y cita en la entrevista, más de 150 personas habrían fallecido en Cantabria durante el periodo comprendido entre el quince de mayo y el treinta de agosto en relación con el exceso de calor.

Su análisis se extiende al conjunto de Santander. Habla del tráfico, la contaminación, la ocupación de las calles por terrazas y la pérdida de espacios públicos de encuentro. También cuestiona un modelo de ciudad que, en su opinión, está priorizando la construcción y determinados usos económicos frente a las necesidades de quienes viven en los barrios. “Eso no es construir ciudad”, afirma en referencia a determinadas actuaciones urbanísticas que considera vinculadas a la construcción de vivienda y a la especulación.

Para Maliaño, el debate debe incluir también el mantenimiento de la ciudad y la seguridad de sus infraestructuras. En la entrevista recuerda el caso de la tragedia ocurrida en marzo en la zona del Río de la Pila y lo relaciona con la necesidad de atender las advertencias sobre el estado de los espacios urbanos. La cuestión, sostiene, no es únicamente disponer de lugares agradables para pasear, sino evitar que el deterioro de las infraestructuras termine teniendo consecuencias sobre la vida de las personas.

Frente a este modelo, reclama recuperar una concepción de lo público basada en las necesidades de la población. “Hay que parar, hay que sentarse, hay que hablar”, defiende, para que quienes gestionan la ciudad lo hagan poniendo en el centro el interés público. Y vincula esta idea también con la vivienda, recordando que es un derecho reconocido constitucionalmente y reclamando que las decisiones urbanísticas tengan como primer objetivo “la vida y la salud de quienes vivimos”.

Maliaño rechaza definirse como pesimista. Su objetivo, dice, es poder comprobar que Santander puede hacerse de otra manera y que los cambios mejoran la vida de quienes la habitan. “Porque el dinero no se come”, afirma, antes de plantear una pregunta que resume buena parte de su planteamiento: “¿Qué es más valioso, una patata o un billete de 500?”.

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