Rondallas: Las notas del duelo

La última película del director cántabro Daniel Sánchez Arévalo es también un retrato de las distintas formas de afrontar el duelo.
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Si hay cosas que permanecen marcadas para el ‘su’ siempre de cada uno por una pérdida, con la que se aprende a convivir más allá del duelo, ¿qué pasa cuando el adiós es colectivo, inesperado, prematuro y trágico?

Es decir, cuando la muerte afecta a más de una persona, cuando no es fruto de una enfermedad que de algún modo (es un decir) permite prepararse, cuando quienes se ‘van’ (duele tanto que usamos un verbo que muestra algo de voluntariedad) lo hacen antes de tiempo y cuando pasa de golpe y fruto de circunstancias incontrolables (que no siempre imprevisibles).

No sabemos si esas eran las preguntas a las que quería responder Daniel Sánchez Arévalo en ‘Rondallas’, o si ‘simplemente’ se encontró con una buena historia a la que no pudo resistirse, pero el caso es que al final su último trabajo, el que nos ha hecho a muchos aprender que existe un género llamado *feelgood movie*, las aborda.

La película, ya sabréis, va de cómo un pueblo encuentra en la recuperación de su rondalla la vía para reponerse del naufragio de un barco en el que han muerto muchos de sus marineros. En realidad, delante de cada hundimiento se dice “otro”: por aquí nos suena al Vilaboa Uno, del Barrio Pesquero, o al Nuevo Pilín de Santoña. Cuando cada varios años se nos olvida, viene la mar y nos recuerda que siempre puede llegar un nuevo sábado de Gloria.

Cuando muere un marinero 

En una de las escenas, el personaje que interpreta, entre la vulnerabilidad y el cinismo, Fer Fraga, se mete en la sala de máquinas y, desde su perspectiva de antiguo niño prodigio musical, reprocha a Javier Gutiérrez, improvisado director de la Rondalla, la cutrez de su partitura: una pizarra en la que se han esbozado unas notas.

En realidad, poco más es lo que tenemos cuando afrontamos el duelo, la única circunstancia a la que nos tendremos que enfrentar alguna vez y la enseñanza siempre postergada por el puro miedo a hablar de ella. Pero hay poco más: nadie sabe cómo traducir esos garabatos a una partitura que sirva para una gestión eficaz de la muerte. ¿Gestión? ¿Eficaz? ¿En serio tenemos que aplicar criterios productivistas, de rentabilidad, soluciones únicas, a nuestras emociones? Primer aprendizaje.

Acostumbrado a bucear en emociones, Sánchez Arévalo (le vamos a poner un nuestro por su origen cántabro), ha reflejado en ‘Rondallas’, tal vez sin quererlo, los caminos que se abren cuando alguien te falta tan fuerte que te duele físicamente.

Te dirán que hay una primera fase que es admitir la pérdida. Arqueemos una ceja: en un proceso como es perder a alguien con quien convives, la parte de asumirlo no es algo que lleve mucho tiempo asimilar, sino una realidad palpable que simplemente está siempre ahí, sentada en el sillón vacío, una ausencia presente que muchas veces hasta se respira. Esa asunción es, de hecho, un primer riesgo: quedarse ahí, en constatar que se te han muerto y fiarlo todo al tiempo, a que algo mejore por la propia inercia de las hojas cayendo del calendario. Es por donde muchos encaminan su duelo. Es normal: nadie nos ha enseñado a hacerlo de otro modo.

Es un error (y tal vez no sea la mejor palabra, porque no estamos pasando la ISO del duelo). Si algo aprendemos en esos momentos es que no tenemos capacidad de marcar los tiempos. Si estamos hablando de lo mismo, lo habréis vivido: una de las cosas más dolorosas de que alguien se te muera es la insistencia del resto del mundo en seguir su curso. No hablamos únicamente del resto de personas andando y riendo, indiferentemente, por las calles, haciendo su vida, restregándote groseramente esa palabra, vida. Hay algo más mundano que el aire que respiran los demás: toca volver a trabajar, a clase, cuando procede; se tienen que tramitar dolorosos papeles y “resolver” asuntos pendientes, como el juicio por la causa del hundimiento que los protagonistas viven como una permanente amenaza a su, llamémosla, tranquilidad.

