“Ni siquiera nos damos derecho a la diversión”: hacia una reivindicación de la «potencia creativa» del placer y el jolgorio
Una mujer del público que ha acudido este jueves a la Librería Gil contaba que al escuchar hablar a Elizabeth Duval y Lidia García sobre la importancia de la alegría y el deseo ha recuperado una palabra que tenía olvidada: “jolgorio”.
En la misma fila –la primera- le apostilla una amiga que ese espíritu, el del jolgorio, con todo lo que tiene de potente, era una constante en la histórica exposición sobre Maruja Mallo que visitó hace meses el Centro Botín –y en la que literalmente la gran atracción fue poder ver juntas por primera vez en casi un siglo a todas las verbenas, los cuadros que aportaron como gran novedad, revolucionaria en todo su sentido, el ver a mujeres en el centro de la escena, divirtiéndose y desafiando a la autoridad–.
Todo supervisado, compañera de fila, por ni más ni menos que la madre del responsable de la organización de todo esto a nivel estatal –todo esto es el Festival Eñe, y el susodicho es el periodista cántabro Jesús Ruiz Mantilla-, Conchita Mantilla, la mujer que le dobló el brazo a un poderoso fondo de inversión que quería sumarse al entusiasmo turistificador y despersonalizador que asoma también en la capital cántabra y que encuentra aún focos de resistencia.
Cosas que pasan en Santander, donde no sólo cuesta llegar desde Madrid, no digamos Albacete, sino que se hace un mundo hasta andar por la calle un día como hoy “deSur” (por aquí lo decimos tan de corrido que parece una sola palabra) y donde las presentaciones literarias tienen de fondo una banda sonora que oscila entre la flauta de las extraescolares –sonando en plena calle—o las campañas de la trasera iglesia de Santa Lucía.
Allí, en Gil, el festival literario Eñe juntó a la escritora, intelectual y tertuliana Elizabeth Duval y a la investigadora y rescatadora de la copla como género popular Lidia García para hablar sobre el tema en torno al que versa este evento cultural, el placer, presentadas por el periodista, escritor y poeta—y un gran defensor del disfrute y la cultura– Marcos Díez Manrique.
La pregunta de partida era sencilla, uniendo lo que tienen en común los perfiles activista o escritor-barra-intelectual: ¿es posible enarbolar una rebelíón desde la alegría, el placer y el gozo?
«SI NO HUBIERA PLACER, NO HABRÍA POTENCIA CREATIVA»
Elizabeth Duval cree que a menudo esas posturas, la intelectual y la activista, se pintan desde una perspectiva “sufridora”, con una “carga de dolor, sufrimiento y agonía”, e imaginadas “en soledad”, cuando en realidad están marcadas por la alegría, el encuentro con la gente, el amor, lo comunitario y el jolgorio, la palabra que quedó recuperada para la señora de la primera fila.
De hecho, plantea que “si lo pensáramos de forma más comunitaria y colectiva, no sería tan doloroso” ya que “toda instancia revolucionaria tiene una parte de encuentro y disfrute”. Es más, “si no hubiera placer, no habría potencia creativa”, se trata de aportar algo más a la rabia, la esperanza.
Además, Duval advertía de cómo triunfa mucho “una forma de no tomarse en serio o de tomar todo a broma” que se ve en “referentes autoritarios”, poniendo el ejemplo del presidente estadounidense Donald Trump, quien “se toma a broma” el fascismo o la deportación de migrantes”.
De otro lado, “a veces pecamos de un exceso de gravedad, de ser demasiado solemnes”,por lo que apelaba a recordar el encuentro y el disfrute, sumaba la llamada a “invertir las tornas”, a recordar que “los ‘ofendiditos’ son ellos”, aquellos a los que les molesta cualquier expresión de libertad, diversidad o respeto que no entiendan o toleren.
«NI SIQUIERA NOS DAMOS DERECHO A LA DIVERSIÓN»
Lo tiene muy claro también Lidia García, para quien esta actitud, esta fiscalización interna, consigue una suerte de discriminación autoinflingida: “con tanto ruido, ni siquiera nos damos derecho a la diversión” mientras que “Trump sí se puede permitir la frivolidad”.
Desde la premisa de que «no hay más lucha que la colectiva», García puede anotarse todo un éxito intelectual y cultural: haber rescatado todo lo que tiene y tuvo de aporte popular –popular de pueblo—el género de la copla, –ya no- denostado por intelectuales y metido por otro sector en el lote de las cosas rancias y conservadoras.
No fue así y lo demuestra con hechos –es decir, con versos– esta investigadora albaceteña que ha conseguido aunar academia y cultura pop con su investigación y su popular podcast ‘¡Ay campaneras!’.
García puso un ejemplo clarísimo de cómo la copla permitió abrir «grietas» incluso en los momentos más duros del franquismo”, con todo lo que la dictadura supuso de censura y de imposición moral: en un momento en que todas las coplas partían de un señalamiento a la mujer, una especie de coro griego que apunta y se pregunta, desde fuera, “qué tiene La Zarzamora”, resultó que la canción que más “parné” consiguió fue ‘Tatuaje’ (aquella de “el vino en un barco// de nombre extranjero”), compuesta por el poeta de la Generación del 27 cuyos versos han sido más citados, que no es Lorca, sino Rafael de León (autor de ‘Ojos verdes’, ‘Francisco Alegre’, ‘María de la O’, ‘Pena, penita, pena’).
Una canción que, recalca Lidia García, habla de la mujer que menos encaja en el molde de las señoritas de la sección femenina, una que está en un bar buscando a un marinero con el que pasó una noche que quiere repetir. Y un éxito popular que se debe, explica, a que de alguna manera “encapsula el deseo femenino” que de otra forma no se podía expresar públicamente, que incluso tiene un subtexto homoerótico y que hasta remite, en la posguerra más inmediata, a algo que pasaba en muchas casas: la búsqueda de una persona que había desaparecido, un duelo que tampoco podía plantearse en voz alta.
“La copla permite decir cosas que no se podían decir”, reivindica Lidia García, que resume, yendo al principio de la charla, como en la copla los “sentimientos desgarrados” se vuelven una vía de “resistencia”: son canciones “que ayudaron a salir adelante”, “al sostenimiento de vidas complicadas”, en las que “el dolor se convierte en placer” y que permitieron un asomo de alegría, de disfrute, incluso aunque no fueran tiempos para eso que antes de todo aquello buscó Maruja Mallo y que hoy seguimos necesitando: ese jolgorio que, como la propia Lidia García cantó para el público en ‘Libérate’, «todo el que prueba repite».
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