Techo, comida y ánimos: precarios y personas sin hogar comparten vecindad en la Porticada
Qué necesitais. Es una de las preguntas que más les hacen quienes se acercan a las personas acampadas en la Plaza Porticada desde el lunes por algo que es desde hace tiempo ya más que la situación de Maricarmen, la vecina de Madrid cuyo desahucio ha movilizado a miles de gentes, sino una reivindicación global del derecho a la vivienda, los problemas del alquiler, el poder del rentismo y la invasión de los fondos buitre.
Empezó a pasar de forma inconsciente: amistades, familias, compañeros de luchas o simplemente personas preocupadas que les hicieron llegar comida –bien alimentos, bien incluso algo más caliente- u otras cosas que pudieran necesitar.
La escena se repite a lo largo del día. Hay quien llega con una bolsa, pregunta dónde puede dejarla y continúa su camino. O quien se queda un rato, conversa, pregunta qué está pasando y acaba sentándose junto a las tiendas o participando en alguna de las actividades.
Sorprende, claro, porque empezamos a no estar acostumbrados a que el espacio público se use sin un retorno comercial –pensamos en las carreras populares patrocinadas por grandes grupos mediáticos o las actividades promovidas por el Banco Santander con motivo de la apertura del Faro, o los grandes festivales sobre espacios públicos como La Magdalena o la costa norte-.
Sorpresa sobre sorpresa, un día –llevan apenas tres días, pero entre lo intenso de la experiencia y la velocidad de los acontecimientos fuera, parece más– pasó al revés: fue alguien quien les pidió comida a ellos.
La comida, básica como el techo, protagoniza la acampada, que arrancó el lunes y creció el martes tras una cena popular en el espacio público. Este jueves, por ejemplo, se ha instalado un puesto de desayuno abierto a quienes quieran o necesitan.
Y otra cosa que también está pasando es que la Porticada, que estos días tiene más vida real que el conjunto de un centro de Santander cada vez más vacío de vecindad y más lleno de pisos turísticos –parece que ese fue siempre el plan-, está generando lazos de cercanía.
Lo está haciendo entre distintos niveles de vulnerabilidad: los de los jóvenes precarios, el perfil principal de la acampada, y los de las situaciones más extremas, las personas sin hogar que duermen al único abrigo de los pórticos que dan nombre a la Plaza –el lugar donde ha sido una presencia familiar la de Antonio y su gato, Benji–.
Es un escenario relativamente nuevo, al que llegaron después de que el Ayuntamiento vallara los locales con parte exterior en la cercana Isabel II que sus propietarios llevan años sin querer alquilar, contribuyendo al vacío y deterioro que luego fue objeto de una campaña de criminalización. Expulsados por no encajar en el diseño de la nueva ciudad que se va haciendo –igual que fue la construcción del Centro Botín y no una medida pública la que desplazó de los Jardines de Pereda a las mujeres que ejercían la prostitución-.
Estos días, unos y otras se saludan, se acompañan, se preguntan si necesitan algo, qué tal han pasado la noche –para los críticos frívolos de sofá, la obviedad de la incomodidad de dormir sobre loseta, esta noche, por ejemplo, hubo frío y lluvia-.
La palabra es compartir, y une estos días a quienes el propio escenario físico ha convertido en vecinos de código postal.
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