Otro riesgo es pensar que estás solo en esto. Hay quien lo está de verdad, pero hay otros que, cruzando el pasillo o el paso de cebra, pueden encontrarse a semejantes, compañeros de lo mismo porque también les ha pasado: la familia, el grupo o, en el caso de ‘Rondallas’, la comunidad afectada por el desgarro común. La mezcla de soledad con la de quedarse ahí, “comiendo techo”, acaba generando algo peor que un pesar, degenera en una especie de enfado colectivo que, al final, ensancha la herida. En comunidad todo se siente más fuerte: el drama atravesado duele más, late más irracional, pero también la ayuda puede multiplicarse.

El descubrir la existencia de otros que también sufren (ya de por sí una herramienta para salir del camarote) no debe hacer caer automáticamente en pensar que todo el mundo pasa por lo mismo y lo lleva de la misma manera.

En la película nos encontramos a quien huye, a quien deja mensajes de recuerdo a título individual; entendemos a Judith Fernández navegando entre el enfado permanente y la renuncia a seguir, pero también a María Vázquez tratando de avanzar y a Tamar Novas instalado en un paralizante mar en calma.

Otros no se creen que se merezcan cosas buenas y es tan comprensible encontrar fuerza en la búsqueda de un culpable como pensar que el faro de las responsabilidades al final le enfoque a uno mismo. Hay muchas formas de hacerse daño a uno mismo (es decir, a los que te rodean): desde el chisme al que recurrentemente acude Carlos Blanco a lo que le pasa a Elías, enfrentado otra vez a las expectativas. A veces, “superarlo” de una forma determinada también es una exigencia, una tarea que tachar, que no debería ser externa, mucho menos propia.

Igual que en una orquesta hay distintos instrumentos y distintos cambios de ritmo que un director o directora de coro o rondalla debe conocer, es importante saber en qué momento se encuentra cada uno —empezando, desde luego, por uno mismo— y cuál es el lugar desde el que parte: la ira, la tristeza, la parálisis, la inconsciencia, el daño.

No hay recetas. Pero sí que vienen bien los ritos. A muchos les venía bien la costumbre religiosa, ese dolor organizado, que sigue reconfortando incluso a no creyentes. Pero que siempre ha corrido el riesgo de recrearse más en el luto que en el duelo (no, no son sinónimos). Otros pasan por terapia y hemos visto a los que buscan una actividad, sea para uno mismo o para otros. Están, por supuesto, las fechas en las que cobijarse y que pueden convertir en celebración (como los cumpleaños: se puede intentar celebrar la vida en lugar de mirar con miedo al calendario cuando ronda la fecha negra). Y también está la opción de repetir un relato que (ahora nos vamos a ‘Coco’) nos haga mantenerles vivos.

En ‘Rondallas’ esos ritos son los ensayos, en los que se aprecia cómo se engrasan y mejoran sus miembros, o las distintas fases que se producen entre esos trabajos previos y la gran final, con cierto nivel de repetición y de compartir que consiguen tal vez repartir la carga. En definitiva, es proceso y es evolución: no te vas a sentir igual en cada paso porque estás aprendiendo. Los clásicos ayudan a asentarse en lo que no deja ser un cambio: la comida que calienta, el paisaje que habla, los encuentros prolongados. Además, como comprobamos cuando se va cuadrando el puzle en la película, cualquier repertorio es susceptible de modernizarse y mejorar.

No va, para nada, de ganar, así que nunca quedarás primero, pero sí reconoces los avances; sigue (“si te gusta, no pares”). Y aunque creas que el camino acaba en la final, ya verás que no es así: se trata de ir “centolla a centolla”.

 

Esta noticia se ha redactado en colaboracion con profesionales de salud mental expertos en duelo. Si necesitas ayuda, puedes contactar con profesionales, tanto en la sanidad pública como en entidades, asociaciones especializadas como ASCASAM o consultas particulares. Si el dolor se vuelve demasiado pesado para sostenerlo a solas, recuerda que en España existe el 024, la Línea 024 – Atención a la conducta suicida, disponible las 24 horas, gratuita y confidencial.

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